Le mentí a mi esposa para dormir con mi hermana
Llegué y la encontré con una de mis remeras y un calzón cómodo, como si fuera su novio el que volvía a casa. Esa noche no hubo cena, solo nosotros dos.
Llegué y la encontré con una de mis remeras y un calzón cómodo, como si fuera su novio el que volvía a casa. Esa noche no hubo cena, solo nosotros dos.
Le abrimos la puerta a las diez en punto. Veinticinco años, manos temblorosas y un acuerdo firmado: durante las próximas horas, su cuerpo nos pertenecía a los dos.
Llevábamos meses fantaseando con él. Cuando aceptó la invitación a cenar, supimos que esa noche no íbamos a hablar solo de la maestría.
Lo dejé sobre la mesa, junto a las llaves, y me senté en el sofá del salón a esperar. Quería ver cuánto tardaba en darse cuenta de que su vida se acababa de partir en dos.
Cuando apartó las ramas del sauce y me empujó contra el tronco, supe que ya no íbamos a volver al café por las cosas que habíamos olvidado.
Todos en la oficina se burlaban de ella por su apodo, pero yo no podía dejar de mirarla. Algo en su forma de moverse me había atrapado de un modo que aún no entendía.
Cuando Tomás me dijo lo que quería ver, pensé que era una broma. La noche que llegaron sus dos amigos entendí que mi vida sexual nunca volvería a ser la misma.
Cuando mi marido susurró su deseo aquella noche, supe que ya no había marcha atrás. Lo que vino después cambió para siempre lo que entendíamos por placer.
Me había prometido un rapidito antes de seguir trabajando. Terminamos dos veces, con su sabor todavía en mi boca cuando bajé a la cocina por un café.
En aquel cubículo angosto, con los pasos del desconocido retumbando justo al otro lado del tabique, descubrí que el silencio también puede ser una forma desesperada de orgasmo.
Marina se durmió desnuda al sol y, cuando abrió los ojos, la cala que parecía vacía ya no lo estaba. Y lo que más me iba a sorprender no fueron ellos: fue ella.
Mateo me prometió que vigilaría todo desde su mesa, pero cuando dos desconocidos empezaron a acariciarme al mismo tiempo, su silencio me asustó tanto como sus manos.
Carla salió de los muslos de Lucía con los labios brillantes, me miró desde la arena y supe que mi tarde tranquila había terminado para siempre.
Cuando sonó el claxon, doce desconocidos nos miramos completamente desnudos en el salón. Lo que pasó después no estaba en ningún guion.
Cuando él me dijo que invitara al director, supe lo que iba a pasar. Lo que no sabía era cuánto iba a gozar mientras mi marido nos miraba desde el sofá.
Cuando se quitó la camiseta en mi sala, reconocí el tatuaje que mi mujer agrandaba en la pantalla cada noche. El single anónimo estaba ahí, sudado y sonriendo.
La idea fue suya: probar algo nuevo para reavivar la pareja. Cuando vi cómo lo miraba desde el fondo del salón, supe que esa noche yo ya había perdido.
Abrió la puerta en camisón blanco, descalza. Mi novia dormía en la otra habitación y mi mejor amigo seguía en la terraza. Yo no atiné a moverme.
Esa noche en la casa de playa fui la fantasía cumplida de mi ex. Lo que no esperábamos era que su amigo me hiciera pedir las dos al mismo tiempo.
No había hecho nada mal. Aun así, mientras fregaba el suelo de rodillas, sentí que mi cuerpo le pertenecía más que nunca.