La noche que mi mujer cumplió su fantasía prohibida
Llevábamos diez años casados y creía conocerla bien. Una noche en un motel, me confesó lo que siempre había querido, y yo decidí dárselo.
Llevábamos diez años casados y creía conocerla bien. Una noche en un motel, me confesó lo que siempre había querido, y yo decidí dárselo.
Cuando vi la silla preparada con ese objeto enorme sobresaliendo del asiento, supe que la noche no sería una cena normal.
La propuesta llegó con la tercera copa: cada noche, uno de los cuatro mandaría en la habitación del otro. Dijeron que empezábamos esa misma noche.
Cuando me mandó la foto desde el probador con la lencería puesta, la cerré sin contestar. Ella lo vio. Eso fue lo que empezó todo.
Tenía cinco universitarios que pagaban bien y comenzaban a faltar. La solución llegó cuando mi esposa entró al cuarto de estudio y todos olvidaron las derivadas.
Cuando Bruno apagó las luces exteriores para dejar que la luna hiciese su trabajo, algo cambió en el ambiente. Las mujeres empezaron a bailar juntas y yo ya no podía apartar la mirada.
Cinco años juntos y yo nunca imaginé lo que guardaba en su celular. Cuando lo vi, no me enojé. Lo dejé en la mesita y empecé a planear.
Mi marido disfrutaba que los hombres me devoraran con la mirada. Esa noche, dos de ellos hicieron mucho más que mirar.
Cuando llegamos a casa de Pablo y Vera, el champán ya estaba frío. Yo traté de aparentar calma. Mi cuerpo llevaba semanas traicionándome cada vez que él lo mencionaba.
Sandra tomó las botellas de vino, me miró y susurró: «Va a hacer falta, créeme». Su sonrisa era la de alguien que ya sabe cómo va a terminar la noche.
Valeria me llamó para contarme que su marido quería un trío. Colgué pensando que era su problema. Esa noche estaba en su sala, copa en mano y el corazón a mil.
Esa noche los tres llevábamos ropa liviana frente al televisor. Yo intentaba disimular lo que me hacían con solo mirarlas.
Marcos apoyó la botella en la barra y dijo en voz alta lo que los dos llevaban días callando. El camarero fingió no escuchar.
Llevaba meses pensando en ella, en sus pies, en su boca. La fiesta de Halloween nos dio la noche que los dos buscábamos sin decirlo en voz alta.
Salí corriendo en camisón, sin nada debajo, con el vibrador en la mano. La puerta dio un clic y supe que me había encerrado. En el pasillo ya había alguien.
Siempre entrenaba sola, en silencio, sin mirar a nadie. Él llevaba tres meses mirándome a mí, y lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para salir.
Dos amigos de toda la vida, dos parejas que lo compartían todo. Hasta que la curiosidad entre ellos empezó a ser más difícil de ignorar.
Él tenía casi setenta años, manos fuertes y ningún pudor. Yo tenía cuarenta y dos, un marido en el piso de abajo y las defensas completamente por los suelos.
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.
Nunca lo hablamos, nunca lo discutimos. Él acababa en ella y giraba la cabeza hacia mí. Eso era suficiente para saber lo que tocaba.