Lo que me hizo el isleño después del naufragio
Cuando salí de la ducha rasurado y mareado por el ron, lo vi sentado en la cama con un collar rosa y una peluca. Entendí que aquella isla no era refugio: era una trampa.
Cuando salí de la ducha rasurado y mareado por el ron, lo vi sentado en la cama con un collar rosa y una peluca. Entendí que aquella isla no era refugio: era una trampa.
Cuando empujé la puerta entreabierta esa madrugada, no esperaba ver a mi propia hija atada a la cama, vendada, con la sonrisa de Tiago mirándome desde el otro lado.
Lo masajeé después de la playa, sin pensar. Sentí su erección bajo el bañador y supe que aquel verano no iba a terminar como los otros.
Mi esposa me susurró al oído que ella también deseaba ese cuerpo joven. Esa noche, en el sofá del salón, todo lo que era prohibido dejó de serlo.
Ella entró al baño mientras yo me duchaba. Propuso compartirla para ahorrar tiempo. Lo que vino después no lo planeó ninguna de las dos.
Cuando su bikini se corrió en la orilla y los hombres de la playa empezaron a mirar, ella no lo ajustó. Se limitó a caminar más despacio.
Me tomó por sorpresa la primera vez. La segunda, le tendí yo la trampa. Y la tercera fue en su propio despacho, con su familia en la habitación de al lado.
Pablo y Laura llegaban al resort pensando en tenis. Ocho adultos, una terraza con vistas al mar y una botella de vino de más cambiaron todos los planes.
Esa tarde en la playa supe que los cuatro nos miraban. Lo que no sabía era que esa noche todo lo que Roberto y yo habíamos imaginado iba a ocurrir.
Le propuse que durmiera en mi habitación para que no estuviera sola con el miedo. No calculé lo que iba a pasar cuando se metió en mi cama.
Volvió del trote al atardecer y la encontró en las dunas. No estaba sola. Nunca lo había estado.
Tres días sola en la playa, un hostel con literas y la excitación acumulada de todo el día. Me metí en la cama creyendo que estaba sola. No lo estaba.
Cuatro semanas de silencio, una invitación casual y una sola frase antes de subir al cuarto: los esperaba a los dos. Lo que vino después nadie olvidará.
Tendida al sol sin ropa, con una docena de hombres mirándome fijamente, entendí que esa playa no era como las demás. Y no quise escapar.
Valeria cumplía 26 años cuando nos fuimos de vacaciones juntos. Yo llevaba días sin poder dejar de mirarla, y ninguno de los dos sabía lo que iba a pasar.
Llegué al departamento con cinco días de trabajo encima y los encontré a todos bronceados y sin ropa. Esa noche mi madre apareció junto al sofá con una pregunta que no esperaba.
Tres meses sin vernos y en cuanto bajó del avión supe que algo iba a pasar. Lo que no calculé fue que esa noche habría testigos en la playa.
Llevaba dos años mirando a mi cuñada como no debía. Esa noche en la disco, ella me preguntó si quería que me lo contara o que me lo mostrara.
Sofía siempre decía que los halagos la ponían, pero que nunca haría nada. Esa tarde en la playa descubrí que el límite era más delgado de lo que creía.
El marido se acercó a Nuria con voz tranquila y una petición que llevaba años queriendo hacer: quería ver cómo otro hombre se acostaba con su mujer mientras él observaba.