Espiamos a la pareja desde detrás de la duna
Detrás de la duna pensaba que nadie nos veía. Tenía dos dedos dentro de Sofía cuando la morena de los brackets giró la cabeza, me sonrió y empezó a caminar hacia nosotras.
Detrás de la duna pensaba que nadie nos veía. Tenía dos dedos dentro de Sofía cuando la morena de los brackets giró la cabeza, me sonrió y empezó a caminar hacia nosotras.
El bikini empapado me rozaba el clítoris a cada paso. Mi novio hablaba de pizza mientras yo cruzaba miradas con cada desconocido que pasaba.
Cuando bajamos del coche, mi mujer apenas podía cerrarse el vestido y Mateo todavía olía sus bragas. Lo demás lo vi desde el marco de la puerta.
La conocí mucho antes que a su hermana, mi esposa. Diez años después de aquel hotel, la vi salir del agua en la playa y supe que la historia no había terminado.
La fiesta del hotel terminó de madrugada, pero la verdadera noche empezó cuando Valeria se sentó a mi lado en el sofá y deslizó la mano dentro de mi short.
Eran las once de la mañana y la cala estaba vacía, salvo por un chico que fingía no mirarme. Mi marido nadaba y yo notaba sus ojos clavados en cada centímetro de mi piel.
A las once del lunes, el catamarán pitó tres veces y mi novia me apretó la mano. Lo que vino después nunca pensé verlo desde tan cerca, ni mucho menos protagonizarlo.
Le devolví la mirada con la nota en el bolsillo, sin saber todavía que esa misma tarde iba a marcar su número y descubrir hasta dónde llegaba su oferta.
Damián siempre cobraba veinte dólares. Esa tarde llegó con Camila al asiento del acompañante y la mirada cómplice de quien ya había hablado de mí con ella.
La conocí entre píxeles y promesas a distancia. Ella nunca supo que cada noche, sola en mi cuarto del hotel frente al mar, me la imaginaba a mi lado.
Aquella tarde en la playa solo quería desconectar. Cuando la mujer rubia del bikini se acercó a pedirme fuego, supe que mis planes de soledad acababan de cambiar.
Encendí la lámpara y allí estaba él, de pie a los pies de mi cama, observándome como si me reconociera. Yo, que escondía un secreto bajo el camisón, no pude apartar los ojos.
Llevábamos treinta y cinco años casados y la pasión era un recuerdo lejano, hasta aquella tarde de junio en la cala desierta en la que ya nadie pudo apartar la mirada.
«Mañana continuamos», me había dicho al oído. Pasé el día entero contando las horas, sin saber si seguiría allí cuando volviera del mar.
Cuando descubrí al vecino asomado tras la medianera, no me cubrí. Bajé el corpiño bajo la ducha del patio y dejé que viera todo lo que quisiera.
Bajó al comedor sin bragas y sin sujetador. Decía que no sabía lo que le pasaba, pero yo empezaba a entenderlo: ese día iba a cruzar todos los límites.
Lo conocí en un velatorio, del brazo de mi primo. Días después me lo crucé en un bar y supe que aquel rechazo todavía pedía cobrarme una pequeña deuda con él.
Cuando me alejaba sola por la orilla, sentí su mirada fija en mí desde el bar. Y supe que esa semana aún no se había terminado del todo.
Bajé al baño a las tres de la mañana y escuché la risa de mi tía detrás de la cortina. Mi padre apareció a mi espalda con la misma sonrisa cómplice.
Cuando me arrancó la toalla en el porche y los vecinos pararon de cenar para mirarme, entendí que aquel verano iba a ser muy distinto al que yo había imaginado.