La travesti que compartió mi taxi bajo la lluvia
Solo quería llegar a casa antes de la medianoche. Entonces ella se inclinó hacia mí y susurró una pregunta que lo cambió todo aquella noche de sábado.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Solo quería llegar a casa antes de la medianoche. Entonces ella se inclinó hacia mí y susurró una pregunta que lo cambió todo aquella noche de sábado.
Bajé a la cocina a las tres de la mañana y la puerta de su cuarto estaba entornada. Adentro, una rubia despampanante ensayaba poses frente a la cámara. Y giró a mirarme.
Llamé a un electricista por un trabajo en el tablero. Marisa estaba en Rosario, yo cumplía sesenta y dos años, y nunca había tocado a otro hombre.
Cerraba la regadera para cubrirme de espuma e imaginaba que alguien me miraba desnuda desde la ventana. Así descubrí lo que me encendía por dentro.
Llegó con un vestido negro ajustado y las pecas le brillaban bajo las luces del bar. Yo, que jamás había mirado a una mujer, ya no podía apartar los ojos de ella.
Entré buscando un rincón donde nadie me mirara. Levanté la vista del libro al oír su risa, y supe que esa tarde no iba a salir de allí siendo la misma.
Llegué fingiendo preocupación por su gripe. Cuando me di vuelta para irme, su voz me detuvo con una pregunta que no esperaba escuchar de ella.
Cuando los demás alumnos se fueron y la luz del atardecer entró por las ventanas, ella cerró la puerta con llave y me pidió que tocara para ella, solo para ella.
Llevaba un mes mirándole los pezones marcados bajo la blusa y fingiendo que pensaba en ecuaciones. Esa tarde se quejó del cuello y supe que era mi excusa.
Llegué a su puerta temblando, sin saber que esa noche un vestido barato y unos tacones de plástico iban a cambiar todo lo que creía saber sobre mí.
Pulsé el timbre con las manos temblando. Veinte años mayor, sádico declarado, sin compasión. Y yo, virgen, suplicándole que empezara nada más cerrar la puerta.
A las tres de la madrugada le pregunté si quería besarme. Lo único que nos separaba era el sueño de la chica que dormía a un metro de la cama.
La fiesta del hotel terminó de madrugada, pero la verdadera noche empezó cuando Valeria se sentó a mi lado en el sofá y deslizó la mano dentro de mi short.
Olía a piel limpia y perfume caro. Mi lengua se movió antes que mi cabeza, y cuando ella giró la cara y me miró, supe que no había vuelta atrás.
Pensé que el vodka me había nublado la cabeza, pero cuando cerró la puerta de la habitación supe que ella llevaba años esperando ese momento exacto.
Era nuestra primera pijamada sin sus padres en casa. Cuando apagó la luz, su mano buscó la mía bajo las sábanas, y entendí que llevaba años esperando ese gesto.
A los cuarenta y ocho años, en un bar de Miami, mi mejor amiga me tomó del cuello y me besó. Fue mi primera vez con una mujer y supe que ya no podría volver atrás.
Subí las escaleras detrás de ella con la mirada clavada en su falda, sin imaginar que esa noche no sería yo quien tomara las decisiones.
Tenía diecinueve años, venía de pueblo y jamás había pensado en otro tío. Hasta que aquel ejecutivo se arrimó a mi codo en el vagón lleno y me sonrió.
Llevaba años conociéndolo y nunca había pasado nada entre nosotros, hasta esa tarde en el parque, cuando me miró distinto y todo empezó a cambiar muy despacio.