La primera vez de la hija de mi vecina
Revisé las cámaras de la terraza y descubrí que la hija de mi vecina llevaba semanas espiándonos en silencio detrás de las cortinas.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Revisé las cámaras de la terraza y descubrí que la hija de mi vecina llevaba semanas espiándonos en silencio detrás de las cortinas.
En el aula vacía, atada de muñecas y con la falda subida, descubrí lo que mi guía de tercer año entendía por «orientación».
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
Llegué a su departamento convencido de que iba a penetrarlo. Salí descubriendo que lo que mi cuerpo siempre había buscado era todo lo contrario.
Pensaba estudiar tranquila para el examen del jueves. Pero un sonido detrás de la puerta entornada del estudio de papá me clavó al pasillo.
Le pasé el dedo por la espalda y supe que iba a temblar. Mi prima nunca había besado a una mujer, pero esa noche en la aldea iba a aprender todo.
Vomité sobre el vestido de Mariana en plena fiesta. Cuando entró a ducharse, mis pies se movieron solos por el pasillo. Y descubrí algo de mí que llevaba años escondido.
Cuando abrí la puerta, lo vi delgado y desgarbado, con las mejillas marcadas por el acné. Iba a ser la primera vez de los dos: para él en la cama, para mí en mucho tiempo.
Llegué al concierto esperando que él me llevara a la cama. No se me cruzó que sería su novia quien me arrastraría al baño después de la tercera canción.
Su mamá salió a una diligencia, su hermana se fue con la amiga, y nos quedamos solos. Camila abrió el libro de biología y empezó a hacer preguntas que ningún profesor contesta.
Renata la miraba hacía dos años por los pasillos de la oficina. Una noche, después de cerrar la licitación, dejó por fin que el roce se hiciera algo más.
Llevaba semanas insinuándose entre bromas y caricias hasta que me lo pidió como regalo de cumpleaños. Esa noche dejó de ser virgen en mi cama.
Tenía 27 años, una caja de herramientas al hombro y una curiosidad que nunca me había atrevido a nombrar. Aquella cortina iba a contestarlo todo.
Entré a la cabina pensando que era una tarde más de rutina. Salí siendo otra mujer, con el sabor de un beso que no debía haber ocurrido.
Subí al ascensor con las manos sudadas. Llevaba semanas hablando con él por internet, pero ahora estaba ahí, a tres pisos de saber si era capaz de hacerlo.
Decía que ya lo había intentado en una fiesta pero le dolió y se detuvo. Esa tarde, en el motel, me confesó que en realidad nunca había estado con un hombre.
Carla entró al baño aislado del festival apretando como podía y se quedó hipnotizada con el vello rosa de la desconocida que estaba meando frente a ella.
Llevaba meses regalándole chocolates y rosas sin saber qué esperar. Esa tarde, en el taxi de vuelta del trabajo, ella se acercó a mi oído y todo cambió.
Cuando Inés apartó la cortina de la tienda, su novia ya estaba encima de otra chica, jadeando todavía por un orgasmo que no era suyo.
Pensé que la noche acabaría con un videojuego y una cena tonta. No con su cuerpo arrodillado frente a mí, temblando tanto como yo.