El ensayo en la pecera nos cambió a los dos
La llave cayó al agua y la puerta trasera se trabó. Atrapados en un metro cuadrado, esposados y semidesnudos, descubrimos algo que ninguno imaginaba.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
La llave cayó al agua y la puerta trasera se trabó. Atrapados en un metro cuadrado, esposados y semidesnudos, descubrimos algo que ninguno imaginaba.
Bajaba del ascensor con la escoba y la cara baja. Nadie en el edificio imaginaba que ese chico de Salta tenía mi número guardado, ni lo que iba a pasar un martes a las nueve.
Bajé del barco museo con la cabeza dándome vueltas. Esa misma noche, frente al Pacífico, una mujer que apenas conocía me besó como ningún hombre me había besado nunca.
Cuando empecé a dormirme en el sillón, sentí su mano subiendo por mi muslo. Levanté la cabeza y Camila me miraba con una sonrisa que no le conocía todavía.
Cuando le abrí la puerta a las diez de la mañana, no imaginaba que un favor con el iPhone terminaría con él gimiendo bocarriba en mi cama.
Pensé que ya sabía lo que era el placer hasta que esa noche, descalza sobre la arena, una mano desconocida me apartó el pelo de la nuca.
Volví quemada del sol y mi tía me llamó a su cuarto para aliviarme con crema. Cuando sus manos llegaron a mis caderas, supe que algo había cambiado entre nosotras.
Tenía veintiún años y nunca había estado con nadie. Lo que empezó como un mensaje en una app terminó en la habitación catorce de un motel a cinco cuadras de mi casa.
Me miré en el espejo con el vestido rojo y los tacones plateados. Cuando salí del baño, mi tío me esperaba con una mirada que no era de tío.
Amaba a mi novia y creía tener mi vida en orden. Hasta que un viaje de trabajo me dejó compartiendo habitación con un compañero que no escondía lo que era.
Su relato me había tocado más de lo previsto. Tres días después, sin avisarla, me bajé del tren en Sevilla y subí hasta su puerta.
Cuando la secretaria se despidió y la puerta del consultorio se cerró, supe que esa revisión no iba a parecerse a ninguna que me hubiera hecho antes.
Cuando me giré en la cama, ella ya se estaba tocando con los ojos cerrados, sin saber que yo la observaba en silencio desde mi lado.
Subimos a su habitación con el corazón a mil, sabiendo que sus padres dormían al otro lado del pasillo y que cualquier ruido podía arruinarlo todo.
Salí del baño con la boca corrida y un latido nuevo. Ella, con la huella roja de mi labial en sus labios, no sabía que su novio ya la estaba mirando.
Yo bajaba a consolarla cuando lloraba. Lo que no sabía es que su llanto me llevaría a olerle el cuello, a saborear su piel y a entender que la quería de otra forma.
Cuando dejó caer la cabeza sobre mi hombro a las dos de la madrugada, supe que esa noche el regreso no sería como los otros. Y su mano ya buscaba la mía.
Cada noche fui al mismo restaurante solo para verla. La última, me dejó un papelito con un número y una hora escrita a mano. A las once en punto, marqué.
Camila me esperaba sentada al borde de la cama, y yo no sabía dónde poner las manos. Solo sabía que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había enseñado.
Tenía 20 años y nunca había sentido un orgasmo real. Esa noche de enero, con el calor pegajoso y media botella de rosé, mi prima francesa decidió que ya era hora.