El mejor amigo de mi padre cumplió su promesa
Conocía a Damián desde niño, era el mejor amigo de mi padre. Nunca pensé que aquel comentario suyo de pasillo terminaría con él arrodillado frente a mí.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Conocía a Damián desde niño, era el mejor amigo de mi padre. Nunca pensé que aquel comentario suyo de pasillo terminaría con él arrodillado frente a mí.
Entré temprano del turno y la encontré tumbada en la litera, con la mano metida bajo el elástico. Ninguna de las dos apartó la mirada.
Cuando se dio vuelta sobre la cama y vi lo que colgaba entre sus piernas, supe que esa tarde en el hotel del pasaje no iba a salir de mí en años.
Lo conocía hacía meses, los dos casados, los dos escondiéndonos. Esa noche me escribió pidiéndome algo que nunca le había hecho a nadie.
Cuando le abrí la puerta de mi casa pensé que le estaba haciendo un favor. Cuatro horas después descubrí que llevaba meses deseándola sin saberlo.
Renata me empujó al salón con un vestido que no era mío y una mirada cómplice. Y ella, la mujer que me intimidaba desde hacía meses, ya me estaba esperando abajo.
Subí a la silla frente al espejo, las piernas en el aire para las fotos que mi novia me pidió. No esperaba que él entrara, ni lo que vino después.
Cargué ese condón durante meses sin usarlo, hasta que ella apagó la luz, se acostó a mi lado y empujó sus caderas contra las mías sin decir una palabra.
Nunca había besado a una mujer. Pero aquella mañana, en el probador de una tienda casi vacía, ella puso las manos en mi cintura y dejé que pasara todo.
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Cuando entró al baño no esperaba que se arrodillara entre mis piernas, ni que su lengua decidiera por mí lo que llevaba años evitando preguntar.
Aún me recuerdo encima de ella en aquella cabina, con sus piercings de plata contra mi lengua y la promesa de un Uber esperándonos abajo.
Hacía frío y le ofrecí mi cama como tantas otras veces. Cuando me desperté, su mano ya buscaba algo que no era abrigo.
Compartimos cama porque hacía frío y su marido estaba borracho. A las once y media apagamos la luz. A las doce yo ya tenía la mano sobre su muslo.
Sus manos me rozaban los senos cuando me ayudaba con las pesas. Yo fingía no darme cuenta hasta la mañana en que se las apreté yo a ella frente al espejo.
Dije a los chicos del bar que me gustaban los hombres y, sin querer, abrí una puerta que ya no podría cerrar. Esa misma noche, alguien me siguió al baño.
Bajé del baño envuelta solo en una toalla y dejé que se cayera frente a ella. No era la primera vez que me veía desnuda, pero sí la primera vez que importaba.
Cuando Mariela le pidió que se quitara también las bragas, Carla buscó en los ojos de su madre el freno que esperaba. No lo encontró. Lo que halló fue una sonrisa cómplice.
Cuando le ofrecí ducharnos juntas para quitarnos el sudor, pensé que sería un gesto inocente. Su forma de mirarme desde la puerta del baño me dijo otra cosa.
Cuando abrí los ojos en esa habitación blanca, mi madre estaba desnuda frente a mí, y nada de lo que nos habían enseñado sobre el bien y el mal volvió a tener sentido.