La mujer de hielo que vino a buscarme dormida
Adela había evitado siempre ser tocada. Aquella madrugada de enero, una desconocida de piel translúcida se sentó en el borde de su cama y supo que no podría apartarla.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Adela había evitado siempre ser tocada. Aquella madrugada de enero, una desconocida de piel translúcida se sentó en el borde de su cama y supo que no podría apartarla.
Pensé que sería un vaso de agua y volver a la cama. La encontré sentada en la mesa, en penumbra, y ninguno de los dos hizo el menor gesto por moverse.
Cuando me abrió la puerta en top y licra, sudada del ejercicio, supe que esa tarde no iba a terminar como cualquier otra de las que pasábamos en su casa.
Llegué a su casa pensando en una peli y dos cervezas. A las cuatro horas estaba desnuda en su sofá, descubriendo que las habladurías del pasillo no eran habladurías.
El agua hervía y el vapor llenaba la mampara. Marina me embadurnó el pezón con espuma y sonrió, y yo entendí que aquella ducha no iba a ser como las anteriores.
Llevaba dos semanas en la ciudad sin hablarle a nadie fuera del trabajo. Hasta que Andrés se acercó esa tarde y me preguntó si quería salir esa noche con el resto.
Bajó en toalla recién duchado, con una sonrisa que no le conocía. Yo aún no sabía que esa noche iba a ser mi primera vez con un hombre.
Sus correos llevaban semanas en mi bandeja privada cuando aceptó la cita. Tenía dieciocho años, se iba a estudiar afuera y solo me pedía una cosa antes de partir.
Hacía dos meses que esa mujer me arreglaba las uñas en mi sala. El sábado compré vino, me puse un vestido rojo sin tanga y decidí que esta vez no iba a quedarse solo en fantasía.
Cuando la vi salir de la ducha esa noche, supe que algo había cambiado. No imaginé que días después estaría rendida en el sofá, gimiendo bajo sus dedos.
Llevaba dos semanas espiándola desde mi cocina cuando la tormenta sacudió el edificio. A las once llamó a mi puerta con el camisón blanco y los ojos muy abiertos.
Cuando Aitana entró en la cafetería con esa camiseta ajustada, supe que no íbamos a hablar solo de pasos de baile. Tampoco íbamos a tomar café.
Hablamos durante semanas sin enviarnos una sola foto, hasta que ella me dijo que quería ser la primera en hacérmelo, en persona, en su cama.
Llevábamos nueve meses sin vernos. Cuando Renata abrió la puerta y me abrazó, sentí algo distinto contra mi pecho que no entendí hasta esa tarde.
Le dije que nunca había besado a nadie. Mi mejor amiga sonrió, me apartó un mechón del flequillo y me ofreció enseñarme aquella misma noche.
Cuando su mano se posó sobre mi muslo y me preguntó si alguna vez había estado con otra chica, supe que esa siesta de verano no terminaría como las otras.
Crucé la puerta nervioso, las manos sudando, sin saber cómo coquetearle. Cuando le rocé el paquete con los dedos, supe que esa tarde no me iba a ir solo con un corte.
Me había dicho mil veces que yo le gustaba; esa noche bajó con vino, apagó el televisor y dijo lo que llevaba dos años queriendo decirme.
Pensaba que solo me estaba siguiendo el juego, hasta que me llevó a su departamento sin pedir permiso y entendí que la noche no terminaría con una copa.
Tenía 19 años, una botella de licor barato en la mano y la certeza de que esa noche todo cambiaría. Lo que no sabía era que cambiaría en la dirección equivocada.