El primo de mi novia me esperó esa madrugada
Lo vi quitarse la camiseta sudada mientras subíamos los muebles al tercer piso. No imaginé que esa misma madrugada su mano buscaría la mía bajo las sábanas.
Lo vi quitarse la camiseta sudada mientras subíamos los muebles al tercer piso. No imaginé que esa misma madrugada su mano buscaría la mía bajo las sábanas.
Sabía muy bien lo que ese vestido provocaba; lo que no esperaba era que él se atreviera a decírmelo al oído, delante de toda la familia.
Esa noche oí un ruido bajo el pasillo y me pegué a una cortina mal corrida. Lo que no sabía era que alguien, descalza en el jardín, llevaba seis minutos mirándome a mí.
Llevaba meses fingiendo que su uniforme no me afectaba. Esa tarde, con su muslo vendado y mis manos temblando sobre su piel, supe que ya no aguantaba más.
Mi marido llevaba toda la semana de viaje y yo aún cargaba con la culpa de la vez anterior. Entonces aquel hombre de la fila me sonrió como si lo supiera todo.
Me levanté del colchón con el culo dolorido mientras él seguía dormido. Llevaba un año esquivándolo, y esa madrugada terminé cediendo en su cama.
Cada noche, antes de dormir, Carla me susurraba «buenas noches, princesa». Tardé meses en entender que esa palabra no era un juego, sino una orden.
Lo veía con mi madre desde el asiento de atrás del bus y supe que el viaje terminaría mal o terminaría como yo necesitaba.
La libreta del fiado no daba para más, mi marido miraba la tele y el almacenero me miraba a mí desde el otro lado del mostrador con esos ojos azules que parecían desnudarme.
Cada vez que volvíamos a la casa vieja de la abuela, el mismo juego empezaba otra vez: una mano que rozaba la otra y nadie que mirara.
Cuando ella abrió la puerta y me vio parado al lado de su marido, supe que ya no había vuelta atrás. Yo iba a pagar la cuenta de esa sorpresa.
Los jadeos venían del piso de abajo. Me asomé desde el segundo escalón, conteniendo la respiración, y entonces vi los tacones de mi madre colgando del borde de la mesa.
Bajé por un café en ropa interior y, al girarme hacia la ventana, descubrí al jardinero mirándome con la mano dentro de su overol.
Subí al Uber con el corazón a mil y bajé con el sabor de otra mujer en mi boca. No sabía que esa madrugada empezaba una historia que dura todavía.
Cuando se inclinó sobre el fregadero, los leggings la delataron. No oyó entrar a Don Esteban, ni notó que el albornoz ya colgaba abierto a su espalda.
Me juró que era cierto, que pasaba de verdad bajo el mismo techo donde había crecido. Y mientras lo leía, no pude evitar tocarme imaginándolo.
Llevaba dos semanas sin poder quitarme de la cabeza a la hermana de mi novia. Esa madrugada bajé por agua y la encontré despierta, esperándome.
Lo que iba a ser una prueba de costura terminó con dos mujeres maduras enredadas en la cama, y yo en el pasillo sin poder apartar la mirada del espejo.
Lucía me miró desde la cama recién estrenada y me dijo que al día siguiente, en la piscina, se pondría el bikini que es casi un hilo. No supe decirle que no.
Nunca pensé que una tarde cualquiera, esperando a que mi mujer volviera, terminaría mirando por una ventana lo que jamás debí ver.