La noche que entré al cuarto de Marcos
Hace seis años entré al cuarto de mi hermano mayor una noche de agosto. No fui a hablar. Sabía exactamente lo que quería hacer.
Hace seis años entré al cuarto de mi hermano mayor una noche de agosto. No fui a hablar. Sabía exactamente lo que quería hacer.
Tenía 18 años. Nunca me hubiera imaginado que un viaje con mi abuela y mi madre terminaría así. La tormenta llevaba dos días sin parar.
Cuando llegamos al puerto y bajó de la moto, sus manos seguían en mi cintura. Ninguno de los dos la separó de inmediato.
Tres años sin verlo y en cuanto puso los pies en casa supe que ya no iba a poder seguir fingiendo que lo que sentía era solo cariño de hermana.
Llegó mirando el suelo, abrochada hasta el cuello. Fue ella quien dio las instrucciones en cuanto cerraron la puerta del cuarto seis.
Llevas años tragando suspiros a medianoche. Esa noche alguien te estaba mirando desde la puerta, y tu cuerpo lo supo antes que tú.
Ella se inclinó a corregirle la postura en el press de piernas y él no pudo disimular lo que le pasaba bajo los shorts. A las siete y cuarto de un lunes.
Yo ya había probado cómo se sentía perder el control con un desconocido. Ella, sentada en el balcón con una cerveza, me miraba como si me envidiara cada detalle.
Salió del baño con una camisa blanca y nada debajo, una piruleta en los labios y esa sonrisa. Con Camila, la noche nunca terminaba donde uno pensaba.
No necesitaba tocarla. Solo estar ahí, a medio metro de su espalda, respirando su mismo aire. Y comprobar, una vez más, que no iba a girarse.
Crucé el parque con el pulso desbocado, sabiendo que esa noche el matón no se conformaría con mis bragas ni con el dinero que ya no me quedaba.
Cuando abrió la puerta equivocada y me vio recién bañada, sus ojos ya no pudieron mirar a otro lado. Lo que pasó esa noche no estaba en ningún plan.
El mensaje decía siete minutos para decidir. Sesenta y tres días para obedecer. Firmé sin releer y la persiana metálica cayó detrás de mí.
Cuando Lucía me susurró su fantasía de cumpleaños, supe que no habría vuelta atrás: quería ser subastada entre nuestros amigos más cercanos una noche entera.
Él llevaba un mes sentado en el mismo taburete, bebiendo agua y mirándola trabajar. Esa noche, cuando el bar quedó vacío, ella fue la que preguntó.
Iban a celebrar un cumpleaños, dijeron. Lo que no dijeron fue que el regalo era yo, subida a ese autobús apagado, rodeada de hombres que me doblaban la edad.
El taller estaba oscuro, pero cuando pasé al lado del autobús una voz grave me llamó desde la ventanilla. Esa noche dejé de ser la niña que solo los miraba al pasar.
Cuando encendí la luz de la cocina lo vi sentado, con el torso desnudo y una taza de té en la mano. Dijo mi nombre y supe que no iba a subir igual.
Llevaban dieciocho años hablándose solo por pantalla. La primera vez que se vieron en persona, ella sacó del bolso algo que no cabía en ningún manual de citas.
Hacía tres años que leía cada palabra suya sin darle un like, sin comentar, sin atreverme a nada. Esa madrugada algo cambió cuando su mensaje apareció.