El bañador rojo del padre de mi mejor amigo
Hacía años que no veía a Mateo, el padre de Diego. Cuando nos cruzamos esa tarde, no imaginé que terminaría en su salón con un bañador rojo prestado y la respiración entrecortada.
Hacía años que no veía a Mateo, el padre de Diego. Cuando nos cruzamos esa tarde, no imaginé que terminaría en su salón con un bañador rojo prestado y la respiración entrecortada.
Compartimos habitación para ahorrar. Yo era casado, padre de dos hijos. Hasta esa noche en el hotel cuando él decidió que íbamos a ser otra cosa.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.
Entré al consultorio por un dolor en el abdomen. Salí con un número guardado en el móvil y una pregunta que llevaba años evitando contestarme.
Nos sentamos frente a frente con un martini cada una. Una regla: vernos, hablarnos, olernos. Tocar, prohibido. Y ella tenía un cubito de hielo en la mano.
Lo de buscar sexo por internet siempre había salido bien, hasta esa tarde de viernes en la habitación 207, cuando entendí que con extraños uno nunca sabe.
Cuando salí del baño con tacones, medias y baby doll rojo, su cara lo dijo todo: ya no era la «hija» de su mejor amigo, era otra cosa.
Cuando levanté la mirada, la puerta estaba entreabierta y ella nos observaba con una mano hundida en la tanga abierta que yo mismo le había comprado para esa noche.
Aquel sábado mi tía salió de prisa. Su amante seguía dormido en la habitación. Lo que hice en silencio cambió todo lo que pensaba sobre mí.
Cuando me llamó desde el baño para que la ayudara, supe que esa mañana no iba a terminar como las otras. Ya no era mi nena chiquita.
Tres meses cruzando mensajes con un desconocido casado, hasta que aquella tarde en el centro comercial decidimos que ya no podíamos seguir solo escribiendo.
Cuando se quitó el mono frente a la ventana y caminó desnuda al baño, supe que esa noche no iba a dormir. Mi nueva vecina acababa de mudarse y yo ya no podía dejar de mirar.
Llevábamos años evitándonos la mirada en cada cena familiar. Esa Nochevieja, cuando todos cayeron dormidos, ella dejó las copas y me besó en la cocina sin decir nada.
Solo vino a dejarme unos papeles. Cuando se sentó en el sofá y cruzó las piernas, supe que el problema iba a ser mío, no de ella.
Me puso las esposas de terciopelo en las muñecas y el antifaz sobre los ojos. Me dijo que confiara, que iba a gustarme. Yo no sabía cómo decirle que sí.
Catorce años sin verla. Cuando levanté la vista del expediente y leí su apellido, supe que esa sargento que cruzaba la puerta de mi despacho iba a desbaratarme la vida.
Cuando mi madre se abrió de piernas en la hamaca, supe que esa tarde en la playa nudista no íbamos a volver solos a la villa.
Decidí recibirlo descalza, con un vestido solero abotonado al frente y nada debajo. Papá no sabía aún lo que decían los análisis del laboratorio.
Pensé que mi cumpleaños se había arruinado cuando sonó el timbre y apareció mi cuñada. No imaginé que ella era, en realidad, el regalo que mi mujer había planeado.
Bruno me esperaba en la puerta con un ramo de rosas y una sonrisa que no era de hermano. El piso aún olía a pintura y nosotros teníamos toda la tarde para estrenarlo.