El aventón del profesor terminó en el mirador
Le dije que me dejara por la carretera bien iluminada. Él sonrió, tomó el desvío hacia el mirador y yo dejé que el vestido se me subiera hasta el muslo.
Le dije que me dejara por la carretera bien iluminada. Él sonrió, tomó el desvío hacia el mirador y yo dejé que el vestido se me subiera hasta el muslo.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, mientras buscaba quién arreglara el techo, me di cuenta de que en realidad estaba cazando otra cosa.
Durante años fuimos amantes sin ataduras y siempre mandó ella. El día que me firmó el despido decidí que, por una vez, las condiciones las ponía yo.
Su novio siempre me había gustado, pero era de mi amiga. Esa madrugada, cuando ella cayó rendida por el alcohol, él volvió a la sala sin nada de ropa y todo cambió.
Tardé meses en reunir el valor para decírselo. Y cuando por fin lo hice, él solo sonrió y apagó la luz del pasillo.
Cuando llegó, fingí dormir boca abajo para que no me viera en topless. No imaginé que esa tarde dejaría que sus manos repartieran la crema por mis piernas.
La primera vez que sus manos la examinaron supo que ningún hombre de su edad la había tocado así: sin prisa, con la certeza de quien lo sabe todo.
Llevaba semanas pensando en los dos: el repartidor tímido y el fisioterapeuta serio. Esa noche los citó juntos, decidida a enseñarles algo que ninguno se atrevía a pedir.
Quedamos en algo sencillo: una llamada perdida cuando empezaran, y yo apareciendo en mi balcón como si fuera casualidad. Esa noche cambió todo.
Cuando los cortesanos se retiraban, él cerraba la puerta de sus aposentos y esperaba a la única persona capaz de aliviar el peso de su título.
Tenía el mejor cuerpo que vi en mi vida y un único territorio prohibido. Creí que nunca me dejaría entrar, hasta esa madrugada en que volvimos a cruzarnos por la calle.
Crucé la mirada con una mujer al otro lado de la barra. Me sonaba muchísimo, pero no sabía de qué. Hasta que se acercó y dijo dos palabras que lo cambiaron todo.
Era martes, casi medianoche, y solo quedaba un sitio con las luces encendidas. No imaginé que la mujer que nos atendió decidiría cómo terminaba la noche.
Estoy desnuda bajo su camisa, acariciándome despacio, cuando lo descubro espiándome desde el otro lado del patio. Me hace una seña con la mano. Y yo, claro, voy.
La puerta del baño estaba entreabierta y el agua caía. Me asomé sin pensar, y la señora rubia me sonrió en vez de gritar.
Llevaba años cobrando por mi tiempo, pero esa madrugada, con él dentro de mí y su boca pegada a mi oído, hice algo que no había hecho jamás: olvidarme del dinero.
Solo iba a probar una clase dirigida. No esperaba que su coche se detuviera delante de mí ni lo que vendría después, en una esquina del polígono.
Pasé junto a su banco, le dejé una nota sin que nadie lo viera y salí al patio a fumar. Para cuando él golpeó la puerta, yo ya había dejado de pensar en lo correcto.
Llevaba años manteniendo las distancias con la mujer de mi mejor amigo. La tarde que él me reveló su secreto, esa distancia estaba a punto de desaparecer.
Una ola traviesa, una toalla mojada y, de pronto, mi bikini pegado a la tela mientras yo seguía de pie. Lo que vino después me cambió para siempre.