Tomaba el sol desnuda para que mi vecino me viera
Pensé que la casa de al lado estaba vacía. Cuando levanté la vista del libro y lo vi en el balcón, supe exactamente lo que iba a hacer con él.
Pensé que la casa de al lado estaba vacía. Cuando levanté la vista del libro y lo vi en el balcón, supe exactamente lo que iba a hacer con él.
Le pidió que se tumbara en el diván como si soñara despierta. Cuando él levantó la vista del lienzo, ella supo que esa tarde no aprendería solo a pintar.
Tiene veintidós años y me preguntó, mirando la calle, si de verdad me gustaba bajar entre las piernas de una mujer. Esa noche le conté todo lo que sé.
Me subí al banco sin hacer ruido, pegué el ojo a la rejilla de plástico y entonces la reconocí: era ella, la que llevaba toda la tarde mirando de reojo.
Dejó la hoja sobre la cama, doblada en cuatro, con mi nombre nuevo escrito arriba. Cada línea era una orden, y yo ya sabía que iba a obedecerlas todas.
El móvil sonó a las seis con tres besos de su amigo, y Amparo supo, antes de contestar, que esa llamada no terminaría como las otras entre ellos.
Subieron a mi auto creyendo que solo iban a darse un baño y comer caliente. Yo ya había decidido que esa tarde no terminaría con ellos vestidos.
Cada vez que ella empujaba la puerta del bar, seis hombres se levantaban a la vez, como si hubieran ensayado esa escena cientos de noches.
Pensé que era una noche más de estudio hasta que ella giró la cabeza, me miró fijamente y dijo aquella frase que lo cambió todo entre nosotros.
Salí a abrirles en bata corta sin pensarlo. Cuando vi cómo me miraban los tres, supe que mi jardín no sería lo único que iban a atender ese fin de semana.
Él estaba obsesionado con una sola idea, y yo jugaba con fuego cada vez que me escapaba para encontrarme con él lejos de la mirada de todos.
Creí que mi futuro lo decidiría el dueño del antro más caro de la costa. No imaginé que la prueba final me la pondría su mano derecha, una mujer curtida en el oficio.
Mateo le prometió que sería un éxito. Lo que no le dijo es que pensaba esconderse bajo el escritorio mientras ella saludaba a sus primeros seguidores en vivo.
Aquella mañana, mientras se vestía sin pudor frente a mí, entendí que el verdadero juego no era el sexo: era cuánta gente quería que la mirara.
Llevaba años fingiendo en la cama de mi marido. Esa noche de fiesta, un chico al que doblaba la edad me susurró un bolero al oído y todo lo que creía dormido en mí despertó de golpe.
Llevaba semanas inventando excusas para verla. Esa tarde de agosto, junto a la piscina, ella se quitó el top y dejó claro que las excusas habían terminado.
A los sesenta me prometí una vida tranquila. Entonces se abrió la puerta de enfrente y apareció ella, con dos mechones blancos y una sonrisa que prometía problemas.
No habíamos cruzado el portón del garaje cuando ella ya me había desabrochado el pantalón. Decía que no podía esperar a subir, y le creí.
De día revisaba habitaciones y horarios con una sonrisa amable. De noche, esa misma sonrisa significaba algo muy distinto para quien le abriera la puerta.
Siempre escondí mi cuerpo bajo ropa holgada, hasta la madrugada en que el papá de mi amiga abrió la puerta del baño y se quedó mirándome un segundo de más.