Esa mañana en la playa me quedé desnuda sin querer
Una ola traviesa, una toalla mojada y, de pronto, mi bikini pegado a la tela mientras yo seguía de pie. Lo que vino después me cambió para siempre.
Una ola traviesa, una toalla mojada y, de pronto, mi bikini pegado a la tela mientras yo seguía de pie. Lo que vino después me cambió para siempre.
Hacía una eternidad que un hombre no la tocaba. Bastaron dos extraños y un vagón abarrotado para que su cuerpo la traicionara sin permiso.
Nunca pensé que una noche frente a la pantalla, con la voz de mi pareja al oído, terminaría desarmando todo lo que yo creía saber sobre mí misma.
Le dije a Mateo que me broncearía de frente. No le confesé que el verdadero placer estaba en saber que cada hombre que pasaba se detenía a mirarme.
Salí a caminar por el sendero sin imaginar a quién me iba a cruzar. Nunca pensé que una caminata por el campo terminara así, y todavía me cuesta contarlo.
Cambié de horario para entrenar sola, sin miradas pesadas. Lo conseguí durante una semana. Hasta que él cruzó la puerta y todo mi cuerpo me traicionó.
Toqué la puerta del baño con el corazón a mil. Sabía que solo iba a mirar. También sabía que me estaba mintiendo a mí misma.
Me levanté antes del segundo despertador. Sabía que, si jugaba bien mis cartas, los dos llegaríamos al trabajo con una sonrisa difícil de disimular.
Abrí la puerta sin avisar y ahí estaba ella, con la mirada clavada en la pantalla y un secreto que llevaba meses guardándose. Esa tarde por fin me lo contó.
Era mi primera semana y él me guiaba en todo. La última noche me invitó a descansar a una sala olvidada, y entendí demasiado tarde lo que de verdad quería de mí.
Acepté subir solo a buscar el bolso de una amiga. Cuando se giró con el torso desnudo y aquella toalla en la mano, supe que no iba a volver a bajar igual.
Pensábamos que solo íbamos a tomar el sol sin ropa, pero la parcela de al lado tenía un espectáculo que ninguna de las dos pudo dejar de mirar.
Cuando se inclinó para estirar en la palestra vacía, la descubrió observándolo desde las columnas: alta, pelirroja y con una sonrisa que prometía mucho más que simples ejercicios.
La noche antes de partir encendimos la pantalla, pusimos los videos de aquella mansión y dejamos que el recuerdo nos preparara para lo que la isla nos guardaba.
Lo guardé como prueba del caso, pero esa noche, a solas, deslicé la seda por mi cuerpo y vi en el espejo a alguien que llevaba años esperándome.
Volví a casa con ganas de olvidar el peor día del mes. No imaginé que mi mejor amiga aparecería justo cuando menos podía disimular lo que estaba haciendo.
Le pedí que no volviera. Pero cuando lo vi otra vez en mi porche, supe que sería yo quien marcaría las reglas de aquel juego que no debíamos jugar.
Jamás imaginé que el placer pudiera llegar tan lejos. Esa noche mi amante despertó en mí una curiosidad que ya no pude apagar a la mañana siguiente.
Lo besé en el coche como si lo hubiera deseado toda mi vida, y solo entonces entendí que el chico al que vi crecer ya no era un niño.
Aburrida en casa, acepté tomar algo con él. No conté con que esa cerveza terminaría conmigo de rodillas y, después, en su habitación de hotel.