La tarde en que Marco y yo perdimos la inocencia
Daniela me metió un condón en el bolsillo antes de marcharse. Yo sabía que era virgen y que Marco también. Esa tarde iba a cambiar todo eso.
Daniela me metió un condón en el bolsillo antes de marcharse. Yo sabía que era virgen y que Marco también. Esa tarde iba a cambiar todo eso.
Tres meses sola en Singapur por trabajo, un sábado libre y un masajista que no preguntó demasiado. Así empezó la tarde que no había planeado vivir.
Cuando le dije que podía llamar a alguien para que lo acompañara, fue a comprar cigarrillos. Treinta minutos después, Sofía bajó la escalera en tacones.
La conocía desde hacía años. Esa tarde en el bar, cuando se acercó para saludarme, algo en su mirada me dijo que aquello no terminaría con un simple abrazo.
Los hermanos me rodearon en el establo y me contaron lo que nadie del pueblo sabía. Su hermana era de todos. El padre daba la orden. Y yo tenía dieciocho años y ojos muy abiertos.
Nunca imaginaron que esa tarde en la camilla los cambiaría. Era solo un masaje entre amigos. Hasta que las manos de uno acabaron donde nunca habían estado.
Solo fui a recoger el sostén que olvidé la noche anterior. Sofía me abrió con esa sonrisa, y supe que no iba a salir pronto de allí.
Cuando su madre bajó las escaleras con ese vestido ajustado, Marcos supo que ese viaje al cine no iba a terminar como esperaba.
La tienda estaba vacía y el chico era joven. Yo llevaba días imaginando ese momento exacto y no pensaba desaprovecharlo.
Tenía la peluca puesta y los tacos encima cuando vi que alguien esperaba en la puerta. Era el sobrino de Germán. Me quedé quieta a media cuadra, sin saber si seguir.
Acostados, desnudos, todavía oliendo a lo que acabábamos de hacer, Sofía me dijo que tenía que contarme algo. Algo sobre Elena. Algo que me cambiaría la forma de verla para siempre.
Diego me miró antes de apagar el motor. Sabíamos los dos lo que significaba si le invitaba a subir. Aun así, abrí la puerta del coche.
Esa semana entera dormimos mal. Sabíamos lo que nos esperaba el sábado, y esa certeza convertía cada noche en un anticipo de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.
Me mandó a negociar con un proveedor que no existía. Cuando abrió la puerta de la sala, entendí cuál era su fetiche: hacerlo rodeados de extraños.
Valeria lo soltó mientras nos secábamos: necesitamos una cámara. Y las tres sabíamos exactamente a quién llamar.
Me fui al convento a escapar de lo que sentía. Allí conocí a Valeria, con sus pecas y su mirada esquiva, y entendí que hay deseos que no se pueden rezar.
La primera vez que la vi, su marido estaba en la habitación de al lado. La segunda, sus labios estaban en mí. No pude pensar en otra mujer durante semanas.
Mi mentor me enseñó que el sexo entre hombres tiene sus propias reglas. Aquella noche con cera caliente fue la última. Tres años después, un desconocido lo cambió todo.
Nunca había salido vestida a la calle. Ese viernes decidí que era el momento: minifalda, tacones y el vagón más lleno del año. Lo que pasó superó todo lo imaginado.
Cuando me invitó a subir a su piso, supe que no podía decirle que no otra vez. Tenía casi setenta años y yo treinta y seis, y eso nunca había importado tan poco.