El novio dotado de mi compañera de facultad
Bastó que me viera entrenar dos días seguidos para que se acercara. Lo demás lo decidió mi cuerpo: tenía que comprobar si los rumores eran ciertos.
Bastó que me viera entrenar dos días seguidos para que se acercara. Lo demás lo decidió mi cuerpo: tenía que comprobar si los rumores eran ciertos.
Cuando los vi acercarse en la barra del bar, supe que la noche no iba a terminar como ellos imaginaban. Yo los había tocado a los dos antes que ellos se rozaran.
Cumplió dieciocho y lo primero que hizo fue buscar a la mujer que su padre le había arrancado. No imaginaba que aquella tarde, en un café, ella vendría con un plan distinto.
Cuando aquel chico se quitó la camiseta en nuestro salón, reconocí cada centímetro de su torso: era el cuerpo que Beatriz miraba en su pantalla a las tres de la mañana.
Cuando volví del baño con su prenda guardada en el bolsillo, no imaginaba que ella me esperaría esa misma tarde con un trato que cambiaría todo.
Esteban dormía cuando me levanté a ducharme. Para cuando volvió a despertarse, yo ya tenía decidido a quién más quería en esa cama antes del mediodía.
Cada mañana, a las once en punto, entraba en aquella cafetería como quien entra en un confesionario. Tardé semanas en darme cuenta de que ellas dos también me esperaban.
Cuando me lo encontré detrás de mí en la cocina, con su cuerpo pegado al mío y la respiración rota en mi cuello, supe que iba a rendirme antes de pelear.
Cuando abrí la puerta y vi a mi prima parada en el umbral con esa sonrisa, supe que la noche con mi novia ya no terminaría como la había planeado.
Hacía meses que nadie sabía de ella. Cuando una notificación de TikTok rompió ese silencio, no imaginé que terminaría en su casa, con la puerta entornada y esperándome.
Llegó del trabajo cansado, y cuando vio las dos rayas en mi mano, no me dejó terminar la frase. Su boca estaba sobre la mía antes de que yo pudiera reaccionar.
Cuando el sol empezó a hundirse, ella me pidió que me apartara y mirase. Y entonces se quitó la parte de arriba del biquini frente a sus dos amigas.
Pulsé el monitor sin saber qué habitación se abriría esa tarde, y en la pantalla apareció Marisol entrando al salón con su traje de motera negro.
Bajé la mirada al ver mi falda más corta de lo prudente. Crucé las piernas en el taburete y, antes de que llegara el cóctel, sentía dos pares de ojos clavados en mi escote.
Esa madrugada, junto a Diego dormido, comprendí que no podía pensar en él sin pensar en Mateo. Con un novio nuevo, mi hermano seguía siendo el centro.
Bajó las escaleras con el pelo mojado, una blusa rosa de tirantes y una falda negra a media pierna. Y entendí por qué se había bañado mientras yo elegía la película.
Cuatro años sin tocar a nadie, y mi sobrina decidió que yo, su tío ginecólogo, era el único que podía revisarla.
Cuando se sentó sobre mis rodillas y arrimó su boca a la mía, supe que la conversación de aquella tarde no iba a ser la que mi suegro había imaginado.
Le había prometido un regalo de aniversario distinto. Lo que ella no imaginaba era que mi sorpresa la esperaba al otro lado de un agujero en la pared.
Acordamos que serían solo una tapadera, pero esa noche en el hotel, con su vestido azul y la botella vacía, supe que la mentira se nos iba a salir de las manos.