Mi madrastra dormía en el cuarto al lado del mío
La sesión de yoga del viernes empezó como un juego silencioso de miradas y terminó con su cuerpo pegado al mío en la sala de juegos de mi padre.
La sesión de yoga del viernes empezó como un juego silencioso de miradas y terminó con su cuerpo pegado al mío en la sala de juegos de mi padre.
Mis padres salieron el viernes por la mañana. A la una, mi hermana entró descalza en mi cuarto y echó el pestillo sin pedir permiso a nadie.
Cuando aparcamos la moto bajo los álamos y dejamos atrás la ermita, supe que aquella tarde con mi primo iba a ir mucho más allá del paseo.
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Llegamos del aeropuerto a las once de la noche, con la casa para nosotros y quince días por delante. Y entonces me dijo que odiaba dormir sola.
Reservé el mismo Airbnb donde hice el amor con mi prima por primera vez. Esta vez no íbamos solos: cada uno llevaba a su pareja, y los cuatro lo sabíamos.
Le di un abrazo para consolarlo y entonces sentí su erección contra mi cadera. En ese instante supe que ninguno de los dos iba a volver a ser el mismo.
El vestido era de voile azul, casi transparente. Mi padre estaba enfrente. Mi marido a la izquierda. Y el invitado francés todavía no entendía qué iba a pasar esa noche.
Lunes por la mañana. La maleta de Adrián desapareció por la puerta y, antes de que el café terminara de hacerse, ya sabíamos que esa semana iba a ser distinta.
Iba a recoger unas bolsas que mi mujer había olvidado, pero la puerta del jardín estaba entreabierta y la escena del otro lado me cambió la cabeza para siempre.
Mi prima se había ido a la playa con sus amigas. Cuando llamé al timbre, mi tía abrió la puerta con el delantal puesto y una sonrisa que no le había visto nunca antes.
Llevaba años fingiendo que no miraba los pechos de mi hermana. Aquella tarde, los tres metidos en la bañera, dejé de fingir.
Cuando Marcos cerró la puerta del apartamento y preguntó si iban a dormir con su «nueva pareja», el silencio de los cuatro lo dijo todo.
Cuando le quité la bata y la vi en ropa interior blanca de encaje, supe que aquella boda no iba a empezar como ella esperaba.
Mi mujer estaba de viaje y mi suegra entró a traerme el desayuno a la cama. Yo seguía desnudo y con una erección imposible de disimular.
Cuando mi marido cruzó la puerta con la maleta, dejé caer la bata en el pasillo y entré desnuda en la habitación de mi hijo.
Estaba dormido en el sofá, en calzoncillos, con una erección imposible de disimular. Era mi tío, había llegado el día anterior, y yo tenía veinte años.
Lo deseaba desde mis primeros amantes y nunca me atreví a decírselo. Aquella tarde, frente a su cámara, descubrí que mi hermano también llevaba años aguantando lo mismo.
Aquella noche su mano me rozó la pierna debajo del mantel y siguió subiendo. Quise creer que era el vino, pero la siguiente reunión despejó toda duda.
Cuando llamé a casa para avisar que no llegaríamos, supe que mentía dos veces: no íbamos a ninguna casa de su amiga, y no íbamos a dormir en camas separadas.