Lo que me permití la última noche en Cancún
Cuando la fiesta terminó, lo tomé de la mano y lo llevé hacia las sombras. Esa noche era mía, y él lo supo desde el primer segundo.
Cuando la fiesta terminó, lo tomé de la mano y lo llevé hacia las sombras. Esa noche era mía, y él lo supo desde el primer segundo.
Llevaba tiempo queriendo hacerlo: elegir a un hombre en algún lugar público y llevármelo a la cama. Esa tarde en el café, por fin me animé.
Cuando pulsé su timbre con el perro a mi lado, no imaginé que esa extraña de mirada esquiva me haría subir hasta su habitación esa misma tarde.
Carmen me miró desde el otro lado de la cocina y, sin decir nada, cerró la distancia entre nosotros. Su hija estaba a cinco metros. Eso solo lo hacía más difícil de resistir.
La noche que vi salir a esa chica del cuarto de la hermana Graciela, debí haber seguido caminando. En cambio, me quedé. Y eso lo cambió todo.
A mis cuarenta y un años, con marido e hijos, descubrí la adrenalina que un matrimonio nunca te da. Lo comprobé desnuda bajo la ducha, con mi amante, cuando escuché abrirse la puerta.
Sus gemidos atravesaban las paredes cada noche. Mi mujer y yo escuchábamos en silencio, sabiendo que algo había cambiado desde que Vera llegó.
La vi aparecer al fondo de la calle y ya supe que esa noche no sería como las otras. Ella no había venido a charlar.
Cuando me dijo que la atraía, no me lo creí. Luego llegó el mensaje con el nombre del hotel y la hora exacta. Supe que todo era real.
Ella abrió la puerta con un vestido que no dejaba nada a la imaginación. Supe que esa cena no iba a ser como las otras, pero no imaginé hasta dónde llegaríamos.
Limpiaba los despachos del pasillo cuando la encontré sola, con el escote abierto y el cuello tenso. Le ofrecí un masaje. Ninguna de las dos pensaba que llegaríamos tan lejos.
Lo esperé con un whisky y muy poca ropa. Él no sabía que esa noche era apenas el inicio de un plan que llevaba semanas armando en silencio.
Cuando ayudamos a Rodrigo a acostarse y Andrés se quedó detrás de mí, supe que aquella noche no iba a terminar como debía.
Las cuerdas me marcaron la piel de rojo. La culpa me marcó el alma de negro. Y ese hombre seguía buscando la grieta por donde romperme del todo.
Cuando puso la mano en mi pierna y notó que algo había pasado, no dijo nada. Solo arrancó y guardó silencio. Ese silencio fue lo más excitante que sentí en años.
Entré en su habitación y lo encontré con los ojos llorosos. Iba a cancelar la visita de su novia por miedo a su primera vez. No pude dejarlo así.
Llevaba un cuaderno de versos bajo el brazo y sonrió como si supiera lo que estaba pensando. No debería haber vuelto sobre mis pasos. Pero lo hice.
Pedí agua con gas y él entendió todo. Quería cada caricia, cada mirada ajena, estar completamente lúcida para no perderme ni un instante.
Hacía días que Luciana había tenido su debut bisexual y ya pedía más. Lo que planeamos esa noche en Buenos Aires cambió todo para ella.
Marcos era voyeur y llevaba años queriendo verla con otro hombre. La tarde que lo intentaron por primera vez, dos desconocidos en un restaurante cambiaron todo.