El homófobo de la oficina era el chico de la máscara
Cada vez que pisaba su departamento, soltaba bromas sobre maricones. Una semana después lo reconocí en el video del club: máscara, jaula y veinte hombres esperando turno.
Cada vez que pisaba su departamento, soltaba bromas sobre maricones. Una semana después lo reconocí en el video del club: máscara, jaula y veinte hombres esperando turno.
Cuando todos se fueron, él me miró desde el sofá y dijo que me había imaginado como una princesa toda la noche. Y yo, que nunca había estado con nadie, no supe decir que no.
Tengo diecinueve y debajo de la ropa unisex llevo encaje. Hoy entro al sauna de la calle Tucumán dispuesta a que me usen los que fingen ser maridos buenos.
Primero fue la pulsera. Luego la ropa ajustada, las medias, la depilación. No supe en qué momento dejé de ser Daniel para convertirme en lo que él quería.
Me miré al espejo con la peluca puesta y el vestido translúcido, y supe que esa noche iba a dejar que un extraño hiciera conmigo todo lo que llevaba semanas imaginando.
Guardé su número como «S.1». Dos días para arrepentirme y ni una sola vez quise hacerlo: quería que me usaran otra vez, peor que la primera.
Cuando él la miró por segunda vez esa noche, supe que la cena no iba a terminar en el comedor, y que mi esposa tampoco quería que terminara ahí.
Cuando me arrodillé frente a él y empecé a recitar mis pecados, su mano se posó sobre mi hombro con una calma que no tenía nada de pastoral.
Subí las fotos bajo otro nombre, segura de que nadie en esa residencia sabría que era yo. Media hora después, alguien golpeó mi puerta y dijo el nombre falso.
Estaba lista desde las cuatro de la tarde, empapada y necesitada, cuando aquel hombre bajito tocó a mi puerta sin imaginar que yo descubriría su apodo a la fuerza.
Entré a la consulta con la garganta seca. No esperaba que ella me pidiera cerrar los ojos y describir, palabra por palabra, aquello que llevaba meses ocultando.
Nadie imaginó que esa voz capaz de bajar a un grave de trueno y subir a un agudo de cristal escondía un secreto que un hombre poderoso usaría en su contra.
Pasé por delante de la cabina cinco veces antes de atreverme a mirar dentro. El hombre del pelo gris levantó la vista y me hizo un gesto sin decir nada.
Su publicación en la app de libros decía «busco una baby». Respondí sin pensar y, durante casi un año, aprendí a obedecer cada palabra suya por videollamada.
Llegó la orden de meterme en la ducha y ella se quedó mirando. No supe en qué instante la esponja pasó de mis manos a las suyas.
Creí haberla superado, hasta que descubrí que la amiga con la que coqueteaba en el bar conocía demasiado bien a la mujer que me había abandonado.
«Buenas noches, princesa», me susurró mi esposa al oído. Y algo dentro de mí, algo que ella había plantado semanas atrás, respondió como si llevara toda la vida esperando ese nombre.
Veinte días sin tocar a nadie habían vuelto la necesidad algo salvaje. Esa noche entré al club a cazar, no a pedir permiso ni a ir despacio.
Entré a la ducha de empleados como cada noche, sin imaginar que alguien abriría la puerta y descubriría el cuerpo que las hormonas me regalaban poco a poco.
El armario del señorito guardaba un uniforme negro con cofia blanca, y don Aurelio le aseguró que en cuanto se lo pusiera dejaría de ser Marcial para siempre.