Descubrí que el amigo gay de mi novia era una farsa
Llevaba meses fingiendo ser el amigo gay perfecto para meterse en su cama. Esa noche en la fiesta de la facultad descubrió, atado y de rodillas, lo que era ser un hombre rendido.
Llevaba meses fingiendo ser el amigo gay perfecto para meterse en su cama. Esa noche en la fiesta de la facultad descubrió, atado y de rodillas, lo que era ser un hombre rendido.
Cuando crucé las piernas, ya sabía que las tres habían planeado algo. Lo que no esperaba era cuánto iba a costarme quedarme callada toda la noche.
Llevaba meses controlándola con una sola frase. Bastaba decir «gatita caprichosa» y la dueña de la empresa se convertía en mi juguete. Hasta que esa tarde alguien me observó a mí.
Cuatro días atado a su cama, doce mil euros más rico, y un cuerpo que ya no se resiste igual. Lo peor no es lo que me hace: es lo que empieza a brillar en mis ojos.
Llevaba meses guardando el secreto en el fondo del armario. Esa noche toqué a su puerta con la pollera plisada y el moño rojo, y ya no quise volver atrás.
Cuando cerró el último candado y se guardó la combinación, entendí que esa noche mi cuerpo ya no me pertenecía: era su muñeca, y obedecer era el único camino.
Me quité el pantalón en el pasadizo, lo guardé en la mochila y empujé el portón. Sabía exactamente lo que me esperaba arriba, y eso me ponía peor.
Cuando bajó al garaje con la excusa de un destornillador, Carolina ya sabía que no iba a subir igual. Hugo apagó el cigarro y la miró como nadie la miraba desde hacía años.
Volvía al arroyo seco cada vez que podía sin decírmelo. Él nunca hablaba más que dos palabras, y yo me arrodillaba como si ya no fuera dueño de mis rodillas.
Vi el mensaje a las once de la noche y supe que esta vez no iba a inventar excusas. Quince minutos después estaba subiendo a su auto en un predio vacío.
Llegué a su puerta temblando, sin saber que esa noche un vestido barato y unos tacones de plástico iban a cambiar todo lo que creía saber sobre mí.
Pulsé el timbre con las manos temblando. Veinte años mayor, sádico declarado, sin compasión. Y yo, virgen, suplicándole que empezara nada más cerrar la puerta.
Llevaba horas a oscuras, con los brazos por encima de la cabeza atados al perchero, esperando que sus tacones se acercaran y abriera la puerta del armario.
Cuando la cuarta acompañante entró al salón con vestido rojo, la bandeja de tragos se me resbaló de las manos. Era mi esposa.
Olía a piel limpia y perfume caro. Mi lengua se movió antes que mi cabeza, y cuando ella giró la cara y me miró, supe que no había vuelta atrás.
Eran casi las once de la noche y el edificio entero parecía vacío. Cuando giré la silla, lo único que faltaba era que alguien abriera esa puerta. Y la abrieron.
Acepté quedarme a dormir en casa de mi padrastro pensando que sería una visita más, pero esa noche me llevó hasta su cuarto y me obligó a mirar.
Subí las escaleras detrás de ella con la mirada clavada en su falda, sin imaginar que esa noche no sería yo quien tomara las decisiones.
Llevaba semanas buscando algo distinto en la app cuando apareció su perfil: cincuenta y tantos, frase corta, mirada directa. Su casa estaba a ocho minutos caminando.
Me pidió por mensaje que me pusiera solo una gabardina y bajara al taxi. No sabía que el vibrador en mi bolsillo lo iba a manejar ella desde el asiento de atrás.