Mi instructora trans me citó en el baño del bar
Caminé toda la ciudad con su ropa interior puesta y su olor pegado a la piel, sabiendo que ella me imaginaba así. Y lo único que quería era otra orden suya.
Caminé toda la ciudad con su ropa interior puesta y su olor pegado a la piel, sabiendo que ella me imaginaba así. Y lo único que quería era otra orden suya.
Bajó del escenario con el vestido pegado al cuerpo y él ya la esperaba en las sombras del pasillo. No dijo nada: solo la agarró del brazo y abrió la puerta.
Esa mañana me vestí con un body de encaje bajo la camisa de trabajo. Nadie podía adivinarlo. Nadie excepto el hombre que me miró el culo cuando bajé del autobús.
Marpesa había gobernado Helíada con una lanza y un grito, pero esa noche, frente a la mujer de ojos plateados, supo que el deseo también podía ser una guerra.
Quince gotas en el café y la voluntad se apaga. Cada mujer que cruza esa puerta sale decidida a transformar a su marido en algo que jamás se atrevió a desear.
Me mandó una foto que casi arruina todo antes de empezar. No lo bloqueé, y esa tarde descubrí por qué a veces conviene darle una segunda oportunidad a un desconocido.
Tenía veinte años, cara de adolescente y un cuerpo andrógino que volvía locos a los hombres mayores. Una noche, en un coche oscuro, descubrí lo que valía.
Llevaba un año mirando aquel juguete en el cajón sin atreverme. Esa noche, con el camisón de encaje y el candado cerrado, supe que por fin iba a dejar que me abriera entero.
Bajé a la cocina a las tres de la mañana y la puerta de su cuarto estaba entornada. Adentro, una rubia despampanante ensayaba poses frente a la cámara. Y giró a mirarme.
Cuando la puerta se abrió de par en par yo estaba semidesnuda sobre la camilla, con todos los pacientes de la sala de espera mirando hacia adentro.
Camille entró al despacho con dos cafés y la puerta del pasillo ya estaba cerrada con llave. Esa noche Elena descubrió cuánta libertad le había dado a su marido.
El gemido que me despertó no era mío. Asomé el ojo por la rendija del cubículo y la vi frente al espejo, con la falda subida hasta la cintura.
Esa mañana de septiembre vi entrar a la chica más tímida del aula. Tardé dos semanas en entender que la tímida del aula no era ella, era yo.
Llamé a un electricista por un trabajo en el tablero. Marisa estaba en Rosario, yo cumplía sesenta y dos años, y nunca había tocado a otro hombre.
Pensó que entraba a ese cuarto a hacerse el duro. Sabrina, con la minifalda roja y la mirada de dueña, ya había decidido que esa noche se arrodillaría.
Llevaba meses suplicándole una sesión. Cuando al fin entré en su estudio, entendí que no me había citado para fotografiarla, sino para enseñarme a obedecer.
Apenas avancé unos pasos, mi celular empezó a vibrar sin parar. Era ella, y no pensaba dejar que me fuera tan fácil esa noche.
Cuando empujé la puerta metálica esperaba encontrarlo solo, como siempre. Pero bajo aquella bombilla colgante había cuatro hombres más, y ninguno parecía tener prisa.
Cuando me hizo un gesto desde el pasillo central, supe que la lista de libros prestados a mi nombre era solo la primera de las trampas que iba a abrirme esa noche.
No recuerdo el momento exacto en que dejé de cuestionar la lencería, las pastillas ni los sueños. Solo sé que cada semana me sentía más cómodo siendo otra.