Me vestí de chica esa tarde en casa de papi
Cuando salí del baño con tacones, medias y baby doll rojo, su cara lo dijo todo: ya no era la «hija» de su mejor amigo, era otra cosa.
Cuando salí del baño con tacones, medias y baby doll rojo, su cara lo dijo todo: ya no era la «hija» de su mejor amigo, era otra cosa.
Me puso las esposas de terciopelo en las muñecas y el antifaz sobre los ojos. Me dijo que confiara, que iba a gustarme. Yo no sabía cómo decirle que sí.
Cuando bajó del baño con la ropa que le había dejado encima de la cama, supe que esa tarde iba a obedecer cada orden sin rechistar.
Cuando descubrí que mi amante había planeado todo desde el principio, comprendí que mi cuerpo ya no era del todo mío. Y eso me excitó más que nada.
Cuando llamé al timbre de aquella casa de campo, creía que solo me esperaba una cena. Tardé media hora en darme cuenta de que la verdadera prueba aún no empezaba.
Cuando salí de la ducha rasurado y mareado por el ron, lo vi sentado en la cama con un collar rosa y una peluca. Entendí que aquella isla no era refugio: era una trampa.
Llevaba toda mi vida convencido de algo. Aquella tarde, junto al arroyo, viendo a un compañero salir del agua, entendí que estaba equivocado.
Cuando abrió la puerta, lo primero que vio fue una mujer desnuda arrodillada frente a mí. Por un segundo dudó. Después soltó la cartera y empezó a desvestirse en silencio.
Rocío me juró que era un bar normal. Cuando vi que en la cola solo había mujeres entendí que no lo era, pero ya era tarde para arrepentirme.
Mi mujer salió con sus «amigas» y yo a casa de Mauricio. Una cámara, dos parejas, y la pregunta de cuál de los dos sería mejor puta esa noche.
Cada noche que Marcos pasaba mirando sin poder tocar era un escalón más en el descenso. Valeria no lo seducía: lo poseía. Y él no encontraba la salida, ni la buscaba.
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
Las palomitas se enfriaron pronto. Rodrigo fingía ver la película pero yo sabía que solo tenía ojos para lo que mis manos le hacían a mi novia bajo la manta.
Me dijeron que el cliente era especial. No me dijeron que era el hombre más temido de la ciudad. Ni que en cuanto lo até, empezaría a romperse de verdad.
Hay tardes en que el mejor placer es no hacer nada. Me tumbé en el sofá, abrí los brazos y le dije que fuera ella quien mandara.
Las cuerdas me marcaron la piel de rojo. La culpa me marcó el alma de negro. Y ese hombre seguía buscando la grieta por donde romperme del todo.
Cuando Diego entró al apartamento, Laura no sabía que ese hombre joven y callado le iba a devolver algo que había perdido sin saber exactamente cuándo.
Era la mujer de mi colega: cuarenta y pocos, un cuerpo que imponía desde el marco de la puerta. Esa noche también quiso elegir a los dos.
Bajé 22 kilos. Mi cuerpo tiene cicatrices que nunca vi venir. Y cada semana le miento a mi familia con una sonrisa forzada en la pantalla.
Llegó empapado, con las marcas de la última sesión todavía latiendo bajo la ropa. Nadie en la ciudad sabía que el hombre más temido venía a arrodillarse ante mí.