Tres semanas a solas con mi padre y mi primo
Pedí un masaje en el pie casi en broma. No imaginé que esa noche, frente al fuego y con el vino encima, mi padre y mi primo dejarían de contenerse.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Pedí un masaje en el pie casi en broma. No imaginé que esa noche, frente al fuego y con el vino encima, mi padre y mi primo dejarían de contenerse.
El contrato pagaba el doble si adaptaban el número a algo más adulto. Marisol pensó en las deudas; Camila, en cómo las miraba el anfitrión.
Pensé que lo peor del viaje sería compartir habitación con mis padres en plan luna de miel. No imaginaba que, a oscuras, sería yo quien no podría quedarse quieto.
Aquella tarde en el hospital, mi madre me tomó la mano y me susurró un favor que jamás imaginé escuchar de sus labios.
Estaba medio dormido tocándome cuando sentí una mano que no era la mía. Lo que vino después rompió todos los límites que creía respetar.
Subí a cambiarme por algo más atrevido mientras ellos se duchaban. A esa hora ya sabía que, si bajaba a la cocina, no iba a poder contenerme.
Cuando entré al baño no imaginé que su madre me esperaba, ni que mi sobrina aparecería en la puerta con una sonrisa que lo cambiaría todo.
La acorralé contra la puerta de roble sin imaginar que, tras la rendija del salón, unos ojos verdes ya no podían apartar la mirada de nosotros.
Llevaba meses evitando volver, pero esa tarde mi hermana puso un vídeo en la pantalla y nada en nuestra familia volvió a ser lo que yo creía.
Caminé descalza por el pasillo creyendo que encontraría una película. Lo que vi detrás de esa puerta entreabierta lo cambió todo entre nosotros tres.
Llegué al portal sin saber si iba a tener el valor de subir. Me llamo Esteban, tengo 48 años y arriba me esperaba una pareja a la que solo conocía por mensajes.
Bajó la frente sobre el escritorio de roble, entre el hijo y la madre de él, y entendió que su título de suegra respetable acababa de morir en ese despacho.
Llegué a su casa solo para ver el partido. Cuando sonó el silbato final, una mano se hundió en mis nalgas y entendí que el verdadero plan empezaba en ese momento.
Llevaba ocho años siéndole fiel a mi novia. Bastaron una piscina, dos bikinis y la sonrisa traviesa de mi hermana para que todo se derrumbara.
Aún sentía el eco de la noche anterior entre las piernas cuando entré en su cuarto. Mi hija dormía con cara de ángel y yo solo pensaba en repetir.
Nunca pensé que una charla de madrugada con mi abuela, las dos copas a medias y la tele de fondo, terminaría destapando lo que cada sábado ocurría en la otra casa del pueblo.
Eran las tres de la mañana cuando escuché la llave en la cerradura. Me escondí detrás de la cortina sin imaginar lo que mi madre dejaría que le hicieran a un metro de mí.
Cuando sonó el teléfono fijo aquella tarde, jamás pensé que esa llamada me llevaría a un hotel del centro, a dos hombres deseándome y a una versión de mí que no conocía.
Nadie imaginó que una botella de vodka vacía, girando sobre la alfombra de un salón, bastaría para borrar todas las líneas que separaban a tres parejas.
Mi vida sexual se había vuelto predecible, así que esa noche le escribí a mi follamigo una propuesta que ninguno de los dos imaginó hasta dónde nos llevaría.