Confieso lo que hice en el séptimo día del viaje
Habían pasado seis días desde que dejé de ser la esposa fiel. Lo que vino después, en el jacuzzi y delante de testigos, no se lo cuento ni a mi mejor amiga.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Habían pasado seis días desde que dejé de ser la esposa fiel. Lo que vino después, en el jacuzzi y delante de testigos, no se lo cuento ni a mi mejor amiga.
Llevábamos meses compartiendo algo prohibido entre hermanos. Esa tarde, mientras ella me contaba todo con las manos ocupadas, la cámara nos reveló algo que lo cambiaría todo.
Aquella madrugada, cuando él se durmió, una cruzó el pasillo descalza y se metió en la cama de la otra. No iba por hablar, ni por curiosidad.
Tres compañeros la invitaron a quedarse cuando el edificio estaba vacío. Sofía dijo que sí, pero con condiciones.
Lo vi marcharse el lunes con la maleta y un beso seco. Esa misma noche, en la cama, supe que su ausencia pesaba más que cualquier orgasmo.
Lo invitamos a casa con la promesa de no tener reglas. Lo que pasó esa madrugada en el sofá rompió todo lo que creíamos saber sobre nosotros.
Llevaba veinte años queriendo besarla. Esa madrugada entré en su dormitorio creyendo que por fin tocaba, hasta que ella me bajó los pantalones y me arrastró al salón.
Cuando vio al brasileño cruzar la pista hacia nosotras, supe que mi compañera de piso ya no era la chica tímida que había llegado a Madrid hacía un mes.
Llegué solo al hotel y me dije que esa semana iba a ser distinta. No imaginaba que la mujer de la barra del bar iba a enseñarme cosas que nunca había sentido.
Carmen me miró desde el otro lado de la cocina y, sin decir nada, cerró la distancia entre nosotros. Su hija estaba a cinco metros. Eso solo lo hacía más difícil de resistir.
Esa tarde en la playa supe que los cuatro nos miraban. Lo que no sabía era que esa noche todo lo que Roberto y yo habíamos imaginado iba a ocurrir.
Las palomitas se enfriaron pronto. Rodrigo fingía ver la película pero yo sabía que solo tenía ojos para lo que mis manos le hacían a mi novia bajo la manta.
Llevaba meses aparcando en el fondo, lejos de las cámaras, diciéndose que era solo por comodidad. Su cuerpo sabía la verdad antes que ella.
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
Cuando Valeria le pidió ayuda con su pierna, Sandra solo quería ser una buena compañera. Lo que ocurrió esa semana no lo había buscado ninguna.
Salí del baño sin ropa y él estaba ahí, en el pasillo, tan desnudo como yo. Nos miramos sin poder movernos. Ese segundo bastó para que todo cambiara.
Habíamos rechazado a tres parejas. Cuando por fin encontramos la perfecta, nos pusieron una condición que no esperábamos ni en nuestros sueños más raros.
Cuando levanté la mirada, la puerta estaba entreabierta y ella nos observaba con una mano hundida en la tanga abierta que yo mismo le había comprado para esa noche.
Cuando mi madre se abrió de piernas en la hamaca, supe que esa tarde en la playa nudista no íbamos a volver solos a la villa.
Decidí recibirlo descalza, con un vestido solero abotonado al frente y nada debajo. Papá no sabía aún lo que decían los análisis del laboratorio.