El trío bisexual con el vecino de al lado
Le pedí que me esperara desnuda cada mañana al volver del trabajo, sin imaginar que el vecino terminaría siendo testigo, amante y algo más para los dos.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Le pedí que me esperara desnuda cada mañana al volver del trabajo, sin imaginar que el vecino terminaría siendo testigo, amante y algo más para los dos.
Pensé que mi cumpleaños se había arruinado cuando sonó el timbre y apareció mi cuñada. No imaginé que ella era, en realidad, el regalo que mi mujer había planeado.
Llegó a mi despacho buscando el divorcio. Tres horas después, su confesión me tenía con la falda arrugada y sin saber distinguir si era abogada o cómplice.
Al abrir la puerta del dormitorio, lo último que esperaba era ver a mi novia debajo de su amiga, con las piernas abiertas y una mirada que me prohibía entrar todavía.
Cuando se abrió la cremallera y mi madre entró con tres vasos en la mano, supe que esa noche ya no iba a poder controlar nada de lo que iba a pasar.
Hasta esa noche pensaba que ya conocía todos mis límites. Bastó una mirada, un gesto suyo y todo lo que creía saber sobre mi deseo se derrumbó en silencio.
Volvimos del bar mareadas, las dos solas en la habitación. Y entonces golpearon la puerta cinco hombres a los que ya les habíamos dicho que no.
Cuando las mujeres salieron al baño y me quedé a solas con él, su mirada cambió. Y descubrí algo de mí que no había admitido nunca.
Fingí dormir cuando los oí subir por la escalera entre risas y besos. La puerta de su dormitorio quedó entornada y desde la mía pude ver demasiado.
Llevaba media hora mirándole de reojo cuando me habló. Detrás de las rocas, ninguno de los dos tenía intención de volver a vestirse en lo que quedaba de tarde.
Recuerdo cada nombre, cada habitación y cada beso. Pero ella me mira como si me hubiese inventado a todas las personas con las que pasé la noche.
Abrió la puerta apenas vestido, con esa sonrisa que ya no era la del cliente educado, y entendí desde el primer minuto que aquel aviso no iba a terminar con la junta del desagüe.
Lucía nunca quiso saber nada con un hombre. Camila era una bomba que volvía locos a los huéspedes. Yo solo tenía una pregunta que no podía guardarme.
A las once eran solo dos parejas riéndose alrededor de una botella; a las tres de la mañana ya éramos cuatro cuerpos que no sabían a quién pertenecían.
Cuando abrió la puerta, lo primero que vio fue una mujer desnuda arrodillada frente a mí. Por un segundo dudó. Después soltó la cartera y empezó a desvestirse en silencio.
Cuando salí del despacho, las dos hermanas me esperaban con una sonrisa cómplice que no era inocente. Supe que esa tarde no iba a comer pasta.
Cuando me propuso quedar para «comparar notas» sobre él, dije que sí sin pensar. No imaginé que el primer beso lo daríamos en el sofá del fondo de la cafetería.
Cuando salí de la ducha con la toalla en la cintura, ella se acercó, me besó suavemente y dejó caer la tela. Su marido nos miraba desde el sofá con una sonrisa.
Bruno me sonrió desde lejos y Yolanda alzó las cejas mirando a Mariela. Dos minutos de baile bastaron para saber que esa noche no terminaría con un apretón de manos.
Eran jóvenes, abiertos y querían algo distinto. Lo que no sabían es que esa noche en el hotel yo también descubriría una parte de mí que llevaba años escondiendo.