El último viaje: descubrí lo que hacía mi esposa
Toqué la puerta una y mil veces y nadie abrió. Cuando recepción me dejó entrar, encontré maletas que no eran mías bajo la cama y un olor inconfundible.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Toqué la puerta una y mil veces y nadie abrió. Cuando recepción me dejó entrar, encontré maletas que no eran mías bajo la cama y un olor inconfundible.
Cualquiera habría pensado que después del banquete de la noche anterior estaríamos saciados. En esta casa, el deseo nunca descansa, y aquel domingo iba a desbordarse.
Desperté con el cuerpo encendido y la mano entre las piernas. Jamás imaginé que esa mañana mi hermana abriría la puerta… ni lo que vendría después.
Mi madre creía que era otro hombre quien la embestía contra el cabecero. A su lado, mi hermana me lanzaba besos mientras mi padre la castigaba sin piedad.
Hay cosas que nunca dije en voz alta. Esta es una de ellas: lo que mi prima planeó conmigo aquel enero, sin que yo me diera cuenta hasta que ya era tarde.
Salí de la ducha suave y enjabonada sin sospechar que esa tarde un desconocido fornido nos convertiría a las tres en sus sirvientas obedientes, dispuestas a todo.
La regla era simple: máscara puesta, ni una palabra. Lo que Marcos no sabía era a quién estaba tocando de rodillas en mi salón.
Visto de hombre, pero debajo del pantalón llevo encaje. Esa mañana, en el último vagón, alguien se dio cuenta y no pudo apartar los ojos de mí.
A las tres de la mañana, fingí que la cobija me cubría los ojos. Lo que vi en mi propia sala no debería haberlo visto nunca, y aun así no aparté la mirada.
Me vistió igual que ella: corsé negro, medias de red y la misma peluca. Esa noche íbamos a trabajar juntas por primera vez, y yo no sabía hasta dónde llegaría.
El ascensor frenó en el octavo y él subió. Llevaba los últimos pesos en el bolsillo y la certeza de que esa mañana algo iba a pasar entre nosotros.
Hace meses que Esteban dejó de existir. Me despierto cada mañana enfundada en seda rosa, lista para servir a la mujer que reescribió mi mente entera.
Bajé por agua a medianoche y la encontré despierta, dispuesta a darle a mi esposa la única clase que yo nunca había logrado enseñarle.
Marina dejó la libreta abierta en la letra C. Yo solo iba a hablar de mi bloqueo en la cama, pero aquella primera consulta no terminó como cualquiera imaginaría.
Durante un año entero viví dos vidas: la profesional perfecta junto a mi pareja, y la amante insaciable que volvía cada noche al hotel. Hasta que la televisión anunció su muerte.
Llegó deshecho en lágrimas porque su novia lo había dejado justo ese día. Su madre solo quería consolarlo. Ninguna de las dos imaginó hasta dónde llegarían.
Cuando Adrián le rodeó la muñeca y le pidió que se sentara entre los dos, Marisol supo que ya no estaba al mando de nada en aquella casa.
Llegué destrozada por la muerte de mis padres. Verónica me prometió que en Brasil aprendería a olvidar, pero nunca imaginé cómo pensaba consolarme mi propia hermana.
«Si eres un niño bueno tendrás premio», me dijo antes de salir. No imaginé que el premio sería compartido, ni que mi madre disfrutaría tanto mirando.
Cuando bajé del coche vestida de marinera, los seis amigos de mis hermanos silbaron sin saber todavía cuál era mi secreto ni lo que estaba a punto de hacer por el festejado.