Mi novia me confesó lo que pasó en aquel atraco
Tardó en contármelo. Decía que le daba apuro, que era demasiado fuerte. Y cuanto más se resistía, más dura se me ponía mientras la penetraba despacio.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Tardó en contármelo. Decía que le daba apuro, que era demasiado fuerte. Y cuanto más se resistía, más dura se me ponía mientras la penetraba despacio.
Mi madre rentó el cuarto de sobra a dos hermanos recién llegados, y desde el primer día sentí cómo me desnudaban con la mirada. No imaginé hasta dónde llegaría.
Sola en lo alto de la pista, con las luces partiéndole la piel, decidió que esa noche mandaba ella. Y los tres hombres no eran más que su público.
Hay cosas que una nunca le cuenta a nadie. Esta es la que me guardé durante años, la que todavía me hace temblar cuando paso frente a aquel cine.
Llevaba semanas masturbándome cada noche imaginando lo que ella vivía en carne propia. Hasta que un jueves me planté frente al espejo y decidí dejar de imaginarlo.
Aquel viernes llegamos desnudas bajo los abrigos, dispuestas a todo. Lo que no sabíamos es que esa noche habría alguien nuevo esperándonos en la pared.
Esa noche descendimos veintidós escalones hacia el sótano donde sonaba el saxo. Lo que pasó allí abajo todavía no se lo he contado a nadie.
Me había imaginado mil veces mi primera vez, pero nunca así: diciéndole que sí, con la voz temblorosa, a algo que jamás me habría atrevido a pedir en voz alta.
Cuando Carla me preguntó si quería repetir, ya sabía mi respuesta antes de terminar la frase. Lo que no sabía era hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa noche.
Hay una noche que nunca aparece en mis recuerdos compartidos. La guardé bajo llave durante años. Hoy, por fin, me atrevo a contarla tal como ocurrió.
Le abrí la puerta para que se refugiara del diluvio. No imaginé que terminaría de rodillas frente a él, ni que sus cuatro amigos también llamarían.
Llamé a la puerta del séptimo con el cubo en la mano y el corazón disparado. Ninguno de los dos creía ya en la excusa de la limpieza, y a mí dejó de importarme.
Carolina estaba al borde del colapso por la frustración acumulada. Yo conocía a cinco hombres capaces de arreglarlo, y esa noche decidí presentárselos a todos a la vez.
Bajé las escaleras de aquel sótano con el corazón en la garganta y, antes de pensarlo dos veces, ya estaba de rodillas en la cabina del fondo.
Empezó como un secreto que le contaba al oído mientras me follaba. Terminó con él sentado a un metro, mirando cómo otro hombre me hacía perder la cabeza.
Nos arreglamos durante horas: dos travestis no salen a cazar sin estar impecables. Esa noche, además, alguien esperaba las fotos de todo lo que pasara.
Llevaba un mes y medio enjaulada por orden de Bruna. Esa mañana, cuando la llave giró por fin, ni el barrio entero pudo contener lo que se desató.
Cuando la diosa liberó su sexo en mitad de la tienda, Renata supo que su vida de cronista discreta había terminado para siempre.
Daniel me prohibió tocarme mientras me follaba. La regla aguantó hasta la noche en que el camionero volvió antes y nos encontró en el baño.
Cobraba caro y elegía con quién. Esa invitación al yate parecía una más, hasta que en la playa apareció el único que no quiso tratarme como a las demás.