El cumpleaños de Lulú terminó en el motel de la esquina
Llevaba meses besándola a escondidas sin que pasara nada más; aquella tarde, con la botella casi vacía, fue ella quien me arrastró hasta la ventanilla del motel.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Llevaba meses besándola a escondidas sin que pasara nada más; aquella tarde, con la botella casi vacía, fue ella quien me arrastró hasta la ventanilla del motel.
Tumbada en la cama del hotel con la venda puesta, escuchas cómo alguien entra en la habitación. No sabes si es hombre o mujer. Solo sabes que os mirabais en la app hace una hora.
Solo fui a recoger el sostén que olvidé la noche anterior. Sofía me abrió con esa sonrisa, y supe que no iba a salir pronto de allí.
Silvia cabalgaba sobre mí cuando vi la figura en el umbral. Mi padre. Desnudo. Mirándola fijamente, con una mano en movimiento que no dejaba lugar a dudas.
Lo vi en la terraza del puerto: alto, con barba y espalda ancha. Marcos me miró de reojo y supe que los dos estábamos pensando lo mismo.
Cuando entré a la sala y vi que había 198 personas desnudas esperando mi señal, entendí que había cruzado un límite del que no quería volver.
Fregaba los platos con los guantes de goma puestos cuando la mujer de su amante le susurró al oído lo mucho que le había gustado su marido.
Llevar tres sillas plegables a un callejón de madrugada fue idea de ella. Lo que pasó después me dejó mirando desde afuera, con la boca seca y el corazón acelerado.
Llegué antes que Daniela y una chica me ofreció copa en la barra. No sabía que esa noche acabaríamos las tres en una cama, haciendo cosas que ninguna tenía en mente.
Carmen y yo teníamos todo listo cuando Sofía llegó al estudio. Era tan guapa que no pude dejar de mirarla. Nadie nos había dicho lo que encontraríamos bajo su lencería.
Adrián me miraba fijo mientras trabajaba sin camiseta. Cuando vi el bulto en su pantalón, entendí que aquella tarde iba a ser muy diferente.
Sofía tenía una fama que ninguno de los dos se había atrevido a comprobar. Ese martes en la playa fue diferente: llegaron a la casa al atardecer y entendieron todo.
La primera noche que salí sin ella me reencontré con Lucía, mi ex de siempre. Y ella conocía a todas las amigas correctas.
Éramos un matrimonio acostumbrado a compartirlo todo. Cuando Marcos llegó de gira con esa sonrisa de siempre, entendimos que la cena iba a esperar.
Desde que empezamos a beber juntos, noté cómo me devoraban con los ojos. No era curiosidad: era hambre. Decidí darles lo que querían sin dejar que me tocaran.
Cuando volvió del baño sin ropa interior puesta, supe que esa noche íbamos a cruzar una línea que ninguno de los dos querría borrar.
Un video de unos segundos fue suficiente para que me temblaran las rodillas. Desde entonces, ensayo cada detalle en mi mente: la habitación, él, y lo que viene después.
Llevábamos horas estudiando cuando el frío se hizo insoportable. Sofía me invitó a su cama para calentarnos. Ninguna esperaba lo que vino después.
Abrí la carpeta por error. Lo que encontré dentro me dejó paralizado frente a la pantalla: Elena, dos hombres y una escena que no debería haber visto.
Cuando escuché abrirse la puerta supe que era mi hijo. Ya era tarde para detener lo que estaba pasando, y tampoco quise hacerlo.