El vecino con el que crecí volvió a mi vida
Crecimos compartiendo secretos bajo las estrellas. La noche que su padre se fue de turno, descubrí que el niño con el que jugaba se había convertido en otra cosa.
Crecimos compartiendo secretos bajo las estrellas. La noche que su padre se fue de turno, descubrí que el niño con el que jugaba se había convertido en otra cosa.
Me agaché tras la rendija de la ventana, convencido de que nadie me veía. Hasta que ella giró la cabeza y clavó los ojos justo donde yo estaba escondido.
Me gusta estar sin ropa en casa, pero esa tarde dejé las cortinas abiertas a propósito: sabía que alguien podía verme desde enfrente, y eso era justo lo que buscaba.
Pensé que estaban todos dormidos, pero al final del pasillo a oscuras había una escena que me clavó al piso y de la que no pude apartar la vista.
«Esta noche cumplís tu promesa», decía el mensaje. Bajé duchado y temblando, sabiendo que entre Brisa y Mateo iban a llevarme más allá de cualquier límite que hubiera imaginado.
Llevaba toda la noche fantaseando con ella. Cuando sonó el timbre a la mañana siguiente, ya tenía cada paso del plan grabado en la cabeza.
Llevábamos meses compartiendo cafés y confidencias. Esa tarde, con la taza todavía caliente entre las manos, ella me preguntó algo que ninguna amiga se atreve a preguntar.
Tres semanas mirando antes de entender que ella también miraba. Esa noche giró la cabeza, sonrió al cristal, y supe que llevaba meses esperándome.
Cada tarde nos escondíamos detrás de la buganvilia para verla bailar con él. Esa siesta mi amigo no vino, y lo que pasó del otro lado del vidrio lo terminé grabando con el celular.
Apoyé la cabeza en su hombro como siempre, pero esa noche su mano se quedó en mi cintura. Y ninguno de los dos la retiró.
Guardé la prueba donde la encontré, me lavé las manos y bajé a la cocina como si no supiera nada. Esa noche empezó el juego más sucio de nuestro matrimonio.
Desde la ventana de su despacho lo veía sudar sobre la bicicleta, sin saber que aquel juego de miradas terminaría con ella llamando a su puerta.
Abrí las cortinas a las dos de la tarde con el pelo todavía mojado y pensé que nadie en mi pueblo se atrevería a mirar hacia mi ventana al mediodía.
El último mensaje de Saúl había llegado siete días antes: «A las seis, no faltes». Y a las seis en punto subí, con el pulso en la garganta y el cuerpo decidido antes que la cabeza.
Esa tarde no quería hablar del clima. Quería contarme algo que había pasado hacía ocho años, en la casona vieja de su amiga Camila.
Lo confirmó él mismo en el patio, sin levantar la voz. Esa misma noche, ella me lo contó todo en la cama. Pero lo que pasó después no estaba en mis planes.
Cuando él se baja el bóxer frente a la computadora, yo dejo la esponja en el agua. Mi marido y mi hijo duermen. La ventana de enfrente queda abierta.
Crecí entre rezos y prohibiciones, convencida de que el placer era pecado. Hasta que la mujer de al lado se sentó a mi lado en el colectivo y todo empezó a cambiar.
Bajé al estacionamiento dispuesta a llorar sola, pero la mano que golpeó el vidrio del coche aquella noche no traía consuelo: traía una propuesta que no supe rechazar.
Cuatro años subiendo al ático de Adrián los jueves por la tarde. Cuatro años de partidas y porros. Hasta esa tarde en que mencionó el vestido rojo de mi madre.