Me hizo callar en su consultorio con la sala llena
Cerré la puerta, lo besé sin permiso y entendí que esta vez no me iba a ir hasta conseguir exactamente lo que había venido a buscar, con toda la sala escuchando.
Cerré la puerta, lo besé sin permiso y entendí que esta vez no me iba a ir hasta conseguir exactamente lo que había venido a buscar, con toda la sala escuchando.
Yo era el trofeo de un hombre de sesenta y cinco años. Esa noche, su sobrino me miró como si supiera exactamente lo que yo era, y no se equivocaba.
Subí a tomar aire porque no aguantaba el calor. Escuché sus pasos en la escalera y supe, antes de voltearme, que esa noche no iba a poder dormir.
Creí que esa noche él marcaría el ritmo, como siempre. No imaginaba que terminaría siendo yo quien decidiera cuándo, cómo y cuánto.
Abrí los ojos y supe que se había ido. Quedaban las marcas en las sábanas, su olor en el aire y una necesidad que solo mis propias manos podían calmar.
Eran las seis y cuarenta. Ella miró su reloj, me pidió que me detuviera junto al callejón y, antes de que pudiera preguntar nada, ya me estaba besando.
Aquella noche no llevaba condón en el bolso ni intención de pedirle que se pusiera uno. Solo quería sentir hasta dónde éramos capaces de llegar.
Tenía treinta y cuatro años, una esposa preciosa y unas manos que no debían tocarme. Yo tenía un novio, un embarazo de un mes y una rabia que no sabía dónde meter.
Habían pasado meses sin saber de ella. Bastó cruzármela una tarde en la cafetería del parque para que todo el deseo que creía dormido volviera de golpe.
Llevaba meses cuidándole las espaldas entre la peor jauría del penal. El día que me contó quién era en realidad la mujer de sus visitas, todo cambió.
Siempre soñó con transformarse en una de esas guerreras de falda corta. Esa noche de carnaval, contra la pared y con la música retumbando, empezó a sentirse exactamente así.
Aprendí a sostener bisturíes sin temblar y a no sentir nada frente a la muerte. Entonces apareció ella, con esos ojos imposibles, y mi pulso firme se volvió un desastre.
Llevaba media vida estudiando cómo se movía sobre la pista. Lo que nunca imaginé fue terminar a solas con ella en los vestidores, sin caretas ni defensas.
Me ataron desnuda sobre una mesa y me retaron a una prueba de tiro imposible. No sabía que mi salvación llegaría de la mano de la cazadora más fría del campamento.
Llevaba años ganando sin sentir nada. Hasta que la chica de las gradas creció, volvió convertida en su rival y se plantó frente a su puerta.
Bajó las escaleras convencida de que nadie sabía nada. El hombre del playón la esperaba con una sonrisa torcida y una foto que lo cambiaba todo.
Bianca montaba en bici conmigo cada sábado y me provocaba en cada parada. Lo que ninguno confesó es que mi mujer ya conocía el juego desde el principio.
A las doce y media sonaba el timbre dos veces. Ella ya lo esperaba sin ropa interior bajo el vestido, contando los minutos que le quedaban antes de volver a ser la esposa perfecta.
Cuando abrí la puerta solo con el pantalón puesto, Marlene ya sabía que Leila estaba dentro. Lo que no imaginé fue que mi secretaria se quedaría a participar.
Cerró el estanco antes de hora, se subió a mi moto y me abrazó por la cintura. Los dos estábamos casados, y los dos sabíamos que aquel paseo no iba a terminar en el mirador.