Mi confesión: nunca pedí perdón por desear así
Hay quien colecciona sellos o recuerdos de viajes. Yo colecciono noches, bocas y manos que ya olvidé, y todavía no entiendo por qué eso debería avergonzarme.
Hay quien colecciona sellos o recuerdos de viajes. Yo colecciono noches, bocas y manos que ya olvidé, y todavía no entiendo por qué eso debería avergonzarme.
Salí a hacerme un café con una bata de satín y nada debajo. Él estaba en el sofá, fingiendo leer, y los dos sabíamos que esa mañana iba a pasar algo.
Una llamada por puro aburrimiento, una comida que tardamos horas en tener y su mano subiendo por mi muslo en el sofá de su despacho. Hacía meses que no lo veía.
Habían tardado semanas en coincidir. Cuando por fin cerraron la puerta del coche, el ruido del parking se apagó y ya no hubo excusas para seguir fingiendo que solo eran amigos.
Cada vez que entraba al taller, él levantaba la vista antes de oír la puerta. Aquella tarde, con la persiana a medio bajar, dejé de fingir.
Mi mujer le había prestado un juguete con una sola condición. Cuando bajé a la sala, Lorena ya me esperaba desnuda y con prisa: «No hay tiempo que perder».
Subida al banquito acomodando los platos, sentí su mirada recorriéndome las piernas. «Es un panorama exquisito», dijo sin pizca de vergüenza. Y yo no bajé.
Lo nuestro vivía en la penumbra, escondido de todos. Tardé once meses en entender que para él yo nunca había sido más que un juego entre amigos.
Sabía que estaba sola en la finca con él. Me vestí para que no pudiera mirar hacia otro lado, y crucé el jardín dispuesta a conseguir lo que quería.
Empecé desabrochándome un botón solo para ver su reacción. Nunca imaginé que esa misma noche terminaría en la habitación de invitados.
Bajé en bata a preparar el desayuno y los encontré tomando café. No imaginé que esa mañana mi marido iba a confesarme lo que de verdad quería de mí.
Llevaba semanas húmeda solo de imaginarlo. Cuando él me dijo «si quieres experimentar, adelante», marqué el número antes de arrepentirme.
Frente al espejo del dormitorio descubrió que su cuerpo todavía sabía pedir. Lo que no esperaba era que alguien estuviera dispuesto a escucharlo esa misma noche.
Tu último mensaje seguía encendido en la pantalla cuando entré a la ducha. No aguanté ni el primer minuto de agua caliente sin pensar en tus manos.
Son las once, vuelvo a estar sola y tu último mensaje sigue brillando en la pantalla. Apago la luz, y entonces mi mente —y mis manos— deciden por mí.
Pasó un mes sin saber nada de él. Cuando por fin escribió, supe que esa noche le iba a dar algo que nunca me había atrevido a dar.
Bastó una frase inocente de Lucía en la terraza para que todas las miradas cayeran sobre nosotros, y la mano de Marina encontró la mía bajo la mesa.
Hacía once meses que mi esposo no me tocaba. Esa noche, a solas con su mejor amigo y una lata de pintura, descubrí cuánto me había estado conteniendo.
Cada vez que nos quedábamos solos me rozaba como sin querer. Esa noche en la cabaña supe que ya no quería frenarlo, y caminé descalza hasta el bosque.
No era ni el día ni la hora en que solía venir a buscar a mi marido. Y mi marido no estaba en casa. Yo tampoco sabía todavía lo que iba a pasar esa tarde.