Mi amiga Camila volvió con el pelo teñido de rojo
Llevábamos tres meses sin vernos a solas. Cuando entró al departamento, traía el pelo de un rojo intenso y esa sonrisa torcida que nunca pedía permiso.
Llevábamos tres meses sin vernos a solas. Cuando entró al departamento, traía el pelo de un rojo intenso y esa sonrisa torcida que nunca pedía permiso.
Esa noche fingí que me iba con amigos. Volví a escondidas, me encerré en mi cuarto y encendí el monitor. Solo entonces empezó el verdadero espectáculo.
Llegué a su casa pensando en una peli y dos cervezas. A las cuatro horas estaba desnuda en su sofá, descubriendo que las habladurías del pasillo no eran habladurías.
El agua hervía y el vapor llenaba la mampara. Marina me embadurnó el pezón con espuma y sonrió, y yo entendí que aquella ducha no iba a ser como las anteriores.
El timbre sonó justo después del baño y la tarde a solas se me fue al diablo. Renata estaba en la puerta con dos amigas y una sonrisa que no admitía un no.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y los gemidos al otro lado de la puerta entreabierta me clavaron al piso.
Cuando ella se inclinó para despedirse en la puerta, su boca buscó la mía y todo lo que había enterrado durante años volvió a despertar de golpe.
Cuando Aitana entró en la cafetería con esa camiseta ajustada, supe que no íbamos a hablar solo de pasos de baile. Tampoco íbamos a tomar café.
Llevábamos nueve meses sin vernos. Cuando Renata abrió la puerta y me abrazó, sentí algo distinto contra mi pecho que no entendí hasta esa tarde.
Bajé al pasillo sin hacer ruido. Los susurros venían de la cocina y no eran de quien yo esperaba. Lo que vi después no lo conté nunca.
Mateo nunca pensó que un shot de tequila sobre el escote de su amiga terminaría sacándole la verdad que llevaba años escondiendo incluso de sí mismo.
Le dije que nunca había besado a nadie. Mi mejor amiga sonrió, me apartó un mechón del flequillo y me ofreció enseñarme aquella misma noche.
Cuando su mano se posó sobre mi muslo y me preguntó si alguna vez había estado con otra chica, supe que esa siesta de verano no terminaría como las otras.
Cuando salí de la piscina sin calzoncillos, mi pareja sonrió como si lo tuviera todo previsto. La verdad es que la noche apenas empezaba y ninguno sabía hasta dónde llegaríamos.
Pensaba que solo me estaba siguiendo el juego, hasta que me llevó a su departamento sin pedir permiso y entendí que la noche no terminaría con una copa.
Lanzamos la moneda como tantas otras veces, pero esa tarde, con ellos espiándonos desde la cresta de la duna, cada cara o cruz subía la apuesta un poco más.
Pensé que era una broma cuando me lo dijo entre cucharada y cucharada. Pero al día siguiente ya estaba llamando a Lorena para proponerle un viaje distinto al habitual.
Rompí el vestido, tiré un zapato y me restregué los muslos hasta dejarlos rojos. Cuando lo llamé llorando desde la cabina, supe que vendría sin pensarlo.
Tenía casi el doble de su edad y vino solo para una clase de Excel. Lo que pasó después en mi sillón fue mi culpa, sí, y volvería a hacerlo sin pensarlo.
A los veinte yo ya lo sabía todo; ella, en cambio, todavía se sonrojaba con un beso. Hasta que su primer 14 de febrero la convirtió en otra mujer.