Lo que confesé al volver de Shenzhen
Despachó a la chica que se ofreció a ayudarlo sin mirarla dos veces. Una hora después descubrió que era ella quien decidía si su carrera seguía viva o no.
Despachó a la chica que se ofreció a ayudarlo sin mirarla dos veces. Una hora después descubrió que era ella quien decidía si su carrera seguía viva o no.
Siempre había reprimido ese deseo. Pero esa tarde, frente al espejo y con el maquillaje puesto, dejé de pelear contra la mujer que quería ser.
Sabía exactamente lo que quería esa noche: un hombre que la mirara como suya y no le diera tregua. Solo tenía que cruzar la puerta de aquella habitación.
El vibrador todavía zumbaba dentro de mí cuando su nombre apareció en la pantalla. Podíamos salir a dar una vuelta, sí, o podía subir y terminar lo que yo había empezado sola.
Salió de la ducha con la toalla a la cintura, como cada tarde. Pero esa mirada de su vecino no era la de siempre, y lo supo antes de que abriera la boca.
La camisa seguía tirada en el rincón, justo donde la había dejado. Cuando Iván cruzó la puerta supo, por la forma en que su amo lo miraba, que esta vez no se iba a librar tan fácil.
Salí de aquella reunión con la sangre hirviendo. Esa noche no quería jugar suave: quería destruir a los dos chicos que me esperaban de rodillas en el colchón.
Cuando empujé la puerta, esperaba encontrarlo a él solo, como siempre. En su lugar, había otro tipo desnudo en el sillón, cerveza en mano y una sonrisa de bienvenida.
Marcos me pidió que estuviera preciosa para cuando volviera a casa. Mientras Carla me peinaba, recordé todo lo que hice para ser suya, y lo que aún estaba dispuesta a entregar.
Cuando Bruno vio a Karim con su túnica blanca y los bordados dorados, se le quedó la boca abierta. Adrián sonrió: sabía que esa tarde nadie se iba a comportar.
Andrés creía que iban de vacaciones por carretera. Lo que no sabía era que el taxi los llevaba directo al puerto, a una fila de gente esperando para abordar.
Llegué a las nueve, con la mochila al hombro y los nervios en la garganta. La casa estaba arriba del cerro, y nadie sabía que yo subía hasta allá esa noche.
El herrero había salido a ver al conde. Solo necesitábamos unos minutos detrás de la leñera para olvidar que el mundo entero condenaba lo nuestro.
Me quité los tacones para cruzar el patio sin hacer ruido, y al llegar a la esquina mi corazón latía tan fuerte que pensé que él lo escucharía antes de verme.
Le tendió un maillot nuevo, idéntico al suyo, y le dijo que solo tenía que dejarse hacer. Cruzar esa puerta cambiaría para siempre lo que creía desear.
Mi madre quería tranquilidad; yo solo quería que algo pasara. Y aquella tarde, entre las rocas, cuatro miradas se clavaron en mí y supe que el verano no iba a ser tranquilo.
Cuando mi tía Mercedes se ofreció a ayudarme a vestirme antes de la ceremonia, no imaginé que terminaría desnuda en la cama de invitados a media mañana.
Cuando crucé la cortina con el cartel de «solo machos» no imaginaba que iba a terminar sujetando una polla mientras a su dueño se lo follaban delante.
Me puse la falda roja, los tacones y salí a bailar entre miradas incómodas. No buscaba a nadie. Pero él cruzó la pista con paso seguro y me tendió la mano.
A las nueve se inyectaba la hormona; a las diez entregaba los apuntes y el resto de su cuerpo en el asiento trasero. Era el trato, y lo cumplía sin temblar.