El regalo que les hice a los gemelos en la cala
Solo quería tomar el sol desnuda en una cala tranquila. No conté con los gemelos, sus amigos y un balón que el viento traía una y otra vez hacia mí.
Solo quería tomar el sol desnuda en una cala tranquila. No conté con los gemelos, sus amigos y un balón que el viento traía una y otra vez hacia mí.
Nunca pensé que un mensaje a deshoras terminaría con los cuatro desnudos junto a la piscina, repartiéndonos el placer sin más reglas que el deseo.
Llevábamos meses hablándolo y nunca nos atrevíamos. Hasta que una pareja nos invitó al spa liberal una tarde de mayo, y Sofía cruzó esa puerta antes que yo.
Llevaba años ocultando mi otra vida. Esa tarde subí al auto sin saber que mi cliente más generoso había preparado algo que me marcaría para siempre.
Esa tarde de verano caminaba por San Telmo buscando algo que no admitía en voz alta. El locutorio de la esquina, con sus cabinas privadas, era el lugar exacto para encontrarlo.
Crucé el salón con el corazón desbocado, me arrodillé junto a ella y supe que después de esa noche mi madre dejaría de mirarme como a la pequeña de la casa.
Pasaba horas en secreto leyendo sobre feminización forzada. Una tarde mi esposa volvió antes de lo habitual, vio la pantalla y entendió todo lo que yo no me atrevía a confesar.
Quería contarle mis penas y tomar algo. No esperaba encontrarlo con dos amigos, ni que el despecho me empujara a hacer todo lo que esa noche terminé haciendo.
Llevaba toda la semana cuerda y prudente. Bastó una botella de cava en aquella terraza para que dejara de serlo, justo cuando sonó el timbre por segunda vez.
Cuatro hombres, dos agujeros en la pared y una sola regla: yo no debía saber quién era quién. Solo sus vergas iban a delatarlos.
Bruno llegó al almacén con ganas de aprenderlo todo. Lo que ninguno imaginaba era que, dos meses después, su pareja y la mía acabarían en la misma cama redonda.
Cuando colgué el teléfono ya estaba decidido. Esa tarde no quería uno ni dos: los quería a todos en mi casa, al mismo tiempo y sin contemplaciones.
Bajo el agua caliente, la mujer más fría del banco descubrió que su orgullo podía romperse en pedazos. Y que disfrutaba cada uno de ellos.
Se reía de ellos, desnuda y triunfante, convencida de que los había usado. No vio el odio crecer en sus miradas hasta que fue demasiado tarde.
Llevaba semanas pasando frente a ellos fingiendo miedo. Esa tarde me quité el sostén detrás de un arbusto y decidí dejar que esos seis hombres hicieran conmigo lo que quisieran.
Tenía veinticinco años, ocho meses sin tocar a nadie y una idea prestada por una amiga: ir sola al cine porno y sentarme lo más cerca posible de quien se atreviera primero.
Solo había una cosa que tenían prohibido hacerme, y era justo la única que yo deseaba mientras me usaban durante un mes entero.
Quería un chico que aguantara todo sin freno, así que abrí una página de escorts y el primero que respondió tenía cara de niño bueno.
Me dijo que esa tarde solo estarían cinco hombres de la oficina y que necesitaban una dama que les hiciera compañía. Acepté antes de pensarlo dos veces.
Bajamos de la fiesta a las cuatro de la mañana creyendo que la noche había terminado. En realidad, en esa casa enorme apenas estaba por empezar.