Nuestra primera noche de intercambio con otra pareja
Llevábamos meses fantaseando con dar el paso. Esa noche, en el salón de unos desconocidos, mi mujer me miró antes de cruzar el punto sin retorno.
Llevábamos meses fantaseando con dar el paso. Esa noche, en el salón de unos desconocidos, mi mujer me miró antes de cruzar el punto sin retorno.
Llegamos al club pasada la medianoche sin saber muy bien qué buscábamos. Lo supimos cuando Mara salió del agua, nos miró a los dos y sonrió como si ya nos conociera.
La regla era simple: solo mirar, quedarnos en ropa interior y nada más. Duró exactamente hasta que ella puso mi mano sobre su pecho y me pidió que apretara.
Lucía nunca tuvo su despedida de vacaciones, y bastó una mirada al auxiliar de vuelo para que decidiera cobrársela antes de aterrizar de vuelta a casa.
Hugo nos enseñó un vídeo donde nadie sabía quién tocaba a quién. Dijo que era para vencer los celos. No sabía que el sorteo me pondría a mirar lo que más temía.
Vagábamos disfrazados de monjes cuando el bosque nos escupió frente a una posada de carnes generosas y vino sin fondo; lo que pasó dentro no cabe en penitencia.
Marina aceptó la invitación sabiendo a lo que se exponía. Lo que no imaginaba era que un simple masaje con crema solar terminaría rompiendo todas sus reglas.
Su marido solo tenía ojos para el escote de la otra. Marina y yo nos miramos desde el otro extremo del salón y, sin decir nada, ya nos lo habíamos dicho todo.
Estábamos solas en la arena, desnudas y excitadas, cuando descubrí que dos jóvenes nos espiaban desde las rocas. Romina solo me preguntó si quería seguir.
Le pedí que no llevara nada debajo del vestido verde. No imaginaba que esa travesura nos abriría la puerta a la pareja de la mesa de al lado.
Dejé las cortinas abiertas a propósito y fingí no verlo. Él, parado en su azotea, no perdía un solo detalle de mi cuerpo desnudo.
Esa mañana abrí las cortinas con la idea de mirar a las mucamas. No imaginé que sería una desconocida en la ventana de enfrente la que no me quitaría los ojos de encima.
Soy la hotwife de Tomás y él adora verme brillar. Entre murallas coloniales y salsa, un socio extranjero entró en nuestro juego, y yo me dejé llevar.
Publiqué un anuncio buscando a dos caballeros discretos. Cuando abrí la puerta de la suite y los vi a los dos esperándome, supe que aquella noche no habría límites.
Detrás de cada uno de los tres agujeros podía haber cualquiera. Yo no veía nada. Solo sentía manos, bocas y una mirada conocida observándome desde el otro lado.
Cuando ella abrió la puerta y me vio parado al lado de su marido, supe que ya no había vuelta atrás. Yo iba a pagar la cuenta de esa sorpresa.
Sabía que un hombre me seguía por la planta vacía del centro comercial. En vez de huir, entré al probador más alejado y dejé la puerta entreabierta.
Eligió la falda más corta y salió sin ropa interior. A esa hora el desconocido del andén siempre estaba ahí, y esta vez ella no pensaba apartarse.
Bailamos toda la noche sin saber que, detrás de las rocas, alguien había estado observándonos desde el primer beso. Y esa certeza, en vez de asustarme, me encendió.
Salió del agua despacio, sabiendo que la tela transparente ya no escondía nada, y se escurrió el pelo de frente a nosotros como si tuviera todo el tiempo del mundo.