Me dejé ver desnudo desde la ventana del hotel
Esa mañana abrí las cortinas con la idea de mirar a las mucamas. No imaginé que sería una desconocida en la ventana de enfrente la que no me quitaría los ojos de encima.
Esa mañana abrí las cortinas con la idea de mirar a las mucamas. No imaginé que sería una desconocida en la ventana de enfrente la que no me quitaría los ojos de encima.
Soy la hotwife de Tomás y él adora verme brillar. Entre murallas coloniales y salsa, un socio extranjero entró en nuestro juego, y yo me dejé llevar.
Publiqué un anuncio buscando a dos caballeros discretos. Cuando abrí la puerta de la suite y los vi a los dos esperándome, supe que aquella noche no habría límites.
Detrás de cada uno de los tres agujeros podía haber cualquiera. Yo no veía nada. Solo sentía manos, bocas y una mirada conocida observándome desde el otro lado.
Cuando ella abrió la puerta y me vio parado al lado de su marido, supe que ya no había vuelta atrás. Yo iba a pagar la cuenta de esa sorpresa.
Sabía que un hombre me seguía por la planta vacía del centro comercial. En vez de huir, entré al probador más alejado y dejé la puerta entreabierta.
Eligió la falda más corta y salió sin ropa interior. A esa hora el desconocido del andén siempre estaba ahí, y esta vez ella no pensaba apartarse.
Bailamos toda la noche sin saber que, detrás de las rocas, alguien había estado observándonos desde el primer beso. Y esa certeza, en vez de asustarme, me encendió.
Salió del agua despacio, sabiendo que la tela transparente ya no escondía nada, y se escurrió el pelo de frente a nosotros como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando me pidió la llave del coche para «ponerse más guapa», supe que esa noche no íbamos a volver solos al hotel.
Volví al reencuentro por un beso pendiente de la secundaria. No imaginé que esa noche, con la botella girando, terminaríamos siendo tres en la misma cama.
Mi mujer entró al círculo con una sonrisa que yo conocía bien: la de quien está a punto de convertirse en el centro de todas las miradas.
Apagué las luces del jardín con un botón y, cuando el agua caliente quedó como único testigo, desaté el lazo de su bikini delante de la otra pareja.
Cuando seguí el sonido de su música hasta el viejo clóset de mi oficina, no esperaba encontrar rendijas que apuntaban justo al vestuario donde ella se desnudaba.
Tres días en la playa, cinco amigas y un celular que nunca se apagó. Yo creía estar entre risas inocentes; otros lo veían como un espectáculo.
Llevaba minifalda, medias negras y unas gafas de sol que me impedían saber cuándo me estaba pillando. Hasta que dejó de disimular y empezó a jugar conmigo.
Eran las once de la mañana y la cala estaba vacía, salvo por un chico que fingía no mirarme. Mi marido nadaba y yo notaba sus ojos clavados en cada centímetro de mi piel.
Llegó al aparcamiento sin saber qué esperar; cinco minutos después, un Clio gris frenó pegado al suyo y desde el cristal lo miraba una mujer que no había visto en su vida.
Cuando vi a esa mujer cruzar la calle, con la blusa a punto de estallar, supe que mi noche de tedio había terminado. No imaginé acabar agachada tras un árbol.
La carpeta cayó al suelo a propósito, y yo decidí seguirles el juego. Me agaché despacio frente a esos dos viejos, con el parque entero como escenario.