La fantasía con otra mujer que nunca me animé a cumplir
Me imagino una mujer parecida a mí: misma piel suave, misma boca. Nos acariciamos despacio hasta que ya no hay vuelta atrás y por fin cumplo lo que tantas noches soñé sola.
Me imagino una mujer parecida a mí: misma piel suave, misma boca. Nos acariciamos despacio hasta que ya no hay vuelta atrás y por fin cumplo lo que tantas noches soñé sola.
Ayer me acosté con mi exmujer, y fue de lejos lo más sensato que hice en toda la semana. Lo que pasó los otros cuatro días no debería contarlo, pero aquí estoy.
Conduje hacia el barranco decidido a terminar con todo. Lo que encontré en el agua helada de la laguna me devolvió las ganas de vivir, y algo que jamás imaginé.
Llevaba una semana contando las horas. El sábado por fin llegó, dejé a mi mujer en el aeropuerto y conduje directo hacia el piso de su hermana.
Llevaba semanas masturbándome cada noche imaginando lo que ella vivía en carne propia. Hasta que un jueves me planté frente al espejo y decidí dejar de imaginarlo.
Hay una noche que nunca aparece en mis recuerdos compartidos. La guardé bajo llave durante años. Hoy, por fin, me atrevo a contarla tal como ocurrió.
Tres hombres, una sola mujer en el centro de la cama y una regla que todos respetaban. Esa noche Noelia descubrió algo que la unió a uno de ellos para siempre.
Acepté la nota pensando que era un trabajo más. No sabía que ese hombre del calendario iba a meterse bajo mi piel hasta volverse imposible de olvidar.
Cuando mi marido se levantó al baño, supe que el de la mesa de al lado se acercaría. Todavía no le había dicho que tenía miedo de volver a algo así.
Carla nunca quiso compartirme con nadie. Hasta que su hermana se metió en la cama de al lado y la excitación pudo más que cualquier promesa.
Una llamada por puro aburrimiento, una comida que tardamos horas en tener y su mano subiendo por mi muslo en el sofá de su despacho. Hacía meses que no lo veía.
Llevaba años tocándome con la misma fantasía, y aquella tarde de festival, perdida y empapada de sudor, supe que tenía delante la única ocasión de cumplirla.
Dejé mi país, vendí mis muebles y compré un pasaje sin retorno. Lo único que sabía con certeza era que Helena estaría esperándome del otro lado del vidrio en Amberes.
Habían pasado meses sin saber de ella. Bastó cruzármela una tarde en la cafetería del parque para que todo el deseo que creía dormido volviera de golpe.
A las tres de la madrugada, Damián seguía hundido en mi sofá con la camisa empapada de sudor y la respiración pesada. Y yo ya no pensaba en otra cosa.
Cuando tocaron el timbre yo estaba en tanga frente al monitor, con dos dedos dentro, y la deuda del alquiler creciendo. Abrí sin pensar.
Coincidimos en el ascensor por casualidad. Llevaba cajas y yo tenía las manos libres. Acepté ayudarla sin saber que esa bodega cerraría con los dos adentro.
La primera vez quedó traumada y juró nunca más. Pero esa noche de junio, ella misma me preguntó si todavía conservaba el número de mi viejo amigo.
Llevaba la tanga azul debajo del pantalón, lista para otro. Cuando el tipo del autobús me miró con esa media sonrisa, entendí que esa tarde tenía otro destino.
El papel decía solo un número de celular. Lo que encontré al llegar a casa de mis suegros ese martes borró para siempre mi idea de quién era.