Confieso lo que pasó con Damián en pleno carnaval
A las tres de la madrugada, Damián seguía hundido en mi sofá con la camisa empapada de sudor y la respiración pesada. Y yo ya no pensaba en otra cosa.
A las tres de la madrugada, Damián seguía hundido en mi sofá con la camisa empapada de sudor y la respiración pesada. Y yo ya no pensaba en otra cosa.
Cuando tocaron el timbre yo estaba en tanga frente al monitor, con dos dedos dentro, y la deuda del alquiler creciendo. Abrí sin pensar.
Coincidimos en el ascensor por casualidad. Llevaba cajas y yo tenía las manos libres. Acepté ayudarla sin saber que esa bodega cerraría con los dos adentro.
La primera vez quedó traumada y juró nunca más. Pero esa noche de junio, ella misma me preguntó si todavía conservaba el número de mi viejo amigo.
Llevaba la tanga azul debajo del pantalón, lista para otro. Cuando el tipo del autobús me miró con esa media sonrisa, entendí que esa tarde tenía otro destino.
El papel decía solo un número de celular. Lo que encontré al llegar a casa de mis suegros ese martes borró para siempre mi idea de quién era.
Era grande, calloso, de manos que hacían el trabajo pesado sin quejarse nunca. No era el hombre que yo habría imaginado. Pero aquella tarde de nieve, algo se rompió.
Bajé al baño con los tacones en la mano y sin entender todavía lo que sería un día entero saliendo como Luna del brazo de Bruno por aquel pueblo.
Ella entró sin avisar mientras yo estaba de rodillas frente a Damián. Lo que dijo después no fue lo que yo esperaba, ni mucho menos lo que mi matrimonio podía soportar.
Cuando acabé de contarle lo de Malik, Vero se mordió el labio y me dijo que le daba envidia. Para esa madrugada ya tenía un plan.
La vi besarse con otro tres meses después de dejarme. Esa madrugada entré en un local que no había pisado nunca, y empezó algo que no he contado a casi nadie.
Bajé al restaurante con la lencería roja bien guardada bajo el vestido y una decisión: si esa noche él no llegaba a verla, lo nuestro no salía de la pantalla.
Mi hija pasaba la noche fuera, Mateo llegó con cervezas y un bañador. A las ocho de la mañana, él ya tenía planes que yo todavía no conocía.
Cuando él cerró la puerta y se acercó con el frasco de aceite tibio en la mano, supe que esa cita no se parecería a ninguna otra que hubiera tenido antes.
Lo vi entrar de espaldas y supe que era él antes de que se girara. Diez años después, y todavía sentía ese mismo calor en el estómago.
Llevábamos cinco años compartiendo despacho. Esa noche, con la tercera copa de vino, Andrés dejó escapar una frase que lo cambió todo entre nosotros.
Me puse la falda más corta que tenía, entré sola al gym y esperé. No tardé mucho en notar que todos los ojos del lugar estaban clavados en mí.
Cuando vi su nombre en la pantalla, el estómago se me apretó. Dos semanas recordando su boca y sus manos, y ahí estaba de nuevo, como si nada.
Ella lo notó antes que yo. Me tomó la mano en la pista y me miró como si supiera exactamente lo que yo seguía sin admitirme.
Eran dos mochileros, veinte años, sin un duro. Aceptaron el aventón sin preguntar qué pediríamos a cambio. El peaje lo cobramos lejos, donde nadie pudiera vernos.