Lo que Noelia hizo con los amigos de su novio
Tres hombres, una sola mujer en el centro de la cama y una regla que todos respetaban. Esa noche Noelia descubrió algo que la unió a uno de ellos para siempre.
Tres hombres, una sola mujer en el centro de la cama y una regla que todos respetaban. Esa noche Noelia descubrió algo que la unió a uno de ellos para siempre.
Acepté la nota pensando que era un trabajo más. No sabía que ese hombre del calendario iba a meterse bajo mi piel hasta volverse imposible de olvidar.
Cuando mi marido se levantó al baño, supe que el de la mesa de al lado se acercaría. Todavía no le había dicho que tenía miedo de volver a algo así.
Carla nunca quiso compartirme con nadie. Hasta que su hermana se metió en la cama de al lado y la excitación pudo más que cualquier promesa.
Una llamada por puro aburrimiento, una comida que tardamos horas en tener y su mano subiendo por mi muslo en el sofá de su despacho. Hacía meses que no lo veía.
Llevaba años tocándome con la misma fantasía, y aquella tarde de festival, perdida y empapada de sudor, supe que tenía delante la única ocasión de cumplirla.
Dejé mi país, vendí mis muebles y compré un pasaje sin retorno. Lo único que sabía con certeza era que Helena estaría esperándome del otro lado del vidrio en Amberes.
Habían pasado meses sin saber de ella. Bastó cruzármela una tarde en la cafetería del parque para que todo el deseo que creía dormido volviera de golpe.
A las tres de la madrugada, Damián seguía hundido en mi sofá con la camisa empapada de sudor y la respiración pesada. Y yo ya no pensaba en otra cosa.
Cuando tocaron el timbre yo estaba en tanga frente al monitor, con dos dedos dentro, y la deuda del alquiler creciendo. Abrí sin pensar.
Coincidimos en el ascensor por casualidad. Llevaba cajas y yo tenía las manos libres. Acepté ayudarla sin saber que esa bodega cerraría con los dos adentro.
La primera vez quedó traumada y juró nunca más. Pero esa noche de junio, ella misma me preguntó si todavía conservaba el número de mi viejo amigo.
Llevaba la tanga azul debajo del pantalón, lista para otro. Cuando el tipo del autobús me miró con esa media sonrisa, entendí que esa tarde tenía otro destino.
El papel decía solo un número de celular. Lo que encontré al llegar a casa de mis suegros ese martes borró para siempre mi idea de quién era.
Era grande, calloso, de manos que hacían el trabajo pesado sin quejarse nunca. No era el hombre que yo habría imaginado. Pero aquella tarde de nieve, algo se rompió.
Bajé al baño con los tacones en la mano y sin entender todavía lo que sería un día entero saliendo como Luna del brazo de Bruno por aquel pueblo.
Ella entró sin avisar mientras yo estaba de rodillas frente a Damián. Lo que dijo después no fue lo que yo esperaba, ni mucho menos lo que mi matrimonio podía soportar.
Cuando acabé de contarle lo de Malik, Vero se mordió el labio y me dijo que le daba envidia. Para esa madrugada ya tenía un plan.
La vi besarse con otro tres meses después de dejarme. Esa madrugada entré en un local que no había pisado nunca, y empezó algo que no he contado a casi nadie.
Bajé al restaurante con la lencería roja bien guardada bajo el vestido y una decisión: si esa noche él no llegaba a verla, lo nuestro no salía de la pantalla.