Camila me besó después de la tercera copa esa noche
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
Cuando baja a desayunar en camiseta y bragas, me derrito por dentro y sé que este fin de semana en la casa de campo será el último en que pueda callarme.
Tenía las mallas más coloridas que había visto y una sonrisa que me dejó muda. Cuando me dijo que iba a ducharse, las toallas que me dejó eran una invitación.
Llevaba media vida estudiando cómo se movía sobre la pista. Lo que nunca imaginé fue terminar a solas con ella en los vestidores, sin caretas ni defensas.
Apoyada contra la columna, oí los tacones acercarse por el subsuelo vacío. Esa vez supe que no era yo quien iba a poner las reglas del encuentro.
Cuando volvimos de la compra, encontré a mi tía con los ojos brillantes y el pelo revuelto. Algo había pasado en esa casa mientras estábamos fuera, y no fue precisamente limpiar.
Compartíamos cama porque éramos las únicas que cabíamos, hasta que a las dos de la mañana me besó sin avisar y supe que mis padres dormidos no iban a parar nada.
Llevábamos casi tres décadas siendo amigas y casi tres décadas sin decir en voz alta lo que ambas pensábamos cuando nos despedíamos en la puerta.
Tenía cuarenta y siete mensajes suyos cuando volví al juego, y todos terminaban con la misma captura: su avatar sentada en el banco vacío, esperándome a horas distintas.
Carla entró al baño aislado del festival apretando como podía y se quedó hipnotizada con el vello rosa de la desconocida que estaba meando frente a ella.
Cuando escuché sus pasos en la escalera ya estaba desnuda al borde de la cama, sin entender por qué lo había hecho ni qué iba a pasar cuando entrara.
Renata cruzó las piernas sobre el sillón del despacho y, sin que nadie la viera, me dejó claro con una sola mirada que esa tarde ya no íbamos a hablar de expedientes.
Eran las ocho de la mañana, mi novia seguía dormida y yo no podía soltar el móvil. Lo que empezó como un rato sola terminó con las dos empapadas y la sábana al cesto.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y los gemidos al otro lado de la puerta entreabierta me clavaron al piso.
Llevábamos nueve meses sin vernos. Cuando Renata abrió la puerta y me abrazó, sentí algo distinto contra mi pecho que no entendí hasta esa tarde.
Tomás la miraba desde el salón con una calma que no era inocente. Lorena lo sabía. Y en lugar de ignorarlo, siguió cocinando sin apartarse.
Tenía veintitrés años y llevaba tiempo buscando a alguien como Elena. Cuando vi su anuncio, no imaginé que esa noche en el hotel cambiaría lo que entendía por experiencia.
Llevaba apenas una semana descubriendo el placer con otra mujer cuando la sobrina de mi marido llegó a la puerta. No lo pensé. La besé.
Nadia me apretó la mano antes de entrar. Yo pensé: o nos despiden o nos casamos. Salimos con fecha de boda y con ganas urgentes de celebrarlo.
Llevaba un short minúsculo y un top sin sostén cuando sonó el timbre. El viejo del lado solo venía a pedir azúcar. O eso pensé cuando le abrí.