Lo que pasó con mi mejor amigo en la cala nudista
Bajamos las rocas hasta esa cala oculta con dos toallas, seis cervezas y la promesa silenciosa de que esta vez no íbamos a llevar el bañador puesto.
Bajamos las rocas hasta esa cala oculta con dos toallas, seis cervezas y la promesa silenciosa de que esta vez no íbamos a llevar el bañador puesto.
Nos había pillado a las dos juntas hacía apenas unos días. Cuando volví a tocar el timbre de su casa, no imaginaba que su hija ya lo tenía todo planeado para esa noche.
Llevaba meses fingiendo que los hombres ya no me interesaban. Bastó una voz al teléfono y la promesa de un regalo para que cayera otra vez.
Bajé del camión con la cabeza caliente y los pantalones apretados. Sabía a qué iba al baldío, pero no que iba a salir cogido tres veces seguidas.
La campanilla del motel sonó como una advertencia que ninguno de los dos quiso escuchar; afuera tronaba y adentro ya empezábamos a desvestirnos con la mirada.
Toqué el timbre con las manos heladas. No había escuchado su voz en dos años, pero al abrir la puerta supe que esa noche íbamos a terminar algo que dejamos abierto.
Le aullé al desconocido con máscara de lobo en medio de la pista. No imaginé que esa misma noche me llevaría al baño ni que volvería a verlo una semana después.
Llevábamos meses jugando con los límites de nuestra amistad, pero esa tarde, a solas en su cuarto, me preguntó si podía meterla y no supe decir que no.
A las once menos cuarto ya estaba bajando las escaleras de mi piso. Antes de salir miré por la mirilla, por si veía a alguien. El rellano estaba vacío. Mejor así.
Me mudé a una ciudad desconocida y el primer hombre que entró en mi piso fue también el más atractivo. Tenía novia, pero eso no le importó.
Cuando le propuse un trago aquel sábado, no imaginé que al final de la noche los dos habríamos cruzado una línea sin vuelta atrás.
Mi madre abrió la puerta del probador sin avisar. Lo que encontró al otro lado cambió todo entre nosotros, aunque ninguno supo nombrarlo esa tarde.
Mientras ella cruzaba la calle con la comida que le llevaría a mi hermano, yo la veía alejarse sabiendo exactamente lo que tenía planeado. Y lo que no llevaba puesto.
Cuatro años sin tocar a nadie, y mi sobrina decidió que yo, su tío ginecólogo, era el único que podía revisarla.
Vivía dos pisos más arriba y cada vez que la cruzaba en el ascensor pensaba lo mismo: vas a ser mía. Esa tarde, con una rosa en la mano, le pedí que bajara a tomar un café conmigo.
Subió primero por la escalera de la azotea sabiendo que yo iba detrás mirándole las piernas. Para cuando llegamos al tendedero, los dos sabíamos qué iba a pasar.
Cuando vi cómo se entretuvo mirando el bulto del short bajo la luz del pasillo, supe que aquella mañana en casa de mis tíos no terminaría como cualquier otra.
Era jueves, el día de mamá, pero mi hermanastra me arrastró a la ducha antes del desayuno. Las reglas del harem que ellas inventaron empezaban a romperse otra vez.
Pidió que llamara a su sobrina antes que a la ambulancia, y entendí por qué cuando esa mujer cruzó la puerta cargando un maletín y una sonrisa cansada.
Aparecí desnuda en el salón sin avisar. Ellos levantaron la vista del televisor y supieron, antes de que yo dijera nada, que aquella tarde no se iba a parecer a ninguna otra.