Me colé por la ventana de la casa de sus padres
Aparqué a tres calles, trepé hasta el alféizar y entré en la habitación donde dormía con su marido. Solo le puse un dedo en los labios.
Aparqué a tres calles, trepé hasta el alféizar y entré en la habitación donde dormía con su marido. Solo le puse un dedo en los labios.
Cuando entré al bar y la vi al fondo, supe que esa noche no iba a dormir. Tres meses sin sus manos pesaban más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El número no estaba en mi agenda, pero las dos primeras frases me obligaron a leer hasta el final. Lo que vino después cambió todo lo que recordaba del sábado.
Cuando bajó de la moto con ese vestido empapado de lluvia, supe que el lunes ya no iba a parecerse a ningún otro lunes de mi vida.
La conocí entre píxeles y promesas a distancia. Ella nunca supo que cada noche, sola en mi cuarto del hotel frente al mar, me la imaginaba a mi lado.
Mi amigo bebió el último trago, me miró desde el sillón y empezó a contarme por qué había abandonado a su esposa una mañana de junio sin previo aviso.
Cuando Irene entró al salón aún con el maletín en la mano, la chica llevaba dos horas arrodillada en el centro de la alfombra, esperándola sin mover un músculo.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche, borracha en su sillón, mi mejor amiga me dijo que yo era la única que le había agarrado las tetas en meses.
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
Cuando me señaló entre la marea de gente, supe que esa noche iba a romper algo que llevaba años intentando mantener intacto.
Nunca había escrito algo así. Pero esa madrugada, después de soñar con él, le confesé por mensaje cada cosa que su cuerpo le había hecho al mío.
Cuando vi la talla real del hombre que iba a tomar a mi novia esa noche, dejé el móvil en el trípode y aprendí lo que era ser el novio que mira, graba y obedece.
Camila me esperaba sentada al borde de la cama, y yo no sabía dónde poner las manos. Solo sabía que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había enseñado.
Llevaba quince años casada y nunca había mirado a otro hombre. Hasta que Lorenzo le ofreció enseñarle su taller a las siete de la mañana y cerró la puerta con llave.
Abrí la puerta convencida de que era mi marido. Estaba en ropa interior, despeinada y descalza. Cuando vi quién era, supe que no iba a poder cerrarla a tiempo.
Claudia la miraba de esa manera que Sofía ya no podía seguir fingiendo no entender. Esa tarde ninguna de las dos iba a apartar la vista.
Abajo estaban los invitados, el sacerdote y mi recién estrenado marido. Arriba, Isabel cerró la puerta y me miró de una manera que conocía demasiado bien.
Cuando cerró el pestillo y se colocó detrás de mí, supe que aquella revisión de notas no iba a terminar como esperaba.
Cuando la vi cruzar la terraza con esa expresión que conozco de memoria supe que las palabras no iban a ser suficientes. Por suerte llevaba su arma favorita en el bolso.
La recepcionista salió a almorzar y el doctor cerró la puerta del consultorio. Yo había ido por una simple rozadura. Salí por algo completamente distinto.