La esclava del poste engrasado
Desde el umbral de la celda la vi contonearse contra la madera grasienta, los ojos fijos en el reloj. Una hora. Después entraría el hombre de la fusta.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Desde el umbral de la celda la vi contonearse contra la madera grasienta, los ojos fijos en el reloj. Una hora. Después entraría el hombre de la fusta.
—Te lo advierto: todo lo que me hagas, lo vas a sufrir o lo vas a disfrutar tú también. Esa es mi única condición —dijo ella, mirándolo desde arriba.
Ni siquiera leí las cláusulas. Sabía lo que quería: vivir con él, hacer lo que se me antojara con su cuerpo y, cuando muriera, quedarme con todo.
Solo iba a estacionar la camioneta. Pero el teléfono de mi padre se encendió en el asiento, y lo que descubrí cambió la forma en que miraba a mi madrastra.
La regla era simple: no ducharse hasta que ella lo permitiera. Y Lucía obedecía de rodillas, esperando el siguiente castigo como quien espera un regalo.
Subí a la camilla con la bata mal cerrada, creyendo que era una revisión de rutina. No imaginé hasta dónde estaría dispuesta a dejar que llegaran sus manos.
La miraba doblar sábanas con esas calzas claritas y rezaba para que no notara el bulto en mi short. Hasta que un día giró la cabeza y me preguntó por qué la miraba así.
Llamé a su puerta sabiendo que ya no había marcha atrás. Quince años esperando este momento, y por fin me tocaba pagar lo que no me atreví a hacer aquella noche.
Las órdenes fueron claras: nada de móviles, nada de cámaras. Y un contrato que firmé sin leer del todo, porque ya sabía que esa noche dejaría de ser una persona.
Cerré la puerta, lo besé sin permiso y entendí que esta vez no me iba a ir hasta conseguir exactamente lo que había venido a buscar, con toda la sala escuchando.
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Reproduje el video antes de enviarlo y supe que no era suficiente: todavía quedaba orgullo en mi voz, y él lo notaría enseguida.
Brindamos, di el primer sorbo y casi lo escupo. Él sonrió y me dijo al oído que no me iría de ahí hasta vaciar la botella. Su familia estaba a un metro.
Calzaba un 36, los tenía blancos y perfectos, y aquella tarde de sangría decidí que necesitaba metérmelos en la boca aunque fuera delante de todos.
Llevaba diez minutos espiándome los pies desde la parada del bus. Lo que no imaginaba era que pensaba subirlo a mi piso y ponerlo de rodillas antes de que cayera la tarde.
Limpió mi cocina de rodillas, con un uniforme que no cubría nada, mientras yo creía estar al mando. Tardé poco en entender quién mandaba de verdad esa noche.
Carolina chupaba el chorizo recién frito con los ojos cerrados, y Marcos supo en ese instante que esa noche la cena se convertiría en algo muy distinto.
Lo había guardado tanto tiempo que ya formaba parte de mí: ese deseo que solo aparecía cuando estaba demasiado excitada para tenerle vergüenza a nada.
Nunca le había confesado a nadie hasta dónde llegaba cuando me quedaba sola. Esa mañana decidí grabarlo y dejar que un desconocido lo viera todo.
Cada noche despierto empapado en sudor con la misma escena: doña Vilma cerrando la puerta con llave, calzándose los guantes y prometiéndome que esta vez no habría risas.