Mi vecina de litera me prometió que esa noche seguíamos
«Mañana continuamos», me había dicho al oído. Pasé el día entero contando las horas, sin saber si seguiría allí cuando volviera del mar.
«Mañana continuamos», me había dicho al oído. Pasé el día entero contando las horas, sin saber si seguiría allí cuando volviera del mar.
Cada vez que me siento a escribir sé que ella me leerá por encima del hombro, y eso me moja antes de teclear la primera palabra.
Tengo 41 años y aquella madrugada acepté la invitación de una pareja jovencísima a un local de ensayo. Lo que pasó cambió mi idea del deseo.
Llevaba semanas insinuándose entre bromas y caricias hasta que me lo pidió como regalo de cumpleaños. Esa noche dejó de ser virgen en mi cama.
Llevaba meses regalándole chocolates y rosas sin saber qué esperar. Esa tarde, en el taxi de vuelta del trabajo, ella se acercó a mi oído y todo cambió.
Sabía que era bisexual, pero no si yo le gustaba. Esa tarde me puse el short más corto y la camiseta más fina, y dejé que la duda se respondiera sola.
Bajé del barco museo con la cabeza dándome vueltas. Esa misma noche, frente al Pacífico, una mujer que apenas conocía me besó como ningún hombre me había besado nunca.
Salí a despejarme un sábado por la tarde. Cuando levanté la vista del café, ella ya estaba sentada frente a mí, sonriendo como si me conociera de toda la vida.
Llegué al chalet creyendo que era una reunión casual; cuando vi a la chica del bikini rojo abriéndome la verja supe que la tarde iba a ser distinta.
Amaba a mi novia y creía tener mi vida en orden. Hasta que un viaje de trabajo me dejó compartiendo habitación con un compañero que no escondía lo que era.
Salí del baño con la boca corrida y un latido nuevo. Ella, con la huella roja de mi labial en sus labios, no sabía que su novio ya la estaba mirando.
Cuando me tomó la cara con ambas manos y me comió la boca sin pedir permiso, supe que aquella reunión de trabajo nunca había sido una reunión de trabajo.
Llevaba un mes en el pasaje cuando me tocó coordinar el ponche con la casa 207. No pensaba que la mujer que me abrió y su marido fueran a cambiar mi idea del deseo esa misma noche.
Cuando me besó frente al auto, supe que no era el alcohol. Era todo lo que había callado durante diez años saliéndole por fin de la boca.
Mañana se cumplen ocho años desde aquella última noche con él, y todavía me pregunto si fui valiente o solamente egoísta al pedirle eso.
Aún me recuerdo encima de ella en aquella cabina, con sus piercings de plata contra mi lengua y la promesa de un Uber esperándonos abajo.
Sus manos me rozaban los senos cuando me ayudaba con las pesas. Yo fingía no darme cuenta hasta la mañana en que se las apreté yo a ella frente al espejo.
Bajé del baño envuelta solo en una toalla y dejé que se cayera frente a ella. No era la primera vez que me veía desnuda, pero sí la primera vez que importaba.
Llevábamos meses hablando en los turnos vacíos del call center. Esa tarde abrió el porno en su pantalla y me preguntó, mirándome, si así me gustaban.
Entre piedras derruidas y el frío de febrero, Nico me miró distinto. Como si esa noche no fuéramos a volver a ser los mismos amigos de siempre.