La tarde que Renata vino con dos amigas a casa
El timbre sonó justo después del baño y la tarde a solas se me fue al diablo. Renata estaba en la puerta con dos amigas y una sonrisa que no admitía un no.
El timbre sonó justo después del baño y la tarde a solas se me fue al diablo. Renata estaba en la puerta con dos amigas y una sonrisa que no admitía un no.
Hablamos durante semanas sin enviarnos una sola foto, hasta que ella me dijo que quería ser la primera en hacérmelo, en persona, en su cama.
Apretujado en el asiento de atrás, su pierna sudorosa contra la mía, sentí cómo su mano se deslizaba bajo la camiseta mientras mis padres conversaban adelante.
Cuando su mano se posó sobre mi muslo y me preguntó si alguna vez había estado con otra chica, supe que esa siesta de verano no terminaría como las otras.
Caí sobre Nico para inmovilizarlo, pero mi trasero terminó sobre el bulto de Iker y supe enseguida que esa tarde no íbamos a seguir jugando a luchar.
Camila me susurró en el ascensor que no llevaba nada debajo. Cuando Diego abrió la puerta, supe que la tarde se nos iba a ir de las manos.
Tres desconocidos nos miraban con descaro desde la piscina, y yo todavía no sabía que mi novia y yo saldríamos de allí con un secreto cada uno.
Llevábamos meses jugando con los límites de nuestra amistad, pero esa tarde, a solas en su cuarto, me preguntó si podía meterla y no supe decir que no.
Tres meses chateando con un desconocido que tampoco se animaba a confesarle a nadie lo que quería. Aquella tarde en el patio de comidas todo cambió.
Vi cómo el vendedor me miraba mientras atendía a mi mujer. Cuando giró la cabeza la segunda vez, supe que no íbamos a salir del centro comercial sin más.
Estaba enamorado de Lara, pero cada vez que mis amigos me miraban de aquella forma, algo dentro de mí se rendía sin remedio.
Abrí la app un viernes santo y un hombre de cuarenta y tantos vivía a dos cuadras. Llevaba condones cuando toqué su puerta, pero no iban a servir para lo que vino después.
Nunca me había fijado en otro hombre hasta que sus ojos se cruzaron con los míos en aquel bar. Tres copas después estaba en su casa, sin saber qué hacer con las manos.
Me senté a su lado sin saber que sus dedos iban a llegar más lejos que los de cualquier amante anterior, ahí mismo, en la penumbra de la mesa.
Llevaba años cargando una asignatura pendiente desde la adolescencia. Cuando se lo conté a Mariana esperaba lágrimas; no esperaba que sonriera y me hiciera esa propuesta.
Las camas chirriaban en sincronía. Si ella gemía, mi novia gritaba más. Era una competencia silenciosa entre cuatro personas separadas por unos centímetros de tabique.
Llegué a la hora exacta, ellos no aparecían. Hasta que recibí la foto: mi novia arrodillada frente a mi novio, en el baño del fondo, esperando a que yo finalmente entrara.
Apenas se apagaron las luces, ella se levantó de su butaca y se acomodó frente a nosotros dos. Lo que vino después no fue ningún tráiler.
Llevábamos una semana de cenas con clientes y madrugadas en blanco. Yo solo quería diez minutos de ducha y mi mano. Y entonces la puerta se abrió.
Bajamos al aparcamiento desierto de la playa, ella temblaba, y la otra ya tenía las manos en sus muslos antes de que yo apagara el motor del coche.