La travesti que me esperó afuera del antro
Me advirtieron que venía con sorpresa, pero ya era tarde: esa rubia me había mirado de un modo que no supe, ni quise, resistir.
Me advirtieron que venía con sorpresa, pero ya era tarde: esa rubia me había mirado de un modo que no supe, ni quise, resistir.
Detrás de la duna pensaba que nadie nos veía. Tenía dos dedos dentro de Sofía cuando la morena de los brackets giró la cabeza, me sonrió y empezó a caminar hacia nosotras.
Las dos sabíamos que la otra era bisexual, pero nunca habíamos hecho nada al respecto. Esa tarde, una cerveza y un juego viejo lo cambiaron todo.
Nunca imaginé que aceptar un intercambio de parejas terminaría revelándome un secreto que mi marido había guardado desde la escuela.
Pensé que el disfraz me daba anonimato esa noche, hasta que ella entró al baño y supe, por su sonrisa, que no me había servido de nada.
Le escribí «¿Jugamos?» desde mi probador. Cinco segundos después me colé en el suyo, dispuesta a hacerla acabar en silencio antes de que la dependienta se diera cuenta.
Llevaba años conociendo a Esteban, pero esa tarde sofocante descubrí que su casa guardaba un secreto que iba a cambiar para siempre nuestra amistad.
Bajé del coche borracho, caliente y con el celular en la mano. Cuando leí el mensaje de Mauricio supe que esa noche no iba a dormir en mi cama.
A las tres de la madrugada le pregunté si quería besarme. Lo único que nos separaba era el sueño de la chica que dormía a un metro de la cama.
Bajé del camión con la cabeza caliente y los pantalones apretados. Sabía a qué iba al baldío, pero no que iba a salir cogido tres veces seguidas.
A los cuarenta y ocho años, en un bar de Miami, mi mejor amiga me tomó del cuello y me besó. Fue mi primera vez con una mujer y supe que ya no podría volver atrás.
Llevaba meses sospechando algo entre ellos. Esa madrugada, después del último trago, descubrí que mi instinto no me había engañado en absoluto.
Esa tarde de otoño, cuando los dedos del príncipe rozaron los del leñador junto a la pila de leña caída, ninguno imaginó hasta dónde llegaría aquel calor.
Cuando sentí su pene contra mis nalgas en la oscuridad, supe que ninguno de los dos iba a dormir esa noche. Y quince años después, sigo pensando en ello.
Cuando Camila puso el segundo tequila en mi mano, supe que algo iba a romperse esa noche. No imaginé que sería todo lo que creía saber sobre nosotras dos.
Andrés cerró la puerta con llave aunque sabía que no había nadie en el piso. Cuando volvió a plantarse frente a mí, ya no era mi jefe sino otra cosa.
Aparqué el coche en la cuneta y caminé hasta las luces de neón. Solo quería usar un teléfono. Tres horas después, no me importaba que la grúa tardara.
Damián siempre cobraba veinte dólares. Esa tarde llegó con Camila al asiento del acompañante y la mirada cómplice de quien ya había hablado de mí con ella.
Estábamos solas frente al espejo. Yo arreglándome el labial; ella mirándome con una intensidad que ya no era amistad. Y entonces se acercó.
Pensé que solo subíamos al pinar a comer tortilla y beber vino tinto. No imaginé que aquella tarde mi prima me iba a pedir que la tocara entre los árboles.