Mi compañero se desnudó a medio metro de mí
Pensé que él era tan pudoroso como yo. Hasta que salió de la ducha, se quitó la toalla a medio metro de mí y empezó a secarse como si nada.
Pensé que él era tan pudoroso como yo. Hasta que salió de la ducha, se quitó la toalla a medio metro de mí y empezó a secarse como si nada.
Llevábamos dos noches mirando sin tocar. La tercera, mientras dos parejas se mezclaban a un metro de nosotros, mi novia me apretó el brazo y me susurró algo.
A los 21 me creí capaz de manejar cualquier situación. Pero cuando Esteban puso sus manos en mi espalda y sentí que mi cuerpo respondía, ya no era tan seguro de nada.
Elena lo propuso como si fuera un juego inocente. Cuando Roberto puso los labios en la nuca de Marcos, los cuatro supieron que ya no había vuelta atrás.
Tenía setenta años y un cuerpo que desmentía cada uno. Cuando me dijo al oído que llevaba diez años sin que nadie la tocara, supe que la noche aún no había terminado.
Travestí de clóset, fui a la entrevista más importante de mi carrera con un calzón de encaje bajo el traje. Pensé que nadie lo sabría. Me equivoqué.
Valeria me llamó para contarme que su marido quería un trío. Colgué pensando que era su problema. Esa noche estaba en su sala, copa en mano y el corazón a mil.
Me invitaron a cenar, me contaron su vida swinger y cuando ella abrió el escote y me miró así, supe que esa noche iba a cambiar algo en mí.
Andrés se fue al trabajo y yo bajé a la cocina sin ropa. Marcela estaba en la ventana con una taza de café y me miró de una forma que no era exactamente materna.
Dos amigos de toda la vida, dos parejas que lo compartían todo. Hasta que la curiosidad entre ellos empezó a ser más difícil de ignorar.
La puerta se abrió y Nadia me miró de arriba abajo con una sonrisa lenta. Detrás, Raquel cruzó los brazos. —Habla —dijo—. ¿Qué quieres?
Cuatro amigas, una casa cerca de la playa y una botella de vodka. Lo que empezó como un juego se convirtió en la noche más intensa de mi vida.
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.
Llevábamos semanas hablando por mensajes. Cuando al fin la vi llegar con esas mallas ajustadas, supe que esa noche iba a ser diferente.
Llevábamos horas bebiendo cuando le pregunté, sin mirarlo, si alguna vez había estado con un hombre. La pausa que siguió duró una eternidad.
Andrés quería compartir a su mujer con el capitán. Valeria resistió tres días. Cuando llegó Pilar, ninguno de los cuatro salió igual.
Había algo en la forma en que me miró desde el andén. No era una mirada cualquiera. Supe que si le seguía, no volvería a ser el mismo.
Los dos estaban en el umbral de mi habitación, mirándome dormir. Ella se tocaba. Él también. Y cuando abrí los ojos, ninguno de los dos se detuvo.
Dos mujeres en un motel de Monterrey. Una de ellas, Daniela, tenía algo que yo llevaba años queriendo sentir.
La primera vez que me puse su lencería y me vi en el espejo, no supe si lo que sentí era vergüenza o algo completamente distinto.