La tarde que dejé de fantasear con mi amiga Lucía
Sabía que era bisexual, pero no si yo le gustaba. Esa tarde me puse el short más corto y la camiseta más fina, y dejé que la duda se respondiera sola.
Sabía que era bisexual, pero no si yo le gustaba. Esa tarde me puse el short más corto y la camiseta más fina, y dejé que la duda se respondiera sola.
Bajé del barco museo con la cabeza dándome vueltas. Esa misma noche, frente al Pacífico, una mujer que apenas conocía me besó como ningún hombre me había besado nunca.
Salí a despejarme un sábado por la tarde. Cuando levanté la vista del café, ella ya estaba sentada frente a mí, sonriendo como si me conociera de toda la vida.
Llegué al chalet creyendo que era una reunión casual; cuando vi a la chica del bikini rojo abriéndome la verja supe que la tarde iba a ser distinta.
Amaba a mi novia y creía tener mi vida en orden. Hasta que un viaje de trabajo me dejó compartiendo habitación con un compañero que no escondía lo que era.
Salí del baño con la boca corrida y un latido nuevo. Ella, con la huella roja de mi labial en sus labios, no sabía que su novio ya la estaba mirando.
Cuando me tomó la cara con ambas manos y me comió la boca sin pedir permiso, supe que aquella reunión de trabajo nunca había sido una reunión de trabajo.
Llevaba un mes en el pasaje cuando me tocó coordinar el ponche con la casa 207. No pensaba que la mujer que me abrió y su marido fueran a cambiar mi idea del deseo esa misma noche.
Cuando me besó frente al auto, supe que no era el alcohol. Era todo lo que había callado durante diez años saliéndole por fin de la boca.
Mañana se cumplen ocho años desde aquella última noche con él, y todavía me pregunto si fui valiente o solamente egoísta al pedirle eso.
Aún me recuerdo encima de ella en aquella cabina, con sus piercings de plata contra mi lengua y la promesa de un Uber esperándonos abajo.
La quemadura del aceite fue la excusa. Cuando mi primo Mateo se acercó con la sábila en la mano, supe que esa tarde no íbamos a frenar a tiempo.
Sus manos me rozaban los senos cuando me ayudaba con las pesas. Yo fingía no darme cuenta hasta la mañana en que se las apreté yo a ella frente al espejo.
Bajé del baño envuelta solo en una toalla y dejé que se cayera frente a ella. No era la primera vez que me veía desnuda, pero sí la primera vez que importaba.
Llevábamos meses hablando en los turnos vacíos del call center. Esa tarde abrió el porno en su pantalla y me preguntó, mirándome, si así me gustaban.
Entre piedras derruidas y el frío de febrero, Nico me miró distinto. Como si esa noche no fuéramos a volver a ser los mismos amigos de siempre.
El timbre sonó justo después del baño y la tarde a solas se me fue al diablo. Renata estaba en la puerta con dos amigas y una sonrisa que no admitía un no.
Hablamos durante semanas sin enviarnos una sola foto, hasta que ella me dijo que quería ser la primera en hacérmelo, en persona, en su cama.
Apretujado en el asiento de atrás, su pierna sudorosa contra la mía, sentí cómo su mano se deslizaba bajo la camiseta mientras mis padres conversaban adelante.
Cuando su mano se posó sobre mi muslo y me preguntó si alguna vez había estado con otra chica, supe que esa siesta de verano no terminaría como las otras.