Tres años siguiendo al hombre que no me conoce
Lo agregué sin pensarlo. Leí todo lo que publicó. Nunca le di un like. Tres años después, sigo sin atreverme a escribirle, pero lo pienso cada noche.
Historias reales contadas en primera persona
Lo agregué sin pensarlo. Leí todo lo que publicó. Nunca le di un like. Tres años después, sigo sin atreverme a escribirle, pero lo pienso cada noche.
Era solo un juego para hacer amigas, pero cuando ella preguntó si podía venir esa noche, entendí que habíamos cruzado una línea que yo quería cruzar.
Caminé hacia la escuela sintiendo el semen de Ramiro entre las piernas. El día apenas empezaba.
Dejé el auto a una cuadra para no hacer ruido. Las luces estaban apagadas, pero del fondo de la casa llegaban risas que no encajaban con ninguna reunión tranquila.
La vendedora me aseguró que nadie podría verme. Cuando la caja cayó al piso, me quedé expuesta ante tres desconocidos que no pensaban marcharse.
Le di permiso para estar con otro. Lo que no esperaba era quedarme pegado al telefono, escuchando todo, sin poder colgar.
Esa noche estaba sola, las cortinas cerradas, y decidí explorar hasta donde nunca había llegado. Lo que pasó después me dejó temblando frente al espejo durante horas.
Era pasada la una y, en aquella banca escondida del parque, me bajé el dobladillo con dos dedos para ver hasta dónde podía sostenerme antes de correr a casa.
Empezó como una noche de pizza y fernet. Terminó con cada una confesando la fantasía erótica más sucia que jamás dijo en voz alta.
Cuando bajé a la cocina eran las tres de la mañana. Él estaba sentado con una taza en la mano, el torso descubierto, mirándome como si me hubiera estado esperando.
El director me miró de arriba abajo cuando firmé el formulario. Llevaba doce años en esa empresa y sabía exactamente qué tenía que hacer para ganar.
Había aceptado sus juegos de dominación antes. Pero lo que me pidió esa noche por teléfono era diferente a todo lo anterior. Y aun así, no colgué.
La luna iluminaba el arroyo, las luciérnagas revoloteaban a mi alrededor y yo estaba sola en el bosque con mis ganas y un juguete que no había planeado usar.
Abrí el cajón con el corazón desbocado. Había encaje, había hilo, había una mujer esperando dentro de esa ropa que nunca había sido mía. Esa tarde todo cambió.
Apagaron las luces del bus y él puso su mano sobre la mía. Nadie entre los pasajeros dormidos sabía lo que estaba ocurriendo debajo de esa cobija.
Había algo pendiente de esa primera noche bajo el puente. Mi cuerpo lo recordaba. Una semana después, mis pies me llevaron solos.
Tenía más de cincuenta años y llevaba meses sin sentirse deseada. Entonces llegó él: más joven, con esa mirada que no engañaba a ninguna mujer.
Me los probé uno a uno frente al espejo, con él observando desde el otro lado de la pantalla. No era moda. Era control puro.
Matías llevaba semanas mirándome de otra manera. Cuando por fin me lo dijo en voz alta, el suelo desapareció bajo mis pies. Era prohibido.
Nunca imaginé que una noche de dominó con dos amigos acabaría así. Cuando los dos me miraron al mismo tiempo, supe que el ambiente tenía otra temperatura.