Mi esposo quiso mirar cómo otro me tomaba
La primera vez que sentí a otro hombre dentro de mí, mi esposo estaba a un metro, mirándome con los ojos encendidos. Y yo no podía dejar de buscar su mirada.
La primera vez que sentí a otro hombre dentro de mí, mi esposo estaba a un metro, mirándome con los ojos encendidos. Y yo no podía dejar de buscar su mirada.
Llevaba semanas desnudándome frente a su ventana a la misma hora, convencida de que el indiferente era él. No imaginaba que la verdadera mirada venía de otro lado.
La puerta de su dormitorio quedó abierta una sola vez. Desde mi sillón, en la oscuridad, no aparté la mirada ni un segundo de lo que hacían.
Mi dueño plantó la idea como una semilla: dinero por mi cuerpo y un desconocido observando cada detalle. Esa tarde de martes salí a cumplirla sin saber cómo terminaría.
Sabía que un hombre me seguía por la planta vacía del centro comercial. En vez de huir, entré al probador más alejado y dejé la puerta entreabierta.
Un desconocido me prometió encontrarse conmigo en la última fila, pero terminé en manos de todos los demás, ofrecida una y otra vez en la oscuridad.
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
Vino a Formentera para que la miraran. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar cuando aquel extranjero extendió la toalla a pocos metros de nosotros.
Eligió la falda más corta y salió sin ropa interior. A esa hora el desconocido del andén siempre estaba ahí, y esta vez ella no pensaba apartarse.
Me metí en el tercer probador, dejé la cortina justo como me gusta dejarla, y al levantar la vista la pillé mirando hacia dentro. Una de las mías, pensé.
La pantalla se ilumina, tú apareces desnuda y sabes que estoy mirando. Lo que no sabes es que esta noche hay otras manos contigo en esa habitación.
Bailamos toda la noche sin saber que, detrás de las rocas, alguien había estado observándonos desde el primer beso. Y esa certeza, en vez de asustarme, me encendió.
Cuando el Audi gris perla se detuvo frente a la caseta y vi aquellas piernas entreabiertas en el asiento del copiloto, supe que mi turno iba a torcerse para siempre.
Esa tarde de abril salí sin sostén y con un tanga mínimo. No sabía que mi marido iba a frenar delante de la gasolinera abandonada para hacerme aquello.
El cartel oxidado prometía un club abierto. Lo que no decía es que dentro lo esperaban cuatro viudas dispuestas a vaciarlo antes de dejarlo volver a la carretera.
Apagué la luz del lavadero y miré hacia el ventanal del C. Eran las tres y cuarto de la madrugada. La chica del frente había vuelto. Y no había vuelto sola.
Bruno seguía en el suelo, agotado, cuando la puerta se abrió otra vez y entraron dos desconocidos. Nadie lo miró. Su tormento, sin embargo, apenas empezaba.
Apenas podía sostenerme en pie cuando ella ajustó el cuero sobre mi garganta y susurró que, a partir de esa noche, yo le pertenecía por completo.
Cerré los ojos, levanté el culo y esperé a oír su voz. No quería lencería ni coqueteos: solo encontrarme desnuda y lista para que cumpliera su promesa.
Llegaba puntual, con un bolso color sangre y los labios pintados de carmesí. Antes de mirarte siquiera, ya había decidido cuánto ibas a sufrir.