Sus mensajes me encendieron en pleno tráfico
El semáforo seguía en rojo, su última foto seguía en mi pantalla y mis manos ya habían dejado de pedirme permiso. Solo tenía que llegar a casa. O no.
El semáforo seguía en rojo, su última foto seguía en mi pantalla y mis manos ya habían dejado de pedirme permiso. Solo tenía que llegar a casa. O no.
Apago la luz, abro el relato y dejo que mi mano baje. En mi cabeza siempre hay alguien en la esquina del cuarto, mirándome, esperando el momento de entrar.
Yo conocía bien el terreno con las chicas trans. Lo que nunca calculé fue que ella, con un beso y una llamada, iba a reescribir todas mis reglas en una sola noche.
Mientras su familia subía a la cima, ella se quedó atrás con el tobillo hinchado. Entonces una camper aparcó justo al lado y todo cambió.
Entraba a la ducha con una idea fija en la cabeza, cerraba la cortina azul y, detrás de ella, imaginaba un público que la esperaba.
Aquella mancha tibia en mi vestido lo cambió todo: por primera vez entendí lo que era desear y ser deseada, y ya no quise volver atrás.
Me pusieron la cinta azul al cuello, la única distinta del resto, y bajé esas escaleras sabiendo que aquellos seis hombres iban a descubrir lo que escondía.
«Date la vuelta y no te voltees», me ordenó nada más entrar. No tenía idea de lo que esa transexual estaba a punto de hacerle a mi cuerpo esa noche.
Marcos me dejó pasar primero, como un caballero con la sonrisa torcida. Dentro, sobre unos maderos, dos desconocidos me miraban con la mano ya en la cremallera.
Bajé las persianas, me tumbé boca abajo en el colchón y cerré los ojos para una siesta corta. Cuando oí la puerta abrirse, fingí seguir dormido sin abrirlos.
El viernes salí del trabajo, me afeité, me perfumé y me puse el liguero bajo el chándal. Conduje hasta el quinto pino para que un extraño me tratara como lo que soy.
Llevaba semanas imaginándome con ropa de mujer. Esa noche me puse la lencería de tiras rojas, me saqué una foto y esperé a que alguien me escribiera algo prohibido.
Me visto solo cuando tengo una cita, siempre en un cuarto de hotel, y esa noche el desconocido que me esperaba no tenía idea de lo que iba a encontrar bajo mi vestido.
Las luces del neón parpadeaban en rojo sobre las sábanas cuando todo cambió: el dinero, las pistolas, la fuga y, horas después, la mujer que la esperaba en la celda catorce.
Volví después de veinte años a una ciudad del sur. Esa noche, en un hotel de la zona roja, dos desconocidas decidieron que no iba a dormir solo.
Pasada la medianoche me puse los tacones rojos, abrí el portón con el control y salí a caminar. Solo quería sentirme vista. No esperaba que alguien se detuviera.
A las tres de la tarde, con la piscina medio vacía, los vi entrar al vestuario sin secarse. Esa fue la señal que llevaba semanas esperando.
Él me miraba desde el sillón mientras yo me arrodillaba frente al desconocido que había escogido en la barra del bar. Era mi primera noche siendo puta.
Llegué a las dos de la mañana con la boca seca y una sola idea en la cabeza: que aquella noche no iba a poner ningún límite, pasara lo que pasara entre los pabellones.
El hombre del traje sacó un paquete de su mochila. Adentro había un vestido transparente y una tanga que él pensaba arrancar con los dientes.