Mi amiga me mostró la foto que guardaba en secreto
Cuando abrió la carpeta oculta de su teléfono y giró la pantalla hacia mí, entendí que la tímida de siempre se había atrevido por fin a contarlo todo.
Cuando abrió la carpeta oculta de su teléfono y giró la pantalla hacia mí, entendí que la tímida de siempre se había atrevido por fin a contarlo todo.
Yo creí que iría a la fiesta a llorar en un rincón. Nunca imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar mi amiga para sacarse la bronca del cuerpo.
Bajé del avión sin saber que aquel viaje terminaría con su mano apretándome la cintura en la arena, y conmigo deseando que jamás amaneciera.
Aquella noche, arrodillado frente a ella en la penumbra de su habitación, entendí que para mí el placer no empieza en mi cuerpo, sino en el suyo.
No busco amor ni promesas. Esa tarde lo vi cruzar la plaza y supe exactamente lo que quería pedirle, aunque nunca antes me hubiera atrevido a tanto.
Abrí la puerta de la cabaña esperando una litera libre y me encontré con cinco desconocidas a medio vestir. Esa misma noche entendí por qué viajo solo.
«No va a pasar nada, venimos solo a mirar», dijo nerviosa al entrar. Tres horas después yo la miraba a cuatro patas, a un palmo de un desconocido.
Creíamos estar solos en la cala escondida, hasta que noté que aquellos tres no nos quitaban los ojos de encima. Y a nosotros tampoco nos molestaba que mirasen.
Pensé que todo había terminado cuando el director me pagó y me despidió. No imaginaba que la verdadera dueña de mi cuerpo era ella, la mujer del escritorio de al lado.
Atada bajo las luces y con su mirada clavada en mi nuca, entendí que esta noche el verdadero espectáculo era él: obligado a ver todo lo que se negó a darme.
Subí al vagón más lleno para escapar de unas manos que no quería, sin imaginar que terminaría buscando otras a la vista de todo el andén.
Todo el mundo se vestía para volver al aparcamiento; ella, en cambio, se quitó lo poco que llevaba puesto y se quedó mirando fijamente al extraño entre los pinos.
Acepté la cita vestida de mujer, sin saber que esa tarde en su auto decidiría todo lo que vendría después. Él solo me miró y dijo: «Vas a tener clientes».
El agua fresca, el sol sobre la piel y nadie alrededor. Eso creía, hasta que noté dos miradas siguiendo cada uno de mis movimientos desde detrás de las rocas.
Dos desconocidos me filmaban por debajo de la mesa mientras él me ordenaba quedarme quieta. Lo peor era que me gustaba ser el espectáculo de toda la sala.
Limpiaba la terraza con un tanga y poco más, sin saber que dos hombres la espiaban desde el edificio de enfrente. Y a mí, verla deseada, me volvía loco.
Detrás de mis gafas oscuras me sentía invisible. No imaginé que la mujer de la toalla de al lado supiera exactamente dónde tenía clavada la mirada.
Vine al bar tranquila, con vaqueros y sujetador para no dar pie a nada. Tres horas después estaba de pie sobre la barra, en bolas, con medio pueblo aplaudiendo.
Lorena me vistió como la mujer más deseada de la noche, me dijo al oído que ocho hombres esperaban y, por primera vez, no quise huir de lo que sentía.
Cuando entré a la sala para echarlo, lo encontré sentado, desesperado por terminar. Lo que hice después no se lo conté a nadie.