El chico de la app me bloqueaba, hasta la tercera vez
Apareció sin foto, con veintidós años en el perfil y una boca capaz de cualquier cosa. Después de la mamada me bloqueó. Pasó dos veces. A la tercera no quedaba nada que negarme.
Apareció sin foto, con veintidós años en el perfil y una boca capaz de cualquier cosa. Después de la mamada me bloqueó. Pasó dos veces. A la tercera no quedaba nada que negarme.
Cuando el viejo me dijo «venite quince días y no preguntes nada», debí haberme negado. En cambio agarré el bolso y subí a la camioneta sin mirar atrás.
Subí esos escalones con el corazón a mil, sin imaginar que saldría del piso convertido en otra persona y con un nombre de mujer en los labios.
En la pantalla era una diosa intocable de miles de seguidores. Esa noche, frente a la puerta de la suite, era solo ella: sin filtro, sin máscara, temblando.
Cerré con llave el cambiador, abrí la maleta y dejé de ser Tomás. Esa noche, en el club, no imaginaba que mi propio jefe iba a empujar la puerta.
Cinco amigos del jefe, una casa alquilada y una partida de póker. Diego sabía cómo iba a vestirme en cada pasada; lo que nadie sabía era cómo terminaría la noche.
Marco se marchó al amanecer y nos dejó la suite pagada dos semanas más. Romina me miró con el delineador en la mano y supo que yo no iba a volver a ser el de antes.
Dejé la ropa interior secándose a la vista, repartí mis juguetes por el departamento y esperé a que tocara el timbre. El resto fue cuestión de provocarlo.
Crucé miradas con el conductor por el retrovisor, vi el cordón amarillo balanceándose junto al espejo y supe que esa noche no terminaba en mi ducha.
Todavía tenía la cara manchada cuando me metí a la ducha. En menos de una hora iban a tocar el timbre, y yo ya estaba lista para entregarme otra vez.
Bajamos a bailar buscando solo una copa más. Lo que pasó en aquel rincón oscuro de la discoteca todavía no me atrevo a contárselo a nadie.
Marqué el número que me dio en la ruta sin saber su nombre. En dos horas estaría en mi puerta, y yo ya me había puesto la peluca rubia y los tacones más altos.
En el juego del «yo nunca» confesé mi lista secreta: los lugares donde me arrodillé sin que nadie lo supiera. Hoy te cuento tres de ellos, sin censura.
Nunca te dicen a dónde vas ni quién estará allí. Solo el antifaz, el coche negro y una villa donde aquella noche yo dejé de ser camarera para convertirme en el plato.
Nunca cargo efectivo, y esa mañana lo descubrí en el peor momento: tarde, sin plata y con un taxista que me miraba por el retrovisor como si yo ya le debiera algo más que la carrera.
El parquímetro había expirado y él ya se arrodillaba con el inmovilizador. Me quedaban pocos segundos para convencerlo de otra manera.
Llegué temprano del trabajo, me puse una camisa suya sin nada debajo y me arrodillé frente a él. Esa tarde decidí que iba a cumplirle su fantasía, pero con mis reglas.
Le confesé la fantasía a las once y media de la noche. A las dos de la mañana ya teníamos cita cerrada y yo estaba más asustado que ella.
Tengo cincuenta y tres años y dos pastillas azules en el bolso. Lo que no esperaba era que una desconocida las viera caer al suelo.
Pagué la entrada, elegí la cabina del fondo y me senté en la penumbra a esperar. No buscaba una cara ni un nombre: buscaba el morbo de no saber quién estaba al otro lado.