La noche que mi amo me ofreció como un agujero
No vería ni una sola cara. Solo sentiría manos que no conocía decidiendo cuánto valía mi cuerpo esa noche, mientras él miraba desde el otro lado de la pared.
No vería ni una sola cara. Solo sentiría manos que no conocía decidiendo cuánto valía mi cuerpo esa noche, mientras él miraba desde el otro lado de la pared.
Cuando el dedo huesudo del chamán se detuvo sobre ella, supo que su cuerpo sería el precio. Y que la selva entera la vería pagarlo, palmo a palmo.
La llave cayó por la rejilla y ya no había vuelta atrás: estaba sola, desnuda y encadenada, sin saber cuántas horas tardaría él en volver a por mí.
Vino a mi casa con dos cervezas y una historia que necesitaba sacarse de adentro: la noche en que entendió que disfrutaba perder el control por completo.
Antes de leer una sola línea, la fotografía cayó de entre las páginas: mi amiga, bronceada y desnuda bajo un sarape, con un grueso anillo de hierro al frente del collar.
El vestido rojo, los tacones y la jaula fría bajo la falda: Selena le había advertido que esa noche no saldría como hombre, sino como lo que ella decidiera.
Me vistió él mismo frente al espejo y, antes de abrir la puerta, me dijo al oído una sola regla: esa noche mi cuerpo no me pertenecía.
Crucé la cortina con las manos temblando, segura de que solo quería mirar. No sabía que esa silla en el centro de la habitación me estaba esperando a mí.
Crucé la abertura prohibida del depósito buscando adrenalina con un desconocido. Lo que no imaginé fue quién me esperaba del otro lado, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Mientras él hervía el té, los dos hombres atados a la mesa empezaban a entender que esa noche nadie saldría de aquel salón como había entrado.
No soy tonta: estudio arquitectura y me va bien. Pero esa noche salí dispuesta a que un grupo de extraños creyera que era una muñeca sin cerebro.
Cuando volvió a aparecer en pantalla no estaba solo, y yo, del otro lado, ya no podía dejar de mirar lo que sucedía sobre el escritorio que él olvidó fuera de cuadro.
Crucé esa puerta sabiendo que iba a perder el control. Lo que no sabía era cuánto me gustaría suplicar por más.
—Yo pongo las reglas, ustedes las siguen —dijo, y ninguno de los cuatro se atrevió a contradecirla. Tres meses de encierro nos habían dejado a su merced.
Eran las cuatro de la mañana cuando sonó el timbre. Mi amigo entró con dos colegas y una chica que apenas me miró. Ninguno imaginaba cómo terminaría esa noche.
Llevaba tres días sola en casa y la calentura no me dejaba dormir. Eran las cinco de la mañana cuando me puse la falda más corta sobre las medias de red y salí a la calle vacía.
Llevaba años vistiéndome a escondidas, pero esa noche me puse las botas, las medias de rejilla y el vestido de terciopelo, y crucé la puerta siendo ella.
Llevábamos veinticinco años casados y una rutina cómoda, hasta que un camarero del resort la miró como yo había dejado de mirarla. Y entonces ella me hizo una propuesta.
Hay quien colecciona sellos o recuerdos de viajes. Yo colecciono noches, bocas y manos que ya olvidé, y todavía no entiendo por qué eso debería avergonzarme.
Había una puerta cerrada al lado de la habitación de Bárbara. La abrí por curiosidad, sin saber que esa misma tarde yo terminaría amarrado dentro.