Dejé que un extraño la espiara desde el otro probador
Volví al probador con el vestido que me había pedido y encontré la cortina corrida, un hombre nervioso afuera y a mi mujer desnuda, sonriendo al espejo.
Volví al probador con el vestido que me había pedido y encontré la cortina corrida, un hombre nervioso afuera y a mi mujer desnuda, sonriendo al espejo.
Cuando empujé la puerta del baño unisex, ella ya estaba adentro esperándome. No dijimos nada: sus labios encontraron los míos antes de que entendiera lo que pasaba.
Bajé la ventanilla y le hablé aún de espaldas. Cuando se volvió, entendí que esa rubia de pecas iba a cambiarme el fin de semana entero.
Estaba recién duchada, con un short que apenas me tapaba, cuando él entró cargando un saco al hombro y me miró como si ya supiera lo que yo quería.
Me duermo siendo yo y despierto siendo otra. En el sueño tengo curvas, no tengo lo de antes y espero, ansiosa, que la puerta se abra y entre él.
La app marcó su ubicación a cuatro edificios de la mía. Bajo las bermudas, el bikini blanco de mi hermana. Una hora, su marido en el bar, la puerta abierta.
Cuatro hombres, un sobre grueso sobre la mesa y yo decidiendo a cuál llamaba primero. Mi regla siempre fue la misma: yo elijo, yo marco el ritmo y yo me voy cuando se me da la gana.
Marqué cuatro anuncios con bolígrafo rojo, pero solo una voz al teléfono sonaba como si fuera a quedarse conmigo hasta el amanecer.
Me lo metió hasta el fondo y susurró una sola orden: que lo guardara ahí, que no lo perdiera. Asentí sin entender en lo que me estaba metiendo.
Me había puesto la pollerita corta porque él me lo pidió por mensaje. Ninguno imaginaba que esa noche íbamos a terminar siendo cuatro en aquel sillón.
Hacía meses que le había confesado entre besos que quería ser usado por desconocidos. Esa noche me pidió que llevara el traje de sirvienta en la mochila.
Pensé que sería una sola tarde y un solo desconocido. No imaginé que cada uno me enseñaría algo distinto, ni que el tercero me dejaría sin voz durante dos días.
Llevaba años imaginándola con otro hombre, pero verla obedecer a un desconocido en mi propio sofá fue una cosa para la que no estaba preparado.
Tengo treinta y dos años, un marido que casi no me toca y la cabeza llena de fantasías. Aquella tarde decidí que el siguiente desconocido que pudiera tocarme iba a tocarme.
Tenía veintidós años y una app llena de mensajes, pero solo una verga me interesó esa madrugada. Bajé al estacionamiento sin decirle mi nombre y sin pensar en volver atrás.
Llevaba semanas sin plan y una tarde aburrida me lo cambió todo. Su foto era honesta: era exactamente lo que apareció en mi puerta dos horas después.
Crucé las piernas, desabroché tres botones y le sostuve la mirada en el retrovisor. Faltaba media hora de trayecto, y yo ya sabía que no íbamos a llegar derechos al hotel.
Entró al cuarto, vio el lazo de regalo atado a esa polla negra que salía del agujero, y me miró como si no supiera si besarme o denunciarme.
Pensé que sería un café y una firma. Terminé desnudo en un baño termal con una desconocida que conocía mi nombre antes de que yo conociera el suyo.
El sobre llegó al plató una noche de martes. Papel grueso, mi nombre escrito a mano, una oferta que no debería haberme tentado tanto como lo hizo.