La noche que aprendí a disfrutar del sexo anal
Lo había intentado antes y solo había sentido dolor. Esa noche, en una habitación de hotel con un desconocido, descubrí lo equivocada que estaba.
Lo había intentado antes y solo había sentido dolor. Esa noche, en una habitación de hotel con un desconocido, descubrí lo equivocada que estaba.
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Me mojé al ver su erección en la pantalla, pero no fue por lo que mostraba: fue por saber que mis palabras la habían provocado. Y supe exactamente lo que quería hacerle.
Caminé hacia el parque chupando una paleta, con la falda tan corta que el aire fresco me rozaba, sabiendo que cualquiera que pasara podía verme.
Salí a comprar una hamburguesa a la una de la mañana y terminé subiendo al segundo piso del gimnasio, sin ropa interior bajo el vestido. Él entrenaba solo.
Llevaba diez minutos espiándome los pies desde la parada del bus. Lo que no imaginaba era que pensaba subirlo a mi piso y ponerlo de rodillas antes de que cayera la tarde.
La seguí a la calle convencido de que sería una noche más. No imaginaba lo que ocultaba bajo aquel vestido ajustado ni hasta dónde iba a llevarme.
Abrí la puerta apenas envuelta en una bata. Cuando lo vi en el rellano supe que aquel sábado de febrero iba a recordarlo por algo muy distinto al calor.
La idea era simple y enferma a la vez: elegir a un extraño, dejar que mirara, y disfrutar de cada segundo sabiendo que del otro lado había unos ojos pendientes de mí.
Lo vi por el retrovisor: deportivo, con un bulto marcado bajo la licra, esperando una señal mía. Subí las ventanillas y todavía dudo por qué.
No eran ni las siete y el calor ya apretaba. Solo él sabía cómo reconocerme: yo era la única con mallas azules corriendo por el sendero.
Siempre supe que mi sitio estaba de rodillas, pero jamás imaginé que tres mujeres me harían suplicar para decidir si merecía servirlas.
Solo buscábamos un atajo hacia el restaurante. En ese callejón sin salida aprendí lo cobarde que era, mientras tres desconocidos decidían por nosotros.
Solo quería sol y silencio. No buscaba a nadie, y menos a un hombre que me esperó en la orilla únicamente para decirme que no pensaba dejarme ir.
Frente al hospital, un desconocido dejó caer una tarjeta y una frase que Catalina jamás olvidó: su criatura llegaría al mundo para convertirse en otra persona.
Habíamos hablado durante semanas detrás de una pantalla. Esa tarde, por primera vez, no había cámara entre nosotros: solo ella, mi cuarto y la puerta cerrada.
Salió del baño, me vio a medio vestir con el uniforme puesto y soltó: «tienes unas piernas fuertes». Ahí supe que esa tarde no iba a terminar como las otras.
Lo que más me ponía era ver cómo otros la miraban. Aquella tarde, en la arena, dejé de mirar y le hice un gesto al desconocido para que se acercara.
Mi prometido viajó sin mí días antes de la boda, así que cuando el chofer empezó a mirarme por el retrovisor, decidí darle una prueba de lo que era capaz.
Le avisé que no llevaba nada debajo del vestido. Lo que no sabía era que, mientras él me tocaba, alguien más nos observaba en vivo desde la pantalla.