El chofer no imaginaba lo que haría en su coche
Mi prometido viajó sin mí días antes de la boda, así que cuando el chofer empezó a mirarme por el retrovisor, decidí darle una prueba de lo que era capaz.
Mi prometido viajó sin mí días antes de la boda, así que cuando el chofer empezó a mirarme por el retrovisor, decidí darle una prueba de lo que era capaz.
Le avisé que no llevaba nada debajo del vestido. Lo que no sabía era que, mientras él me tocaba, alguien más nos observaba en vivo desde la pantalla.
Le pedí que abriera las piernas en la gasolinera y al empleado casi se le salen los ojos. Esa mañana entendimos que el morbo de que la miraran nos podía con todo.
Salí del trabajo sin ropa interior y con la blusa entreabierta. Solo quería sentir el aire entre las piernas. No imaginaba a quién encontraría en el vagón.
Cuando el señor del desayuno entró en la oficina y me sonrió, entendí que mi amigo no lo había dejado pasar por casualidad.
Me maquilló, me eligió el vestido más corto del armario y me soltó en la pista. No imaginé que terminaría rodeada de manos extrañas hasta el amanecer.
Pensé que iba a matar el tiempo en una playa cualquiera mientras mi mujer trabajaba. No imaginaba que Damián e Iván me esperaban con una invitación que no supe rechazar.
Esa madrugada me puse la tanga roja, las medias de red y la peluca frente al espejo del hotel, y por primera vez no reconocí al chico de siempre.
Entré por aburrimiento, como tantas otras noches. Pero esa pelirroja de rizos no era una cam más: leía sus propios relatos mientras decenas de desconocidos la calentaban en directo.
Nadie lo sabe. Ni siquiera la persona con la que duermo cada noche. Pero cuando cierro los ojos me veo frente al espejo, transformado en otra, lista para él.
Nunca me había desnudado delante de extraños. Esa mañana de calor decidí que era el día, sin imaginar que alguien me devolvería la mirada.
Subí cuatro pisos con las manos sudadas y el corazón disparado. Cuando ella abrió la puerta en lencería, supe que esa tarde no habría vuelta atrás.
Estaba a cuatro patas, temblando, con el culo en pompa y mi propia verga goteando sola. Él apenas había metido la punta y yo ya suplicaba que me rompiera entero.
Salí huyendo del trabajo y a los pocos kilómetros me cambiaba en el coche, con los camiones pasando a un metro. No imaginaba lo que esa noche iba a despertarme.
Bailábamos pegados en la pista cuando sus dedos se colaron bajo mi falda. Lo que pasó después en su coche me persiguió durante semanas enteras.
«La paciencia es una virtud», dijo sin levantar la vista del café. Y yo, que llevaba un mes sin permiso para terminar, supe que la prueba empezaba ahí.
Subí al coche pensando en mi vuelo. Cuando bajé del avión tres días después, él ya me esperaba con una propuesta que me hizo sudar antes de cerrar la puerta del auto.
Le puse crema en la espalda casi por accidente. Para cuando arqueó el cuerpo bajo mis manos, los dos ya sabíamos cómo iba a terminar la tarde.
Nadie en aquella casa sabía lo que escondía bajo el vestido negro. Nadie excepto él, el desconocido de la máscara al que se lo entregué en un pasillo a oscuras.
La ciudad entera se apagó esa tarde, y en el asiento de un autobús abarrotado descubrí hasta dónde era capaz de llegar cuando nadie me miraba.