Atrapada en el spa del gimnasio con cuatro desconocidos
Bárbara despreciaba a aquellos cuatro tipos sudorosos. Pero la toalla apenas la cubría, la lluvia seguía cayendo y, por una vez, quería que la miraran.
Bárbara despreciaba a aquellos cuatro tipos sudorosos. Pero la toalla apenas la cubría, la lluvia seguía cayendo y, por una vez, quería que la miraran.
Llevaba semanas pasando frente a ellos fingiendo miedo. Esa tarde me quité el sostén detrás de un arbusto y decidí dejar que esos seis hombres hicieran conmigo lo que quisieran.
Tenía veinticinco años, ocho meses sin tocar a nadie y una idea prestada por una amiga: ir sola al cine porno y sentarme lo más cerca posible de quien se atreviera primero.
Carla nunca había hecho topless delante de mí. Esa tarde no solo se quitó la parte de arriba: dos desconocidas se acercaron y nada volvió a ser igual.
No llevábamos ropa seca, la lluvia no paraba y entonces aparecieron ellos dos. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo olvidaría jamás.
Me dijo que esa tarde solo estarían cinco hombres de la oficina y que necesitaban una dama que les hiciera compañía. Acepté antes de pensarlo dos veces.
Bajamos de la fiesta a las cuatro de la mañana creyendo que la noche había terminado. En realidad, en esa casa enorme apenas estaba por empezar.
Carmen quería que aquel viaje fuera inolvidable. No imaginaba que tres desconocidos y un vecino curioso convertirían el ático en el escenario de su fantasía más salvaje.
Esa noche transmitía en vivo desde el bar, pero lo que pasó después del show no quedó grabado en ninguna cámara. Solo en mi memoria.
Cuando bajó al patio con aquel vestido verde limón y la cadena rozándole los pezones, supe que la firma del contrato sería lo último que harían mis manos esa tarde.
La dueña sonrió antes de cerrar la puerta con llave y susurró que del otro lado del espejo podía haber otra mujer mirándolo todo.
Cuando ella corrió el seguro de la puerta y dejó caer la cazadora sobre la silla, supe que aquellas horas en el camastro angosto no las íbamos a pasar durmiendo.
Llevaba su pantaleta negra debajo del pantalón ajustado, caminando por la avenida más oscura de la ciudad, esperando a que alguien se animara a frenar a mi lado.
Borracha y dolida tras perder mi trabajo, dije que sí a sus coqueteos. «Solo cinco minutos en el baño», me prometió. No imaginé hasta dónde pensaba llegar.
Solo quería esperar a que parara la lluvia. No imaginé que aquella desconocida de labios rojos terminaría enseñándome lo que era desear a otra mujer.
Bajó a recepción solo para preguntar por un sendero, pero se quedó mirando demasiado tiempo los ojos verdes de la chica del mostrador. Y la chica lo notó.
Llegué a la ciudad sin conocer a nadie y, esa misma tarde, una desconocida me ofreció una porción de pizza. Ninguna de las dos sabía adónde nos llevaría ese gesto.
Viudo, desactualizado y solo, Rodrigo solo quería airearse un sábado. No esperaba que el desconocido de la barra le propusiera algo que jamás se había planteado.
Reía mis chistes, me tocaba el brazo, y yo creía tenerla en el bote. No imaginé que sería ella quien tomaría el control esa noche en la habitación del hotel.
Llevaba dos años sin tocar a nadie cuando ella respondió mi mensaje con una sola pregunta: «¿cuándo nos vemos?». No imaginé cómo terminaría esa noche.