Atada y vendada: la fantasía que él me preparó
Sobre la cama había un conjunto de látex negro y unos tacones en mi talla. Esa noche, Rodrigo no me explicaría nada. Solo me ataría y lo que vendría después cambiaría todo.
Sobre la cama había un conjunto de látex negro y unos tacones en mi talla. Esa noche, Rodrigo no me explicaría nada. Solo me ataría y lo que vendría después cambiaría todo.
A las tres de la madrugada salí al parque con el camisón más corto que tenía. Sin nada debajo. Lo que pasó después fue algo que no olvidaré.
Siete de la mañana y el deseo ya estaba ahí. A lo largo del día se coló en la ducha, en el supermercado, en el sofá con él. Un fuego que intentaba apagar y que volvía solo.
Cuando ella entró desnuda al agua caliente y me miró sin pudor, supe que esa noche en Tokio no tenía nada que ver con la reunión del día siguiente.
Cuando llegué al apartamento solo esperaba fotos. No sabía que en ese cuarto me esperaban dos hermanos con una propuesta muy diferente.
Su voz me derritió antes de que sus manos me tocaran. Nunca pensé que un desconocido en un spa me haría sentir tan expuesta y tan libre al mismo tiempo.
Cuando leí su primer poema sentí que alguien había entrado en mi cabeza sin permiso. Lo peor fue darme cuenta de que quería que volviera a hacerlo.
Le mandé un mensaje a la actriz más famosa del mundo después del partido. No esperaba respuesta. La tuve, y cambió todo lo que creía saber de mí.
La primera vez que vi a Valeria con otro hombre, estaba al otro lado de un cristal. Debería haber sentido rabia. Solo sentí que no podía apartar los ojos.
Teníamos una semana para preparar el disfraz más atrevido. Yo llegué con minifalda y medias. Ella abrió la puerta de su cuarto sin una sola prenda encima.
Cuando lo vi cantarle directamente a ella desde el escenario, supe que esa noche iba a terminar de una forma que ninguno habíamos planeado.
La cola del local olía a porro y a sudor. Mi compañera me apretaba la mano sin saber muy bien qué hacía allí. Yo solo pensaba en encontrarlo otra vez.
Los dos llevaban anillo de casados y veinte años haciendo lo mismo en los viajes de trabajo. Todo cambió el día que pararon en esa playa.
Nueve horas para mi vuelo y no había ni una cama libre en todo el aeropuerto. Entonces ella me miró desde su mesa y preguntó: «¿Te apetece sentarte conmigo?»
Estábamos en su cuarto con vino cuando soltó la carcajada. «Nunca te conté todo lo de Búzios.» Supe que lo que venía iba a sacudirme.
Mi mujer me besó mientras un desconocido le retiraba el pelo de la nuca. En ese instante supe que el plan que yo había trazado había dejado de existir.
Me dije que solo pasaba cerca del parque por el camino más corto. Pero cuando sus ojos me siguieron y su mano rozó mi cadera, ya no pude seguir mintiendo.
Llegué solo por curiosidad, prometiéndome que sería una copa y ya. Pero cuando la puerta se abrió antes de que tocara, entendí que él llevaba horas esperándome.
Me dijo que reservara el sábado. Sin detalles. Cuando llegué a su departamento y vi el traje de látex sobre la cama, entendí que la noche sería diferente.
Nuestros anfitriones en Groenlandia nos explicaron que compartir el calor del cuerpo era la forma más profunda de dar la bienvenida. Esa noche entendimos qué significaba de verdad.