Mi compañera, su hermana y una noche entre mujeres
Acepté la cena pensando en una charla amable. Su hermana me miró desde el otro lado de la mesa como si ya supiera cómo iba a terminar todo.
Acepté la cena pensando en una charla amable. Su hermana me miró desde el otro lado de la mesa como si ya supiera cómo iba a terminar todo.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y ella seguía ahí, impecable, con esa sonrisa que no tenía nada de maternal.
Cuando la puerta se abrió y ella entró con ese abrigo de cuero, supe que esa noche entre mujeres iba a cambiar algo dentro de mí que ya no podría volver a ignorar.
Bajó a recepción solo para preguntar por un sendero, pero se quedó mirando demasiado tiempo los ojos verdes de la chica del mostrador. Y la chica lo notó.
Vi a mi amiga comerse con los ojos el cuerpo de la chica más deseada de la facultad, y esa mirada despertó en mí una curiosidad que llevaba años fingiendo no tener.
Acordamos cruzar media provincia para que nadie nos viera comprando dos pruebas de embarazo. No esperábamos hallar a alguien igual que nosotras detrás del mostrador.
Llevábamos cinco días entregándonos sin tabúes, pero fue esa última mañana al borde del agua, con ella temblando entre mis brazos, cuando entendí lo que de verdad había pasado.
Llevaba meses callando lo que sentía por ella. Y de pronto me pedía un beso para encender a su prometido, sin saber que iba a encender algo mucho más peligroso entre nosotras.
De adolescente me encerraba a imaginar sus pechos y su pelo negro azabache. Treinta años después, su voz al teléfono volvió a encenderme igual que entonces.
Pensé que sería un beso de pico, inocente, para reírnos. Pero su boca se quedó en la mía más de lo debido y supe que esa noche no íbamos a dormir como amigas.
Crucé las piernas despacio hasta rozar su rodilla en la butaca de al lado. Ella no apartó la mirada de mis muslos, y yo supe que esa noche no terminaríamos viendo la película.
Habían pasado dos semanas desde la derrota, y todavía no sabía cómo una rival flaca y provocadora la había arrodillado. Su hermana sí quería averiguarlo.
Yo había hecho las cosas bien; su novio no. Esa misma noche decidí invitarla a casa, sin imaginar hasta dónde me llevaría la curiosidad.
Entró pidiendo un vestido provocador y se desnudó frente al espejo sin pudor. La estilista solo debía tomarle las medidas; terminó de rodillas, temblando, incapaz de apartar la mirada.
Nunca me habían atraído las mujeres. Pero aquella mañana, sola en el probador, unas manos extrañas me sujetaron por detrás y dejé de reconocerme.
Vera lo tenía todo calculado: la piscina de agua salada, la ducha compartida y dos amigas que aún no sabían cuánto deseaban dejarse llevar.
Acerqué un poco más mi cuerpo, fingiendo no entender el gráfico, y vi cómo a ella le temblaban las manos sobre los papeles.
Habíamos hablado del intercambio durante semanas por chat, pero ninguno imaginó que cruzar esa puerta tapizada de rojo nos haría olvidar de quién éramos pareja.
Llegué a su casa pensando que era una charla cualquiera. Entonces vi al desconocido sentado en el sofá y supe que la propuesta no iba a ser sencilla.
Quedamos solo para mirar. Hora y media después estábamos los cuatro desnudos en la misma sala, y yo descubrí cuánto me gustaba verla con otro.