Esa noche decidí que mandaba yo en la cama
Le sujeté las muñecas por encima de la cabeza y le susurré al oído que esa noche iba a hacer con él exactamente lo que se me antojara.
Le sujeté las muñecas por encima de la cabeza y le susurré al oído que esa noche iba a hacer con él exactamente lo que se me antojara.
Cuando abrió la puerta y lo vio ahí parado, supo que nadie lo había mirado nunca como ella estaba a punto de mirarlo. Y él pensaba demostrarle que todos se equivocaban.
Entré al chat solo para vender lencería usada por unos billetes fáciles. Nunca imaginé que aquel hombre del pañuelo azul me haría volver al baño por mi cuenta.
Le dije que había baños en el local. Vi cómo entendía lo que de verdad le ofrecía, y cómo su cuerpo lo deseaba antes de que su orgullo terminara de rendirse.
Nunca había aceptado un encargo así: él solo quería sentarse a mirar mientras otros me usaban, y guardar para el final lo que ellos dejaban dentro de mí.
Tenía los pies hinchados por el partido y una sonrisa que lo sabía todo. Yo solo quería arrodillarme y demostrarle hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Le dije que sí sin saber si podría cumplirlo. Esa noche descubrí que mis límites eran mucho más flexibles de lo que yo creía, y que me gustaba.
Me pidió que me desnudara bajo esa luz cruda y obedecí sin preguntar; algo en su voz me decía que esa tarde dejaría de pertenecerme a mí misma.
Eran las siete de la mañana y yo seguía atrapado en el sueño, reviviendo cada cosa que Marina y yo nos hicimos antes de que la vida nos separara.
—Tú eres Ardiente, ¿verdad? —dijo, y entendí que conocía mi alias del foro mucho antes de sentarse frente a mí con esa sonrisa que no prometía nada inocente.
Llevábamos meses repitiéndolo en la cama como un juego de palabras. Esa noche, cuando volví del baño, ya no era un juego: estaban besándose en mi propio sofá.
Sé reconocer cuándo estoy soñando, y casi siempre aprovecho esa lucidez para algo concreto. Aquella mañana de domingo decidí quedarme dentro del sueño un rato más.
Aquella madrugada se metió en mi saco de dormir diciendo que tenía frío, y lo que pasó después fue solo el principio de lo que de verdad quería pedirme.
Me retoqué frente al espejo, sonreí y volví a la cocina con un plan que ninguno de ellos imaginaba. Esa noche el menú lo elegí yo.
Le pedí que se sentara bajo mi mesa cuarenta minutos antes de la reunión. No debía tocarme todavía: solo esperar, respirar contra mis piernas y aguantar las ganas tanto como yo.
Prométeme que no te vas a rajar, dijo con esa sonrisa ladeada. Y acepté, sin saber que el juego de esa noche iba a borrar la línea entre amistad y deseo.
«Sáquelo de la caja, desnúdese y siga las instrucciones al pie de la letra.» Eso decía la nota. Yo era ingeniera, no conejillo de indias. Esa noche dejé de serlo.
Bajó la mano por su abdomen en la penumbra y dejó que la escena se armara sola: él en el centro del sillón, su mujer de un lado, la amiga del otro, un beso imposible.
Él no tiene idea de lo que provoca en mí. Se me va la mañana imaginando sus manos en mi cuello, su voz ordenándome cosas que jamás me atrevería a pedir en voz alta.
Apaga el motor, baja del coche y la ve llegar empapada de sudor. Entonces la realidad se apaga y empieza la película sucia que solo él puede ver.