Lo que hice con un desconocido en el centro comercial
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, entre tiendas y cafés, una mirada bastó para que Mariana decidiera seguir a un desconocido hasta el baño del segundo piso.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, entre tiendas y cafés, una mirada bastó para que Mariana decidiera seguir a un desconocido hasta el baño del segundo piso.
Reservé el horario sin alumnos y la camiseta más ajustada que tenía. Lo que no esperaba era encontrarme a dos hombres esperándome sobre el tatami.
Hay un segundo, justo antes de que todo el cuerpo le tiemble, en que el mundo se detiene para mí. Vivo persiguiendo ese instante desde una ventana ajena.
Habíamos intercambiado cientos de fotos, pero nunca había pasado nada en persona. Hasta esa tarde de marzo en que la fui a buscar y ella ya tenía un plan.
Había aprendido a desarmar a cualquier hombre con una sonrisa, pero ninguno aguantaba el juego hasta el final. Hasta que un desconocido le siguió el paso sin apurarse ni huir.
Tenía veintiún años, un curso desastroso a la espalda y unas ganas locas de que alguien me hiciera olvidar. Esa tarde de junio, un mensaje distinto a todos lo cambió todo.
Le tendió la mano para saludarlo y, antes de soltarla, le acarició los dedos con una lentitud que no podía ser un accidente. Mateo supo que esa visita lo cambiaría todo.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.
Tenía las manos sudadas y el corazón disparado cuando él dejó el mando, cambió lo que había en la pantalla y, sin decir una palabra, me miró esperando que yo diera el primer paso.
Por primera vez en seis años apagaron los teléfonos. Tres días en mitad de la nada para descubrir si lo suyo podía sobrevivir a la luz del día.
Lo tenía clasificado como un colega y nada más. Hasta que esa madrugada me agarró del cuello en la puerta de la discoteca y todo lo que yo creía saber sobre mí se vino abajo.
Cada vez que cerraba los ojos en aquel sillón, volvía al loft del puerto, a las manos del único hombre frente al que dejaba de fingir quién era.
Medianoche en la emisora desierta. Iván se inclinó para besarme y por un segundo el mundo fue sencillo, hasta que el fantasma de la otra voz volvió a interferir.
Apenas lo conocía, pero el olor de su ropa tirada en el suelo me volvió loco. Y entonces, a través de la pared de piedra, empecé a oír todo lo que pasaba en su habitación.
Llegó a última hora, cuando ya había cerrado, para darme su veredicto sobre mi tienda. Lo que no esperaba era que se arrodillara a mis pies y lo convirtiera todo en algo íntimo.
Llevaba años robando su ropa sucia sin que nadie lo supiera. La noche que me descubrió, en vez de odiarme, decidió usar mi debilidad como una correa.
Solo había visto una foto de su cuerpo, nunca su cara. A las dos y media cerraríamos el trato más íntimo y morboso que yo había hecho jamás.
La primera vez que un hombre me pidió arrodillarse para besar mis plantas, entendí que no era un capricho suyo: era un poder que llevaba conmigo desde siempre.
Me gusta el instante exacto en que un hombre entiende que solo tocará mis pies si obedece. Esa tarde, Mateo lo entendió de rodillas y con la respiración entrecortada.
La primera vez que lo vi arrodillarse para besarme el tobillo entendí algo: no era yo quien suplicaba. Por fin alguien me obedecía sin que tuviera que pedirlo.